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CRÍTICA

Haruki Muramaki: Baila, baila, baila

domingo 28 de octubre de 2012, 11:18h
Haruki Muramaki: Baila, baila, baila. Traducción de Gabriel Álvarez. Tusquets. Barcelona, 2012. 453 páginas. 22 €
Uno se acerca a Murakami con reparo hecho de cierto hastío. Su repetición de fórmulas, su éxito mundial, su popularidad entre las lectoras (pura envidia), su japonesismo occidentalizado, su constante uso de la cultura pop, su soft-kafkiano surrealista… Y para colmo, su prolijidad. Es un autor perfecto, el autor: discreto, inteligente, postmoderno y postclásico, oriental y occidental, deportista, aficionado fino a la música, expropietario de un bar de jazz, sabedor de las marcas de la modernidad, en definitiva un hombre 10 como solo un japonés sabe serlo, con discreción desprovista de superflua elegancia, con wabi, sabi y shibui. Un hastío del que es difícil desprenderse. Porque para colmo es freudiano, psicoanalítico, buceador de los fondos del alma. Uno se sumerge en sus obras como se sumerge en un diván psicoanalítico de principios del siglo pasado; con miedo, con cierta vergüenza, pero con mucho placer interno, inconfesable. Y sale de ellas como sale del diván: prometiéndose que no volverá a hacerlo, que es la última vez, tan solo para caer de nuevo, siguiendo la aparente promesa de una revelación interna. Pero, esta vez, he de confesar que en Baila, baila, baila la encuentra.

La novela que Tusquets acaba de publicar no es realmente la última de Murakami. Fue escrita en 1988, hace casi 25 años. En mi opinión, hay una ley no escrita por la que si un texto sobrevive 25 años, es digno de publicación. Yo no dejo de recomendar siempre que puedo a los editores que no publiquen nada que se salga de esa ley, y de paso a los autores, pero ya se sabe que unos y otros son seres impulsivos que corren tras zanahorias pendulantes. Sin embargo, esta vez Tusquets no lo ha hecho, y el texto de Murakami, como uno de esos vinos del Duero embotellados sin filtrar que siguen haciéndose en la botella gracias a los posos, ha seguido haciéndose, con esa magia tan murakamiana. Y su lectura, el salto al pozo o al diván, es tan placentera como uno detestaría que fuera, habida cuenta de que el texto viene de un chico 10.

Baila, baila, baila es una novela fuera de lugar, que existe fuera del ámbito temporal en el que debería existir. Suena de nuevo murakamiano, ¿verdad? Se publicó originalmente en 1988, tras El bosque noruego de 1987, pero temáticamente está relacionada con la trilogía del ratón, sus tres primeras novelas. La última de estas fue La caza del cordero salvaje, publicada en 1982. Baila, baila, baila es por tanto un anacronismo: se publica en España en el 2012 --tras 1Q84--, se escribió hace 24 años, pero temáticamente sigue a otra novela de hace 30. Y sin embargo, en más de una manera, es una obra que guarda la clave de toda la obra de Murakami, por lo que todo murakamiano, confeso o secreto, incluso rebelde, la valorará.

La trama es simple en principio: a un hombre joven, se le muere un amigo, “Ratón” (personaje de sus primeras tres novelas). Luego, se le muere un gato, “Sardina”, al que entierra. Y es abandonado por su mujer. El hombre se sume en un pozo: vive de colaboraciones, se convierte en un “quitanieves” literario (así se llama él mismo), y reduce su vida al mínimo. Y en esas condiciones siente la llamada del hotel Dolphin, un hotel situado en la isla del norte, Hokkaido, en el que estuvo hace tiempo con una mujer, una prostituta de lujo. En vez de encontrarla, conoce a una recepcionista de la que murakaniamente se va enamorando poco a poco, que a su vez le lleva a otros personajes: una fotógrafa, su amante manco y su hija, una joven solitaria y sofisticada (con quien vivirá un romance mental e ideal), un actor, Gotanda, y al padre de la niña, un escritor de éxito, Hiraku Makimura, obvio álter ego del autor. Makimura dice cosas muy interesantes, propias de Murakami. Cuando el narrador le pregunta, por ejemplo, si le gusta escribir, Makimura responde: “No sabría decirlo. Tengo trucos, un savoir-faire, una postura, una manera de encarar el trabajo, y esas cosas. Si lo pienso así, no me desagrada.” A pesar de su confesión, Makimura tiene un tremendo éxito, lo que le permite llevar una vida peculiar. El narrador entra en relación con otra prostituta, que relaciona a su amigo actor y al padre de la niña, Makimura. Y se producen muertes, enigmas que el narrador intentará desentrañar.

Así descrita, la obra tiene tintes de novela negra. Una novela negra que flota y se entrelaza con el mundo pop tan caro a Murakami: más de 30 marcas de productos contemporáneos y referencias constantes a música pop y rock de los años 70 y 80. Pero a medida que acompañamos al narrador por los tres escenarios principales --Hokkaido, Tokio y Hawai--, vamos cayendo en un pozo oscuro, lleno de relaciones misteriosas, de momentos de colorida alegría pop y surfera que alternan con relámpagos de oscuridad reveladora. Y empezamos a tener la sensación de que nos hemos convertido en Alicias que corren en pos de un conejo esquivo y un sombrerero loco. Y de que, esta vez de verdad, puede haber revelación. Lo sabemos por el tono confeso del narrador, más profundo que otras veces, más auténtico.

Y la hay. Porque al lector le asalta primero la sospecha de que el maelstrom, el remolino digno de Poe, que le arrastra hasta el fondo es la anatomía de una depresión producida por un abandono y dos muertes; y, después, la certeza de que la salida de esa depresión es una odisea japonesa-occidental, un viaje por habitaciones de la cultura moderna en la que bailan unos personajes fruto de la mente de alguien con mucho sentido y conocimiento. ¿De quién? ¿Del hombre carnero? ¿Del narrador? ¿De Makimura? ¿De Murakami? Y a medida que vamos descubriéndolo, somos nosotros los que no queremos soltar la mano del narrador, y nos resistimos a dejar de leer una obra que, como esperábamos, al final nos regala con una clave. El Hombre carnero le dice al narrador “Baila, baila, baila”, y el narrador se inventa un baile imaginario, unos personajes de sueño, con los que bailar. Hasta que con ayuda de sus álter-egos se convierte en asesino y los va matando. Y nosotros, lectores, entramos en ese sueño, al principio reticentes, pero luego dispuestos entregarnos a lo dionisiaco. Esta es la novela con la que Murakami afirma haber disfrutado más. Y se nota en que nosotros, entregados lectores, tampoco queremos dejar de bailar. Aunque todo haya sido poco más que un sueño.

Por José Pazó Espinosa
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