www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Cincuentenario del Concilio Vaticano II

jueves 11 de octubre de 2012, 20:33h
Recuerdo vagamente de niño a mi abuela paterna ya septuagenaria, portando siempre el velo en la misa. A mi abuela materna, unos veinte años más joven, jamás la vi utilizarlo. Una era en palabras llanas, preconciliar y la otra postconciliar o, lo que es lo mismo, le fue más fácil adaptarse a los múltiples cambios que supuso un concilio ecuménico efectuado en pleno siglo XX –el de la muerte de Dios, para los más pesimistas– inaugurado justo un 11 de octubre de 1962 y que fue una bocanada de aire fresco y renovador, vigorizante, para la Iglesia Católica Apostólica Romana.

El Concilio Vaticano II le ha dado sus características modernas a la Iglesia Católica. No fue poca cosa. Su quintaesencia podría resumirla en: renovación. Para conmemorarlo se ha proclamado un Año de la Fe.

Convocado en Roma e inaugurado con gran pompa, contó con la participación de al menos, 400 teólogos de primer orden y otros tantos notables, conformando la imperecedera obra de Juan XXIII y de Pablo VI que mucho honra a la Iglesia y por ende a la mayoría de sus fieles, consagrando todo su poder y su gloria. Como artífices de un deseo loable y encomiable de proyectar a la Iglesia Católica a los tiempos modernos acordes a la realidad, buscó hacerlo sin quebrantar la fe, en un espíritu que debe recordarse en este cincuentenario de aquella gran tarea, valiente y modernizador.

Yo me congratulo de su existencia y acaso expreso unas cuantas consideraciones espontáneas en torno a su trayectoria y circunstancias actuales, con el derecho que como creyente me asiste, sin seguir posibles cánones ni secundando a quienes les da tirria los mandatos del Concilio y, en cambio, simplemente apegándome al más elemental sentido común.

Un antes y un después marcó a la Iglesia. Quienes vieron y conocieron la corte pontificia preconciliar con derroche de fastuosidad y boato desmedidos, coinciden en que ni en sueños los posee medio siglo después. Las fotografías de Pío XII y los videos que existen de aquellos tiempos así la delatan. Anulada y disminuidos sus miembros, cargos, prebendas, canonjías, condecoraciones y expresiones palatinas a su mínima expresión, fueron una pauta audaz en su época, acompañada , aunque duela a propios y extraños, de palabras de misericordia y si me apura, de perdón por sus excesos del pasado.

Y digo pese a quien le duela porque, seamos sensatos, no contándonos una de piratas, muchas vanagloriadas denominaciones tanto cristianas como no cristianas de gran peso y renombre, algunas muy cuestionadoras y reclamantes del Catolicismo, muy suyas, jamás ni por error ni con asomo de humildad, han pedido perdón de nada ni se sienten llamadas a ello, aunque bien que debieran hacerlo por sus errores bien documentados. La Católica lo hizo después de todo; les puso la muestra valorado cada centímetro de su dogma y de conocimiento pues, hay que reconocerlo, el Concilio Vaticano II no dejó tema sin abordar y desató la revisión de todos los asuntos de trascendencia. En efecto, desde la potestad papal, su vestimenta, tiaras incluidas y su situación en el mundo moderno, hasta la bendita utilización de lenguas vernáculas para el culto y de los sacerdotes oficiando de cara a la feligresía, que después de todo con su fe y limosnas sostiene al resto.

La necesidad de renovación ha sido vista por sectores de la Iglesia, a mi juicio trasnochados, como un atentado a su naturaleza. Me parecen no solo egoístas, sino exageradas esas posturas y como creyente igual que ellos (pues no valdrán más sus argumentos que los míos) no estoy obligado a secundarlas. Se ha llegado al extremo de cuestionar la legitimidad del papado postconciliar al admitir cambios provenientes del portentoso espíritu renovador emprendido por Juan XXIII (hombre humilde de origen, decimonónico y metido a impulsar tan colosal tarea) que, francamente es una actitud repulsiva a su obra, el Concilio mismo. Me resulta inaceptable que lo planteen de esa manera.

Debe recocerse que hoy la idea de difundir la obra religiosa católica y su pensamiento a través de librerías asequibles o por sus textos en red, en mucho obedece al estilo renovador y difusor que impuso el Concilio. Y sin lugar a dudas que hubiéramos deseado mejores conductas de muchos ministros de culto, que ahora son exhibidas y atentan contra su propia misión y naturalmente que agreden y trastocan el espíritu de la Iglesia misma. Mas eso pasa con o sin concilios, y lo importante es saber que tales conductas no pueden quedar impunes en un plano religioso y tanto más en uno civil. Eso sería lo trascendente y significaría apegarnos también a la esencia del Concilio.

El Concilio clamó por el diálogo interreligioso. Hoy, cuando los cristianos son perseguidos en remotas tierras islámicas, cuando se ha entorpecido el diálogo descrito, no puedo sino hacer votos para recuperar la capacidad de reanudarlo y sostenerlo; el ánimo dialogante del Concilio y reanudar su viveza y su poderío nos debieran inspirar a privilegiarlo.

Quizás yo deje muchos temas en el tintero, pero no quiero dejar pasar uno que me es especialmente significativo y sensible como creyente: la reposición innecesaria a mi juicio, del latín y el rito tridentino, medida que atenta contra la razón de ser del Concilio. Es una medida regresiva y excluyente. Veamos: por elemental justicia histórica reconozcamos que el latín no era la lengua de Cristo. Ergo, nada en realidad justifica su empleo en la liturgia. Hace años de manera frívola y gravemente obtusa, una persona me decía, “bueno, pero su uso hace más mística la celebración litúrgica”. ¡Ahhhhhhhh! pues menuda celebración entonces, donde la gente no entiende ni jota. No cumpliría pues, su razón de ser el consabido Concilio. Y ello mientras podemos acercarnos a la Palabra en nuestro propio idioma. Y todo por hacerle el juego a minorías.

En segundo lugar, una cosa es la universalidad de la liturgia y otra desapegarnos a su comprensión por acercarnos a su tradición latina, cuando en realidad sería más provechoso como lo ha sido, que la liturgia se expresara en la lengua de cada quien, lo que la hace comprensible a las mayorías y favorece su expansión. Nada acredita que la gente en su mayoría sienta especial apego a la liturgia en latín ni ello abona a expander la Palabra. Y si los hay encantados con la medida, saben perfectamente que no son ni por mucho una mayoría. A mí me sigue pareciendo regresiva la medida y contraria en grado superlativo al espíritu del Concilio Vaticano II, bajo la lógica de que se trata de avanzar, no de retroceder. No asisto a ceremonias en latín. Sencillamente, no le entiendo y no me interesa hacerlo ni echaba de menos su uso. Y como no era la lengua de Jesús, en dado caso que se reponga el culto pero en arameo, por decir un ejemplo si tanto nos llama la tradición.

En todo caso, han pasado cincuenta años desde que Juan XXIII impulsó a la Iglesia dirigiéndose de manera valiente a su renovación. La herencia, el legado del Concilio Vaticano II nos conmina a no apartarnos de ella y a refrendarla aun en tiempos complejos que llenan de tentaciones para apartarse de ella. Creo en el papel activo y cuestionador de los fieles es parte crucial de su respeto. No es poco el rol que nos toca jugar y este sin duda, lejos está de ser pasivo, aunque haya a quien ello le mortifique y el incomode.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.