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¿Y si matamos a la crisis, mamá?

jueves 08 de noviembre de 2012, 20:31h
¿Y si matamos a la crisis, mamá?

-No lo tengas en cuenta, el tío Manuel está nervioso porque ha perdido el trabajo, hijo.

-¿Dónde, mamá? ¿Le ayudamos a buscarlo?

-A ver cómo te explico. Es que la crisis está haciendo que…

-Lo de la crisis ya lo sé. Es la que hace que no vayamos de vacaciones como el año pasado. Y que vosotros os enfadéis más. Y que me aguante con la bici aunque sea pequeña. Y que el papá de Ana se haya ido tan lejos. Y que los Reyes traigan pocas cosas porque ya no hay para todos los niños. Ya me sé la crisis, mamá, es como la bruja de los cuentos, como los monstruos. ¿Y si la matamos?

-¿Tú no tenías que hacer deberes?


Esta crisis es un monstruo que está cambiando nuestro modo de vida. Que provoca que no nos creamos el ‘si no cura hoy, curará mañana’. Que nos hace sentir inseguros. Que nos angustia. Que ha roto las lógicas previas en las que nos movíamos con algo de certeza. ‘Si estudias y eres trabajadora, no tendrás problema para ganarte la vida, hija’. Aquellas palabras que calmaban hace unos años han perdido su verdad.

Muchos padres y madres consultan porque están viendo en sus hijos cambios que no entienden ni saben manejar. Algunos están más callados, tienen pesadillas, se ponen más nerviosos, preguntan repetidamente cosas como ‘Pero esta es nuestra casa, ¿verdad? No nos vamos a ir, este es mi cuarto y están mis cosas y yo no quiero irme. Si yo no quiero no nos vamos a ir de esta casa, ¿verdad, mamá?’, sin que los padres les hayan hablado de mudanzas. Están más inquietos, asustados por lo desconocido, pero sobretodo porque sienten la sombra del miedo en sus padres. Y en sus tíos, y sus abuelos. Cuando se juntan siempre hay tensión por algo que se habla, preocupación en la cara de la abuela, más discusiones que antes, más despedidas. Se habla mucho de dinero.

Pero ellos son niños y niñas, y se supone que les corresponde vivir en la fantasía en la que al final todo puede acabar bien. Que los que fracasan son los malos y los buenos consiguen sus sueños.

¿Cómo manejamos esta realidad implacable sin volcar sobre ellos nuestra angustia? ¿Cómo preservamos la risa, la ternura, la fantasía, la curiosidad, la aventura y los sueños de las niñas y niños que están viviendo hoy?

¿Cómo transmitirles seguridad si ni nosotros mismos la sentimos?

Empecemos por lo más importante. Cada uno vamos a hacer lo que podamos, lo mejor posible. Nada más. Vamos a intentar no añadirnos más miedos a los inevitables. Es suficiente para ellos. Nada es perfecto. Recuerden que sus propios padres no pudieron evitar sus sufrimientos vitales, como tampoco los padres de sus padres les protegieron a ellos. Cada generación vive su momento y la anterior no puede educar para lo desconocido.

La seguridad que los padres pueden transmitir a sus hijas e hijos no consiste en proporcionarles estabilidad económica ni material. No se basa en que tengan la consola cuando la piden, ni en que sus vacaciones sean como las de sus compañeros. Ni en que hagan más extraescolares. Ni siquiera en que aprendan más inglés o chino. Tampoco en que les repitamos que son los más altos, guapos, listos y fuertes.

La seguridad básica se adquiere en los tres primeros años de vida. A través del vínculo con los padres y cuidadores más cercanos. Pero hoy no vamos a hablar de esa primera infancia, sino del impacto de la crisis en los que ya dejaron esa etapa atrás y de cómo facilitar el manejo de esta situación.

Los niños ven el mundo a través de la mirada de sus padres. No intentemos negar la realidad que vivimos porque sólo provocaremos que busquen la respuesta en otro lugar. Para los que estén pensando en crearles un mundo paralelo como en ‘La vida es bella’ les recuerdo que ellos no están solos y además seguirán viviendo en esta realidad en permanente transformación.

Partimos entonces de no negar la realidad. Hablémosles de la crisis y de las cosas que están ocurriendo en el mundo en que viven. Pero cuidado, no nos vayamos al otro extremo y olvidemos que necesitan filtros para interpretarlo. Si reciben la información como si fueran adultos el impacto será tan fuerte que moldeará su carácter y el miedo se instaurará en su forma de ser. Y las manías, las preocupaciones podrían quedarse fijadas. ¿Conocen alguna persona mayor que se angustie si no tiene suficiente acopio de alimentos ‘por si vuelve el hambre’? Toda una generación –si no varias- se ha callado sus posiciones políticas para evitar conflictos, ha forzado a sus hijos a hacer oposiciones ‘para tener algo seguro’, y, como estas, tantas otras cosas derivadas de la dureza de sus vivencias infantiles.

Los adultos han de buscarse sus lugares y amigos para compartir sus angustias, para buscar soluciones o paliativos a sus problemas y proteger a los niños de ellos. Después, traduzcámosles la realidad, expliquémosles lo que está pasando, cada uno desde su perspectiva ideológica, por supuesto, pero sin hacerles sentir que les toca vivir el fin del mundo, por mucha pena que nos dé saber que no podrán tener muchas de las facilidades que sus padres sí tuvieron. No les transmitamos nuestra impotencia porque van a necesitar ser flexibles y creativos para inventarse sus propios recursos en el futuro.

¿Y cómo fomentar esa seguridad flexible y creativa? Lo básico es cómo nos relacionamos con ellos, pero no olvidemos lo concreto. Estimulemos su imaginación frente a las dificultades cotidianas. Ayudémosles a divertirse con planes que no impliquen gastar dinero y –a ser posible- en los que puedan expresarse. Leer, hacer obras de teatro o conciertos con sus amigos y primos, disfrazarse con telas y ropas antiguas, construir con los bricks de leche vacíos o pintar y transformar las cajas de sus galletas les harán sentirse capaces y disfrutar mucho.

Cooperar y compartir. Es el momento de que sientan los beneficios de estos valores. Y de que los padres se despojen de inútiles prejuicios y se muestren -ellos los primeros- flexibles, sociables y creativos para poder educar en la incertidumbre.

¿Por qué no hacer trueques de juegos y juguetes? No será fácil desprenderse voluntariamente de sus cosas, pero a cambio recibirán libros, juegos, películas, disfraces y objetos desconocidos que les abrirán nuevas posibilidades de diversión y aprendizaje. ¿Por qué no turnarse varias madres o padres en el cuidado de sus hijos, cada tarde en casa de uno? Fomentará la socialización y la adaptación a distintos ambientes y estilos de vida. ¿Por qué no juntarlos esas noches que quieren salir sus padres y plantearles un plan divertido ‘acampando’ en casa de sus amigos?

Pongámonos a pensar y debatir las opciones que se nos ocurran para –sin negar las dificultades como Benigni-, favorecer un ambiente consciente, pero divertido y feliz para los niños y niñas que siguen teniendo derecho y necesidad de serlo.


María Elízaga Viana
Psicóloga Especialista en Psicología Clínica y Psicoanalista
[email protected]

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