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CRÍTICA

Paul Theroux: El Tao del viajero

Paul Theroux: El Tao del viajero. Traducción de Ezequiel Martínez Llorente. Alfaguara. Madrid, 2012. 352 páginas. 19 €
Viajar se ha convertido en estas últimas décadas en un acto ostensiblemente banal. Generalmente, se hace en un vehículo ultrarrápido -avión, tren de alta velocidad, coche por autopista- repleto de todos los artilugios necesarios para que el viajero olvide en lo posible que está viajando: pantallas para poder ver algo diferente a lo que ofrece el paisaje, música para aislarse de los acompañantes, cobertura y conexión a móviles y ordenadores para poder comunicarse con alguien que está lejos, con algo que está más allá. El viajero moderno intenta olvidar que viaja, y prefiere separarse del aquí y del ahora del viaje para sumirse en un espacio mental del que vino y en otro al que va. Mientras viaja, practica la falta de conciencia. El viaje actual es por lo general irreflexivo, aislante, utilitario. Su único interés es llegar al objetivo lo antes posible, lo más descansado posible, lo menos cambiado posible. Y si ha de haber cambio, que lo facilite la película que se ve en el camino, no la experiencia viajera.

Existen, sin embargo, viajeros diferentes, y a ellos va destinado este libro. Su autor, Paul Theroux, es uno de esos estadounidenses de otra época que aúnan cierta dosis de osadía con una visión del mundo inocente en la que prima la individualidad. Una individualidad hecha no a base de opiniones, sino de acciones personales en las que hay poco juicio y mucha descripción de un carácter.

Theroux alcanzó el reconocimiento literario con El gran bazar del ferrocarril, en 1972, libro en el que narraba un viaje en tren entre el Reino Unido y Japón. Esa obra ya lo definió como un amante de los trenes, de la introspección pudorosa, y de la descripción amable. Ha combinado la ficción (La costa de los mosquitos, Hotel Honolulu) con otros libros de viaje como El viejo expreso de la Patagonia, En el gallo de hierro, Las columnas de Hércules (un viaje por el mediterráneo en el que describía el horror de las ciudades fantasmales levantinas durante los meses de invierno) y Tren fantasma a la Estrella de Oriente. Son las crónicas de un viajero solitario, optimista, curioso y algo acomodaticio. Conocedor de África, Asia, las Américas, Europa y de muchos de sus intelectuales, acabó su singladura ejerciendo de apicultor en Hawai, quizá para calmarse tras la ruptura pública con su antes gran amigo (y seguramente uno de los escritores más vanidosos sobre la faz de la tierra) V. S. Naipaul.

El libro que nos ocupa, El Tao del viajero, no es un libro de viajes, sino el libro de un viajero para otro. Y de un viajero, como decía, a la antigua usanza, al buen y viejo estilo. Es un compendio curioso y particular de lo que se ha escrito sobre viajes: de su necesidad, su extrañeza, su fastidio, su preparación, de las aventuras que procuran, de las fantasías que excitan, de las mentiras sobre las que se sustentan, de los peligros que entrañan, de sus variedades interiores, de las comidas que los nutren, de las enfermedades que imponen, de los exilios que los acompañan… Por sus páginas desfilan viajeros de las tradiciones anglosajonas y francesas sobre todo: Sir John Mandeville, Gertrude Bell, Rousseau, Saul Bellow, Paul Bowles, Sir Richard Burton, William Burroughs, Bruce Chatwin, Rudyard Kipling, Joseph Conrad, Samuel Johnson, Sir Ernest Shackleton, Joshua Slocum, Robert Louis Stevenson o Freya Stark. Hay otros menos obvios como Henry David Thoreau, Evelyn Waugh, André Gide, Claude Levi Strauss, Henry Fielding, Matsuo Basho, Ibn Battuta o Vladimir Nabokov. Y algunos inesperados como Miguel de Unamuno, Albert Camus, Gustave Flaubert o W. G. Sebald. También ausencias. (¿Quizá Vila-Matas? Sería pedir mucho). El libro está lleno de referencias literarias y viajeras, y multitud de anécdotas y observaciones curiosas. Pero sobre las anécdotas y las citas planea la idea de lo que debe ser el viaje, de lo que ha sido, de lo que será: un pájaro mítico que arroja su sombra móvil sobre el suelo.

Mme de Staël afirmó: “Viajar es uno de los placeres más tristes de la vida”. D. H. Lawrence: “Te sobreviene una absoluta necesidad de moverte”. Kerouac: “El camino es vida”. Ralph Waldo Emerson: “El viaje es un limbo”. Henry Michaux: “Ahora lo tengo claro. El viaje en su conjunto es un timo”. Y Theroux, mucho Theroux: “Se nos tiene a los viajeros por gente atrevida, y callamos nuestra culpa: el viaje es uno de los mejores modos de pasar perezosamente el tiempo”. “Uno de los engaños más felices y útiles sobre el viajero es que uno se encuentra en pos de algo”. “En los viajes, como en otras muchas experiencias de nuestra vida, suele bastar con la primera vez”. “Todo viaje es circular. Después de todo, un ‘grand tour’ no es más que la manera de regresar a casa del hombre de genio”.

Hacia el final del libro, Theroux hace algo muy oriental, listas de lugares por distintas razones: lugares de nombre evocador pero decepcionante al conocerlos (algo muy aplicable a las personas), entre los que incluye Samarcanda, Tahiti o Biarritz, por ejemplo; lugares peligrosos (Nairobi, Newark, Río de Janeiro, Inglaterra los sábados de fútbol…); lugares felices (Bali, Tailandia, Egipto, Maine…); lugares atrayentes (Alaska, Sajalín, Angola…). También hace una lista de epifanías viajeras. Estas listas reflejan quizá mejor que nada la persona de Theroux, sus gustos y sus fobias, al igual que los autores que eligió definen su perfil como escritor. Recuerda el libro de Theroux a las listas de El libro de la almohada o del Tsuredzure-guza, esas sutiles formas de intentar definir el alma mediante aquello a lo que tiende o rechaza, y su enumeración en forma de listado.

El Tao del viajero es un libro sincero, erudito pero no pedante, superficial pero extrañamente profundo y personal, e íntimamente aleccionador. Vale la pena hacer el viaje de leerlo, tal y como su autor recomienda viajar: solo, ligero de equipaje, sin móvil, y dispuesto a hacer al menos un amigo en el camino. Y consciente de que, tal y como Theroux afirma, “El viaje es un estado mental. No tiene nada que ver con lo existencial o lo exótico. Supone casi en su totalidad una experiencia interior.”


Por José Pazó Espinosa






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