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RESEÑA

Antonio Carvajal: Un girasol flotante

domingo 30 de septiembre de 2012, 17:52h
Antonio Carvajal: Un girasol flotante. Introducción de José Manuel Ruiz Martínez. KRK. Oviedo, 2012. 112 páginas. 14,95 €
Leo, frente a una hermosa playa invernal del Pacífico, tan alejada de la luz de su lugar de origen, los versos de Un girasol flotante, y siento que el rumor íntimo de las olas y el de las palabras terminan siendo una misma cosa. Cuando la poesía acalla su exceso y da paso a sus silencios, ese rumor como de olas se va apoderando de nuestro espíritu y surge la emoción escondida tras ella. Porque, dice el poeta en estos versos, “¡Ay de aquella palabra vestida de greda, requemada de soles, ávida de semilla, recubierta de escarcha, yerma!”. No es ese el caso de la poesía de Antonio Carvajal (Albolote -Granada-,1943). Es la suya como esas “flores duraderas en Bremen” a las que canta, pues, como ellas, “no temen ni el transcurso de los días / ni el aire seco ni del sol rigores”, y se mantienen por encima de modas y vaivenes críticos.

La palabra poética de Carvajal conserva ese sentido que tuvo la realidad que se evoca, como esas “cenizas del esposo silente” a las que invoca en el poema “El reposo” para que “conserven el sentido que adquirieron beso y pálpito a beso”. Y es transmitir ese pálpito lo que Antonio Carvajal consigue de una forma magistral, especialmente cuando hace alusión a la naturaleza y a lo cotidiano y cercano. Es el suyo un mundo sencillo y esplendoroso en su bullente vitalidad de profusos y sugerentes matices de aromas, ecos, colores, humedades, movimiento… y un sinfín de sensaciones que invaden el espíritu, y a las que no hubiese tenido acceso una sensibilidad menos hiperestésica que la suya. Y el lujo para el lector es que, sin serlo, puede acceder a ella a través de su poesía: “Por el aroma del café se sabe / que comienza el trajín de la mañana; / por verde, la doméstica sabana / canta que abril no es cruel, sino suave”.

Antonio Carvajal consigue “sorprender la luz no surgida y prenderla / generosa cautiva, para engendrar la forma”. Pues esa forma es también su esencia. Una forma que Carvajal domina como pocos poetas lo han conseguido. Y es interesante reseñar, como lo hace José Manuel Ruiz Martínez en la introducción, el hecho de que este poemario es una culminación coherente de toda su obra anterior. Todo él mantiene un tono reflexivo, reflexión que se centra principalmente en el quehacer del arte y de la poesía, que sin duda ha sido el motor de su vida, sin olvidar ese poderoso sentimiento hacia la amistad que siempre tuvo y que se hace más que patente en estas páginas. En general, y siguiendo su propio consejo (“No le cierres / las ventanas a los pájaros de agua”) construye una poesía tan “pura” como fieramente cercana al hombre, a su dolor, sus sentimientos y sus pasiones: “El color de la música no es puro. Lleva gotas / de sudor, lleva lágrimas, convulsiones, gemidos, / risas ocultas, francas, acosadas, distantes / como los astros. Salta / de los iris negados, de vinos y venenos / donde las perlas caen con rumor y disuélvanse.”

“Fulgor, pero de brasa” es lo que deja en el lector la poesía de Carvajal, que requiere un momento reposado para su lectura, una puerta abierta a lo insospechado, un oído limpio para los matices de su música y la invasión de sus sensaciones y un alma siempre recién nacida al amor y al deseo.

Por Inmaculada Lergo
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