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GRAN FIESTA ESCÉNICA EN EL CDN

El teatro en El Imparcial: "Los conserjes de San Felipe", el escozor de la risa

domingo 14 de octubre de 2012, 10:14h
El Centro Dramático Nacional (CDN), dirigido por Ernesto Caballero, ha tenido el acierto de producir la última obra maestra de José Luis Alonso de Santos, una coral y carnavalesca tragicomedia donde el espectáculo cómico no está al servicio de una adormecedora evasión, sino al de una reflexión sin prejuicios ideológicos.

Los conserjes de San Felipe, de José Luis Alonso de Santos
Director de escena: Hernán Gené
Escenografía y vestuario: Pepe Uría
Intérpretes: Esther Acevedo, Juan Ceacero, Carlos Martos, Jorge Quesada, Belén de Santiago, entre otros
Lugar de representación: Teatro Español. Madrid. Gira por España

Por Rafael Fuentes
La maestría de José Luis Alonso de Santos nos regala este año un nuevo espectáculo teatral de primer orden: Los conserjes de San Felipe, gran fiesta escénica, trepidante, multifacética, donde los incontables recursos dramáticos y las múltiples voces en juego son habilísimamente trenzadas para que el espectador medite sin que el festejo decaiga un ápice. El “San Felipe” del título hace referencia a la iglesia de San Felipe Neri en la ciudad de Cádiz, dentro de la cual se juró y proclamó nuestra primera Constitución democrática en 1812, hoy hace doscientos años. La obra de Alonso de Santos es en parte –sólo en parte-, una conmemoración de aquel hecho histórico en una ciudad gaditana repleta de tropas británicas al mando de Wellington y cercada por el ejército napoleónico que no cesaba de arrojar los proyectiles de su artillería sobre una presa que no alcanzaba a apresar.

PIE DE FOTOQuizá ese fragor bélico que envolvió la redacción del texto constitucional visualizó simbólicamente el futuro polémico, conflictivo y cainita que acompañó la historia de aquella primera Carta Magna española que abolía, sobre el papel, el Antiguo Régimen. Únicamente sobre el papel –y con mucha frecuencia convertido en papel mojado-, en un texto de extraordinaria modernidad lleno, a la vez, de vacíos, dilemas y contradicciones en torno al modo de combinar libertad y justicia, tradición e innovación histórica, donde podemos detectar la semilla de las “dos España” cuyo combate fratricida no ha dejado de librarse durante los siguientes dos siglos hasta el presente más inmediato. Sin duda por esto Alonso de Santos no ha creado un beato panegírico de la Constitución de 1812, al estilo de un caudillo liberal decimonónico, por mucho que estime el formidable avance histórico de aquel texto legal. Tampoco ha realizado su descalificación desde posturas que denuncien una democracia formal (y menos aún, obviamente, desde las que lo combatieron a partir del fanatismo retrógrado). José Luis Alonso de Santos no adopta un punto de vista doctrinal, sino otro genuinamente teatral. Le interesan las personas que vivieron aquel acontecimiento desde las situaciones más dispares y antagónicas que se dieron cita en el Cádiz de la época. Y dentro de la vivencia de ese colectivo maremagnum, otorga preferentemente la voz a los protagonistas humildes y menesterosos que sufrieron con toda crudeza aquellos sucesos históricos como subalternos casi desapercibidos y rápidamente caídos en el más profundo olvido, en este caso las limpiadoras y los conserjes de la iglesia de San Felipe Neri. Más que una conmemoración de la Constitución de 1812 estamos, pues, ante una conmemoración de los seres a ras del suelo que vivieron el alumbramiento de aquella Carta Magna, deficientes, frustrados, vitales, inconscientes de la grandeza del momento y pisoteados por esa misma grandeza, desdeñados por todos, invisibles para la mayoría, a quienes Alonso de Santos les dispensa la misma dignidad que a auténticos príncipes.

PIE DE FOTOSu máximo acierto teatral consiste en engrandecerlos sin grandilocuencia, sin solemnidad, sin buscar el melodrama, sin efectismos siniestros. Bajo el drama palpita la tragedia, pero la expresión de los sucesos se desarrolla con el tono desenfadado y punzante del carnaval gaditano. Ejemplar es el propio comienzo, donde un grupo de fusilados en la playa de la Puntilla en el Puerto de Santa María se levanta de sus tumbas doscientos años después, con sus cuerpos agujereados por el plomo, para contarnos la peripecia que les condujo allí. En ningún momento la escena proyecta efectismo gótico alguno que evoque sentimientos horribles o lúgubres. Muy al contrario, los resucitados por el arte de magia teatral nos hablan con el timbre festivo del carnaval entonando un pasodoble. ¿Esto amortigua el trasfondo último trágico que subyace tras la fiesta? Creo que no, sólo borra el fácil sensacionalismo en el que sería cómodo caer, sin que en el fondo de nuestra conciencia, tras la sonrisa de la diversión, notemos el rasgueo último de emociones profundas, compasivas, agudas.

Desde sus primeras obras José Luis Alonso de Santos se ha distinguido por la reutilización lúdica y crítica de géneros populares vueltos del revés. El sainete, en La estanquera de Vallecas, adquiría, por ejemplo, un nuevo carácter tragicómico que iluminaba desde un novedoso ángulo las frustraciones olvidadas por el discurso ideológico y político. Otro tanto ocurre en Los conserjes de San Felipe, donde el espectáculo folclórico y cierta aproximación al espíritu de la zarzuela, se subvierten para darles la vuelta y dotarles de una nueva alma crítica sin perder su componente festivo. Las armas de la trasgresión carnavalesca se sienten con toda su plenitud. El amplio coro de personajes interpreta, juega, baila y canta canciones populares que recobran la agudeza de dardos perfectamente lanzados. En ese ambiente de Carnaval, esa intervención de la copla popular hace el efecto no de un coro trágico, sino de un coro tragicómico que glosa desde el humor, la burla y la ironía episodios dramáticos.

Hábilmente orquestado el espectáculo por el director de escena Hernán Gené, esos dardos que parece llevar el rumbo del pasado histórico, acaban por clavarse en los sucesos que estamos viviendo en el agitado presente mezclando el escozor con la risa, abriéndonos los ojos sin recibir ningún dietario ideológico
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