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EL 'MALO' DE LO ÚLTIMO DE CUERDA

Juan Diego: “España se está convirtiendo en un campo de fútbol donde no hay más que pelotazos”

martes 06 de noviembre de 2012, 14:34h
Galicia. Años sesenta. Dos guardias civiles hablan con el dueño del bar en que se toman una copa acerca los western de John Wyne que permiten fantasear a una España gris. “Si el malo de la película es bueno, la película es buena” dicen, justo cuando el cacique del pueblo, un contrabandista que ha hecho fortuna durante la inmediata posguerra con negocios cuestionables desde el punto de vista ético, se sienta a la mesa con ellos. Es una de las magistrales escenas que protagoniza el actor Juan Diego en la última película del cineasta José Luis Cuerda, quien vuelve a adaptar a Manuel Rivas en Todo es silencio, de estreno este viernes. Diego es Mariscal, ese “señor” del pequeño pueblo gallego en el que la corrupción, el poder del dinero y el tráfico de drogas condicionan un triángulo amoroso entre Quim Gutiérrez, Celia Freijeiro y Miguel Ángel Silvestre durante más de dos décadas. Un ‘malo’ de película que asegura “hacerse daño en las tripas” para sacer de sí mismo al personaje y que, para muchos, salva la película de Cuerda.
¿Cómo llegó a meterse en la piel del cacique Mariscal? Tengo entendido que fue amor a primera vista…
Manuel Rivas me invitó a la presentación de la novela y me recomendó que leyera una determinada parte, en la que una periodista entrevista a Mariscal. En cuanto lo leí le dije que ahí había un peliculón y que el personaje era una maravilla y él no me dijo nada. Hasta que a los seis meses me propuso hacer justo ese personaje. Pensé: ‘no puede ser, es una maravilla’.

En un momento determinado de Todo es silencio se dice que si el malo de la película es bueno, la película es buena. ¿Le atraen especialmente los ‘malos de la peli’?
Me divierte mucho porque a los malos ya los tengo dentro, como todos llevamos dentro algún tipo de instinto así. El actor lo que tiene que hacer es sacarlo. Yo soy un ángel, un demonio, un canalla, un asesino, un homosexual… todo eso está dentro de nosotros. Si lo sacas y te haces daño en las tripas, echas un poco de sangre y lo tienes.

¿En qué parte de usted mismo ha tenido que rebuscar para sacar a Mariscal?
Un poco en la falta de respeto hacia todo el que tiene pensamiento propio, vive o representa la vida. Para Mariscal nada tiene valor más allá del dinero o el poder. De hecho, el precio que paga por ello es la soledad, tiene dos mujeres y no vive con ninguna de las dos, tiene hijos y ni siquiera puede llamarles hijos, tiene dinero pero no se lo gasta en nada que le haga feliz.

Esta especie de ‘crimen permitido’ que se muestra en la película, ese que todo el mundo sabe, incluso las autoridades, pero mira hacia otro lado, ¿cree que está a la orden del día?
Sí. Siempre. El poder tiene capacidad para silenciar. Hay cosas que no, porque son demasiado flagrantes, como por ejemplo la tragedia del Madrid Arena, pero el poder solo quiere poder, y cuanto más tiene, más quiere. El poder ampara cualquier barbaridad como las que estamos viviendo con los activos tóxicos, el ladrillo, los recortes… Es una cosa tremenda. Todo el mundo se corrompe con el poder porque no hay unos mecanismos reales de control. Los poderosos tienen el cajón a mano. Un día cogen algo para tomar un café y se dan cuenta de que no pasa nada, de que nadie les controla ni les pide cuentas, así que lo siguiente es un pelotazo. España se está convirtiendo en un campo de fútbol donde no hay más que pelotazos.


El actor Juan Diego (izquierda), junto al cineasta José Luis Cuerda (centro) y sus compañeros de reparto, Miguel Ángel Silvestre, Celia Freijeiro y Quim Gutiérrez, durante la presentación de Todo es silencio en Madrid.


Durante la presentación de Todo es silencio en la Semana de Cine de Valladolid, justo después de los polémicos abucheos al ministro de Cultura, usted hizo un alegato en defensa de la cultura y el cine y en contra de los recortes. En el brutal contexto de crisis, ¿cree necesario reivindicar también la cultura?
Yo no me he encontrado con gente más solidaria que la gente del mundo del cine o del teatro a la hora de tener en cuenta la gran crisis. Cuando hablamos de la cultura estamos hablando de la enseñanza, de que los padres no pueden pagar el acceso de sus hijos a la universidad… Cuando yo hablo de estas cosas hablo de la parte que me toca, que es la cultura. Un país sin cultura, sin hombres y mujeres formados, es un país ciego y sordo que va camino de terminar también mudo e inválido.

¿La gente sigue teniendo prejuicios con el cine español?
Eso es una campaña orquestada por gente a la que le conviene que sea así, que necesita tapar la boca a aquellos que son capaces de hablar de determinadas cosas. Como aquello de ‘cuando oigo la palabra cultura, saco mi pistola’.

Pero es cierto que, por lo general, el público no suele responder muy positivamente al cine español…
Eso es muchísimo más complejo. Es una penetración absoluta de las ‘majors’ americanas. Si ves las estadísticas que hay de premios internacionales a las películas españolas y en general, al cine europeo, están muy por encima las nuestras. ¿Cómo no va a haber un problema si tienes al señor ministro de Cultura recortando un 60 por ciento, no sólo en cine, sino en museos, en cultura en general?

El pasado día uno arrancó su próximo proyecto, la obra de teatro La lengua madre, sobre un texto de Juan José Millás. ¿Qué puede contarnos de este nuevo trabajo?
Interpreto a un hombre de la calle que por no tener no tiene ni nombre y que está perplejo por la situación en la que vivimos. Es una gran amante de la gramática y las palabras. Las palabras tienen un poder esencial y la perversión que existe en este momento en la sociedad es no llamar a las cosas por su nombre. A ver, ‘activos tóxicos’, ¿y eso que es? Bueno, ya nos hemos enterado de que son 180.000 millones de euros. El ‘cash flow’, las hipotecas ‘subprime’… Cuando coges un periódico, abres la parte de economía, que es lo fundamental ahora para que la gente se entere, y no entiendes nada. Está perverso el lenguaje. Sobre esto habla la obra, y sobre la infancia. Es un personaje tragicómico con una imaginación desbordante. Es muy divertido porque está atravesado del humor de Millás y, cuando cuenta las historias, siempre hay detrás una especie de distancia e ironía sobre cuanto está ocurriendo. Estoy absolutamente encantado.

Tras su paso por Valladolid, Todo es silencio ha obtenido críticas un tanto irregulares… Desde el punto de vista de Juan Diego, ¿qué atractivo tiene la película? ¿Qué se va a llevar el espectador al salir de la sala?
Si van al cine, verán una historia maravillosa de la inocencia perdida, de cómo cuando éramos pequeños éramos capaces de construir mundos y, a medida que va apareciendo la realidad, esos mundos van destruyéndose a base de poder corrupto. Quien vea la película descubrirá que el silencio habla.
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