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Rajoy se pone las pilas

lunes 05 de noviembre de 2012, 20:37h
Los medios de comunicación hemos atizado sin piedad al presidente del Gobierno. Por subir los impuestos y el IVA, cuando en la campaña electoral prometió lo contrario, por su blandenguería ante los proetarras de Bildu, pese a que también aseguró que aplicaría la ley (y ha tenido motivos para ello), por la espeluznante crisis económica, aunque buena parte de la culpa fue la nefasta herencia de Zapatero, y por sus escasas apariciones públicas para explicar las medidas que iba tomando el Ejecutivo.

Pero es posible que, en parte, nos hayamos equivocado. La cachaza de Rajoy o la falta de simpatía pueden ser más positivas de lo que imaginábamos. Los excesivamente simpáticos suelen ser empalagosos y caraduras.

Es verdad que la crisis sigue galopante y el paro anda desorbitado, lo más cruel para los que lo sufren. Es verdad que Europa no termina de darle el espaldarazo que necesita, porque sus dirigentes viven en un laberinto del que nadie sabe cómo salir. Pero, a su ritmo, con cautela, poco a poco y prudente, muy prudente, empiezan a fructificar algunas de sus medidas. El déficit comienza a amarrarlo, aunque todavía está lejos de lo previsto y, aunque ha esperado una eternidad, parece estar dispuesto a poner a Artur Mas en su sitio y a frenar en seco las veleidades independentistas del presidente de la Generalidad. Sólo falta que lance al Fiscal General del Estado contra Bildu cada vez que alguno de sus dirigentes hace apología del terrorismo, que suele ser todos los días, y que frene la sangría del paro para que comencemos a aplaudirle con las orejas.

Hay que reconocer que muchos españoles pensaron que, en vez de un presidente, llegaba un mago que iba a llevarnos al cielo. De ahí, su mayoría absoluta. Pero es justo aceptar que el marrón que heredó era más negro que la boca de un lobo, que Europa y el mundo en general sufren una de las crisis más profundas de la Historia y que las Comunidades Autónomas, además de despilfarrar, se habían acostumbrado a vivir y actuar a su bola, como si, en realidad, fueran Estados soberanos. También Zapatero les animó a ello.

Porque nunca un presidente del Gobierno ha encontrado tanta basura y tantas trampas bajo las alfombras al llegar a La Moncloa. Y nunca un presidente del Gobierno se ha enfrentado a unos sindicatos tan desquiciados, que sólo se dedican a tomar la calle, a gritar consignas estalinistas y a tirar el dinero por la ventana o en cañitas y comilonas. Si lo llega a saber, Rajoy se queda pedaleando en Pontevedra. Pero si logra sus objetivos, saldrá a hombros por la puerta grande. ¡Ojalá!
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