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Ni Sandy desempata

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Hace menos de una semana –mientras Obama, infatigable, recorría las zonas devastadas por Sandy- algunos se precipitaron a pronosticar el seguro triunfo del Presidente en las elecciones que se están celebrando hoy. El huracán habría sido el factor que rompía el empate Obama-Romney, que reflejaban casi todas las encuestas después de que la pobre actuación del Presidente en el primer debate -que tuvo lugar en Denver a principios de octubre- le quitara la ligera ventaja de que había disfrutado desde que comenzó la larga campaña presidencial americana. Pero el efecto Sandy ha durado poco, apenas unas horas, y se ha llegado a la jornada electoral con un reiterado empate técnico, que apenas si le da a Obama uno o dos puntos de ventaja (que no es nada dado el margen de error muestral de los sondeos). Solo en el debatido estado de Ohio la ventaja de Obama se sitúa en torno a los cinco puntos (otro sondeo da solo 2’5), que ya es algo más notable pero que no es una baza significativa, si tenemos en cuenta que son cincuenta los estados de la Unión y que obtener la mayoría del voto popular no es suficiente si no se alcanza en el Colegio electoral la cifra mágica de 270 votos. Cada estado tiene en ese órgano un número de votos igual a la suma de sus representantes y senadores. Todos los estados tienen dos senadores, pero los representantes varían en proporción a la población, desde California que tiene 53 a los menos poblados que solo disponen de uno.

Los votos de cada estado en el Colegio electoral no se reparten proporcionalmente y el que gana en cada uno de ellos –aunque sea por muy poco- se lleva todos sus votos. De ahí que los candidatos se hayan esforzado en los últimos días de campaña por los llamados swing states, esto es los que una escasa diferencia en el voto popular puede favorecer decisivamente a uno u otro de los dos candidatos. Es muy importante obtener los 29 votos de Florida, los 18 de Ohio o incluso los 13 de Virginia o los 9 de Colorado. Sobre todo si tenemos en cuenta que se da por descontado que los demócratas ganan casi siempre en California (55), Nueva York (29) o Illinois (20) mientras que los republicanos tienen un feudo en Texas (38). Varios millones de americanos han podido votar ya, por correo o presencialmente, y la impresión que hay es que Obama va por delante, con una ligera ventaja. Pero nada se sabrá hasta la próxima madrugada, siempre que no se repita la situación de 2000, cuando el duelo Bush-Gore quedó en el aire porque los 25 votos de Florida se los discutían ambos candidatos. Al final tuvo que intervenir, por primera vez en la historia norteamericana, el Tribunal Supremo, que le dio la victoria al primero (271 contra 266 votos en el Colegio electoral), aunque el voto popular lo ganó Gore. Bush obtuvo medio millón de votos menos que su contrincante demócrata en el conjunto de los Estados Unidos pero, por 537 votos populares más en ese estado, se llevó los 25 votos “electorales” de que Florida disponía hace doce años.

Dado lo apretado de las diferencias que muestran las encuestas, resulta difícil hacer predicciones aunque son más los que piensan que Obama ganará, a pesar de que es el presidente que ha terminado su primer mandato con un nivel de aprobación más bajo (49%) desde Carter (45’5%). Incluso Bush terminó su primer mandato con un nivel de aprobación mucho más alto (62’2%), aunque los Estados Unidos ya habían intervenido en Afganistán y se había iniciado la guerra de Irak. Se supone, sin embargo, que el que ocupa el cargo (el incumbent, que dicen los americanos) tiene una cierta ventaja, quizás porque funciona aquello de que “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Solo si el contrincante es una personalidad arrolladora, como lo fue Reagan frente a Carter en 1976 o Clinton frente a Bush padre en 1988, el que está ya en la Casa Blanca tiene más posibilidades de ser desplazado. Pero no parece ser ese el caso de Romney, que ha cometido demasiados errores y ha tenido que desdecirse en varias ocasiones. Su última equivocación ha sido prometer la supresión de la Agencia Federal de Emergencias, precisamente solo unos días antes de que el huracán Sandy diera ocasión a esa agencia de mostrar su eficacia (relativa y limitada, por supuesto) ante una catástrofe tan enorme, que supera los recursos de que disponen los estados individuales.

La razón última, seguramente, de que se haya llegado al día de las elecciones en esta situación de empate radica en que ambos candidatos se han movido hacia el centro a lo largo de la campaña. Romney se ha liberado de los radicalismos del Tea Party, demasiado evidentes durante la etapa de las primarias, y Obama también ha suavizado sus posiciones iniciales, más situadas a la izquierda, en el sentido americano. Con todo, Nate Silver, el más acreditado gurú actual como predictor de resultados (acertó en 2008 los resultados en 49 de los 50 estados y los de los 35 senadores elegidos) estima que Obama tiene más del 80 % de probabilidades de ser el elegido en la jornada electoral de hoy.

Cada candidato tiene sus preferencias en determinados sectores demográficos del electorado. Los blancos mayores de 65 años se inclinan por Romney, mientras que los jóvenes siguen prefiriendo a Obama, como ya hicieron en 2008. Los negros y los hispanos votarán mayoritariamente por Obama. Según las encuestas más recientes, a Romney se le supone más capacidad para gestionar la economía y para reducir el déficit público. Pero Obama es visto como mejor defensor de la clase media y más fiable en los llamados “problemas sociales”, entre los que se incluyen cuestiones como el aborto y el matrimonio de homosexuales. También Obama parece tener preferencia en temas como la energía (por la defensa del medio ambiente), la sanidad (su discutida reforma no se sabe todavía cuánto va a costar) y la equidad fiscal. Como en Europa, se pide que baje los impuestos a “los pobres” y que se los aumente a “los ricos”.

Obama no ha cumplido, ni mucho menos, sus ambiciosas promesas de hace cuatro años, por ejemplo, en la creación de empleo. Los últimos datos muestran que en octubre se han creado 171.000 empleos –lo que confirma 25 meses de creación de empleos- y que el paro sigue por segundo mes por debajo del 8%, que allí es una especie de línea roja. Pero las estadísticas señalan también que hay nada menos de 12 millones de americanos que buscan trabajo, más otros 8 millones que trabajan a tiempo parcial y querrían hacerlo a tiempo completo. Un comentarista ha sintetizado esta situación de un modo bien conocido: “los demócratas dicen que el vaso está medio lleno y los republicanos que está medio vacío”.

Donde no hay diferencias notables, por mucho que se busquen y a pesar de ciertas apariencias, es en política exterior, asunto que, por otra parte, no les importa mucho (por decir algo) a los americanos. Gane quien gane hay unas tendencias muy claras. Los americanos se sienten cada más alejados de Europa, aunque les preocupa que la mala situación económica de nuestro continente repercuta negativamente en su país. A los Estados Unidos les interesa cada vez más la región Asia-Pacífico (con China como acreedor y futuro rival) y se quejan de que los europeos están haciendo muy poco –casi nada- para ocuparse de su propia seguridad y de los riesgos que pueden proceder de la zona occidental de Asia, incluido Oriente Medio, y el norte de África. El futuro de las relaciones transatlánticas será una de las grandes cuestiones de los próximos años.

Finalmente, no hay que perder de vista que hoy no solo se elige al Presidente. Al mismo tiempo se renovará por completo la Cámara de Representantes y un tercio de los 100 senadores, además de otros muchos cargos de nivel estatal y local. Un Presidente sin apoyo en el Congreso, esto el conjunto de las dos Cámaras, puede tener problemas, como Obama ha experimentado en estos dos últimos años.
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