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Crítica de ópera

Il Prigionero y Suor Angelica: ¿de dónde viene la esperanza?

sábado 03 de noviembre de 2012, 11:24h
En Madrid, a Puccini se le esperaba anoche con ganas conocidas y comentadas, mientras que a Dallapiccola, le precedía su fama de ser el primer compositor italiano en abrazar el dodecafonismo. Y para muchos, sea justo o no según el particular parecer de cada uno, decir dodecafónico supone que la obra no va a ser de su agrado. De modo que la primera pregunta que venía a la cabeza era la de qué demonios hacían ambos compositores juntos en una producción, con sólo media hora de “transición” entre ambas. El director de escena Lluis Pasqual daba hace unos días varias pistas para disfrutar de ambas sin prejuicios: en primer lugar, destacaba que si bien Dallapiccola era un dodecafonista convencido, su sangre era tan italiana como la de Puccini y que eso, al final, de alguna manera, se notaba. Por otra parte, Pasqual señalaba el indudable paralelismo que guardan ambas obras en el intenso drama que recogen, así como que ambas responden a una inspiración de marcado carácter personal. Tanto Dallapiccola como Puccini escribieron sus obras pensando en la prisión de sus protagonistas. Dallapiccola, en primera persona, porque su mujer era judía y tuvo que refugiarse con ella en la villa de unos conocidos cuando Mussolini adoptó las leyes antisemitas hitlerianas en 1939; en el caso de Puccini, la inspiración llegaba de su hermana mayor, Iginia, que había profesado en las Agustinianas de San Nicolás en 1875 y conocía casos de algunas muchachas que habían ido a parar allí obligadas por sus familias para que expiasen alguna culpa que hoy no sería tal.

A Dallapiccola le impresionó profundamente, además, la lectura de “La tortura por la esperanza”, uno de los Cuentos crueles de Villier de L’Isle Adam, en el que se basó para escribir personalmente el libreto, y lo cierto es que el compositor afincado en Florencia consigue retratar con suma eficacia no exenta de feroz dramatismo la tortura a la que se refiere el cuento, el tormento psicológico más cruel que pueda imaginarse: dar esperanza a alguien para luego arrebatársela sin remedio, mofándose incluso de su credulidad. “¿De dónde viene la esperanza?”, exclama el protagonista, ese prisionero que ya la había perdido por completo, hasta que su propio carcelero se la había vuelto a dar llamándole hermano y anunciándole una liberación tan falsa como mezquina. En su crueldad, el carcelero, a quien interpreta el norteamericano Donald Kaasch con tanta eficacia como interpreta también al Gran Inquisidor al final de la obra, llega a dejar la puerta de la celda abierta para que, cada vez más confiado, el prisionero recorra los pasos que le separan de la libertad. Pero es de la muerte de lo que realmente le separan. También de su madre, a quien conocemos durante los primeros momentos de la obra, grandioso personaje en la garganta de la igualmente grandiosa soprano Deborah Polaski, quien llora la muerte de su hijo antes incluso de que haya ocurrido. Sabe que no volverá a verle, y el prisionero, interpretado por el bajo-barítono italiano Vito Priante con gran intensidad en todos los matices del hombre que en cuestión de pocas horas pasa de la luz de la esperanza a la oscuridad de la pena de muerte, cumple con el trágico destino que su madre ya había intuido en sus pesadillas nocturnas.

PIE DE FOTO

La efectiva escena creada por Lluis Pasqual – la misma para ambas obras – tiene su apoyo en una estructura giratoria de carácter claramente carcelario, en la que su forma circular y sus diversas alturas ayuda a repartir el drama, dándole la perspectiva necesaria sin tener que acudir a demasiados elementos de atrezzo. Porque el drama de ambas obras, en realidad, parece aún más drama, desnudo. O, en todo caso, vestido de las blancas túnicas de las monjas del convento en el que vive desde hace siete años Suor Angelica, la protagonista de la obra de Puccini que lleva su nombre y que es la segunda de las tres óperas que conforman El Tríptico, junto a Il Tabarro y Gianni Schicchi. Cada una de las óperas, ideada como alegoría de una de las partes de la Divina Comedia, de Dante Aligheri, y de las que la presentada anoche en Madrid se correspondería con el Purgatorio. El libreto escrito por Giovacchino Forzano nos narra la historia de una de las monjas del convento. La sensación de paz y de auténtica alegría con la que da inicio la obra es sólo un breve oasis en el que tomar fuerzas para la tragedia que estamos a punto de conocer.

Siete largos años lleva Suor Angelica, a quien da vida una vibrante Veronika Dzhioeva, viviendo de su esperanza oculta: salir algún día del lugar donde expía la culpa de haber deshonrado a su noble familia dando a un luz un hijo sin estar casada. Por el momento, se conforma con que su tía princesa - otra vez engrandecido el personaje por Deborah Polaski - se apiade y le mande noticias de ese hijo al que sólo le permitieron ver durante un fugaz instante. Al menos, eso. Pero cuando, por fin, se le anuncia la visita de su tía, ella viene por otro motivo bien diferente: quiere que la monja renuncie a su parte de la herencia en beneficio de su hermana pequeña, a punto de casarse. Suor Angelica se revela y exige saber, aunque lo que finalmente logra averiguar le arrebata la esperanza que le había mantenido con vida. Su hijo lleva dos años muerto y ella decide que sólo abandonando este mundo, podrá reunirse con él. Bella e intensa escena final, en la que el fondo del escenario se convierte en una persiana por la que se filtra la luz del más allá y que consigue que el público, sobrecogido, rompa en aplausos antes incluso de que caiga el telón.

Junto a los citados solistas, muy aplaudidos por el público al final de la velada, estaba, impecable como siempre, el Coro Titular del Teatro Real (Coro Intermezzo), tan a la altura desde el escenario como cuando sólo se escuchaban sus voces, bajo la dirección de Andrés Maspero. Así como la Orquesta Titular del Teatro Real (Orquesta Sinfónica de Madrid), a las órdenes en esta ocasión de la batuta del alemán Ingo Metzmacher, llevándose ambas formaciones el merecido agradecimiento de los aplausos del público madrileño que, después de volver a escuchar Puccini, parecían tener menos prisa que nunca por levantarse de sus localidades para abandonar el coliseo madrileño.
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