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Del cine al teatro

[i]Los 39 escalones[/i], de Patrick Barlow: Hitchcock va al cabaret

domingo 21 de octubre de 2012, 12:31h
Retorna a los escenarios madrileños la versión teatral del filme 39 escalones, la obra maestra del cine de suspense cuya versión teatral triunfó años atrás en las tablas de Broadway.

Los 39 escalones, de Patrick Barlow
Adaptación: Jorge de Juan García
Directores de escena: Eduardo Bazo y Jorge de Juan
Intérpretes: Jorge de Juan, Santiago Urrialde, Salomón, Beatriz Rico
Lugar de representación: Teatro Arenal. Madrid.
Los 39 escalones, de Patrick Barlow
Adaptación: Jorge de Juan García
Directores de escena: Eduardo Bazo y Jorge de Juan
Intérpretes: Jorge de Juan, Santiago Urrialde, Salomón, Beatriz Rico
Lugar de representación: Teatro Arenal. Madrid.

Por RAFAEL FUENTES

Los 39 escalones es una pieza teatral que se abona a la reciente tradición de adaptar al teatro una obra cinematográfica célebre, en este caso, el famoso filme de Alfred Hitchcock: The Thirty-Nine Steps (1935), uno de los títulos maestros de su época británica, inmediatamente anterior a su salto al cine norteamericano. Se invierte así la más habitual fórmula contraria de llevar a la gran pantalla grandes éxitos de la historia teatral. Un cambio que tiene mucho de estrategia comercial, con el propósito de acercar a las salas de teatro a un público guiado por los consagrados nombres de la industria cinematográfica – Hitchcock conserva intacta toda la fuerza de su magnetismo-, pero que al mismo tiempo nos abre posibilidades creativas todavía por explorar. Cuando arrancamos a un personaje de la pantalla y lo arrojamos sobre un escenario teatral, le damos una segunda vida.

Liberado de la cinta donde estaba petrificado, debe respirar el aire del presente y mirar a los ojos del público de ahora mismo. Despojado de su existencia mecánica se ve obligado a vivir aquí y ahora, y los nuevos actores que encarnan al antiguo personaje pueden comunicarnos, en vivo y en directo, unas emociones intensas y renovadas, palpitantes, que conectan con los sentimientos de los espectadores que ocupan el patio de butacas.

PIE DE FOTOEsto se está haciendo cada vez con mayor frecuencia, de modo que prestigiosas viejas cintas recobran una nueva actualidad tan conmovedora y fugaz como lo es el auténtico teatro. Debemos advertir, sin embargo, que este milagro no se obra en la adaptación teatral de 39 escalones filmada por el maestro del suspense. En ese evidente tropiezo quizá influya que la adaptación a cargo de Patrick Barlow no tiene como fin dar una nueva existencia al magistral filme de Hitchcock, sino más bien ofrecer una contraversión burlesca del mismo. Para ello aprovecha una de las grandes aportaciones de 39 escalones a la historia del cine, como fue las rapidísimas transiciones de una secuencia a otra imprimiendo a la cinta una velocidad que dejaba fuera cualquier trance explicativo que supusiera un peso muerto en el hechizo de seguir la acción. El adaptador se ha valido de esas vertiginosas transiciones para convertir cada una de ellas en un sketch de carácter cómico. Lo que era una genial elaboración cinematográfica, creativa en cada milímetro, pasa a ser ahora un encadenamiento fatigoso de atropellados sketchs que se entrechocan entre sí sin orden ni concierto. Los actores realizan un extraordinario esfuerzo físico para tratar de que el ritmo de la pieza no les descabalgue –realmente llegan sin aliento al final de algunas escenas-, pero la velocidad de la acción cinematográfica se ha perdido sin que se haya sustituido por el hilo conductor de un conflicto escénico, verdadera alma del teatro, y ahí quizá radique la raíz última del traspiés de esta adaptación.

Nada hay de malo en llevar a cabo versiones burlescas de las grandes obras, y, de hecho, la cultura popular se ha alimentado perennemente a través de la parodia de las creaciones consagradas, donde el gusto multitudinario obtiene un enorme placer. Los propios sketchs, originariamente brevísimos sainetes procedentes del vodevil y el cabaret, han dado origen a punzantes sátiras de risa sagaz. Sin embargo, en los precipitados sketch de Los 39 escalones, que se nos anuncian con trompetas triunfales desde los escenarios de Broadway no nos llega ningún humor inteligente, sino únicamente sobreactuación, lances, básicos y manidos, el trazo grueso y recursos facilones que nos evocan los peores sketchs televisivos amparados en subterfugios de brocha gorda. Un cine tan creativo como el de Hitchcock merece una parodia con un humor de más altura.

Hablando precisamente de su filme 39 escalones, Hitchcock comentaba al director francés François Truffaut que su propósito no era hacer una obra verosímil sino una obra que mantuviese en vilo al espectador, y lo expresaba mediante una sentenciosa afirmación: “Algunos filmes son trozos de vida, los míos son trozos de pastel”. Todavía la originaria versión de los 39 escalones cinematográficos nos proporciona un magistral trozo de pastel con suculento sabor. La parodia de Barlow ni es un trozo de vida ni tampoco un trozo de pastel, más bien se asemeja a un trozo de plástico con apariencia de pastel que nos puede engañar a primera vista pero que, con toda seguridad, se nos indigesta al primer bocado.
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