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RESEÑA

Blas Matamoro: Cuerpo y poder

domingo 11 de noviembre de 2012, 01:42h
Blas Matamoro: Cuerpo y poder. Fórcola. Madrid, 2012. 267 páginas. 22,50 €

Blas Matamoro (Buenos Aires, 1942) es uno de los autores más prolíficos que conozco. Director de la revista Cuadernos hispanoamericanos, a la que estuvo vinculado durante treinta años, ha escrito, además de novelas, libros de cuentos y de crítica literaria, miles de ensayos de crítica musical. Entre su obra destaco Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (Mirada Malva, 2006) y Novela familiar: el universo privado del escritor, Premio Málaga de Ensayo (Páginas de Espuma, 2010),

Cuerpo y poder, su más reciente publicación, es un texto híbrido, original, arriesgado, leve y profundo, como una sinfonía. No es un ensayo, tampoco una novela, ni una crónica, acaso se asemeje a una “no novela”, género en busca de su forma, que ensaya dar cuenta del relato de la historia y del cuerpo. Realidad o ficción, el cuerpo que nos constituye, el lugar donde ocurre la historia, protagoniza esta narración, que se recicla en el tiempo del relato, convertida en realidad o ficción perceptible, sensible y de una exquisita sensualidad que no te empalaga, sino que te nutre y a la postre resulta ser un tributo a la inteligencia, un regalo en estos tiempos en los que se dice tan poco con tantas palabras.

El hecho es que aunque el autor pretenda descender al chismorreo más morboso, no consigue desviarnos de la reflexión sobre el poder y los azares de la historia, torbellino de pasiones, conjunción de fortuitas circunstancias, consumación de fantasías, juego de máscaras, de ausencias y presencias poderosas. Así disfrutamos con la comidilla que alborotó a la Revolución Francesa y acabó decapitando a aquella clase social frívola y ociosa que se creía tocada por la gracia divina y a salvo de la justicia del pueblo, o aplicada en nombre del populacho. A lo largo de la narración, tanto como en la reflexión que le sigue, tenemos a Matamoro de cuerpo presente con su agudo sentido del humor y su audaz suspicacia, introduciéndose por los entresijos del poder.

El relato, confiesa el autor, empieza con una de sus incursiones por las librerías de viejo de Madrid donde da con un ejemplar de un texto de Alain Decaux sobre el supuesto Luis XVII, el Delfín que, según la leyenda, no fue decapitado junto con sus progenitores, sino que les sobrevivió bajo otras identidades, lo que dio lugar a una copiosa literatura e incluso a una corte de seguidores dispuestos a restituirle sus derechos. En total, se cuenta con unos ochocientos libros sobre el tema y más de mil artículos y no solo eso, ya que los pretendientes a reclamar sus derechos, en calidad de delfines, crecieron como hongos. La verdad es que tiene miga lo que un cuerpo ausente o desaparecido provoca en la memoria colectiva. “…el deseo produce objetos los cuales, aunque inhallables, mueven la realidad de nuestras vidas", sugiere el autor.

A la carnicería que fue la Revolución, le siguen otras intrigas y traiciones, de las que Matamoro da cuenta: la herencia jacobina con sus profetas y liturgias, el bajo clero igualitario, a lo que sigue el terror: asaltos a los conventos, la tortura y ejecución de los cuerpos que preceden al imperio de Napoleón, el paso del Antiguo Régimen a la sociedad del siglo XIX, un momento propicio para el teatro y la desatada inspiración de los jóvenes románticos, como Víctor Hugo, que despiertan las más exaltadas pasiones. Así, desde un séquito de impostores hasta la corte del Napoleón, viajamos con Matamoro por la novela de la historia, patinando con él, desviándonos de los salones a las cocinas, de los teatros a las camas, del trono a las mazmorras.

Y es que en su lógica de la dispersión tiramos de distintos hilos y nos deleitamos con los rumores, los azares, la tragedia y la comedia interpretada por unos personajes ya sin cuerpo, pero muy presentes, convertidos en leyenda. “El libro se puede leer y escuchar, todo a la vez: como una estructura invertida de la forma tema-variaciones, como un ricercare barroco (música que va en busca de un tema melódico)…”, explica el autor. Conmueve, más allá de lo episódico, la confesión de este intelectual que ha iluminado nuestro horizonte con sus lúcidos ensayos de interpretación literaria, de filosofía, música y compositores, que no aspira a “escribir una novela magistral ni a innovar en la vejez” y que nos deleita con sus digresiones a la manera de Montaigne, el más actual de los clásicos.

Por Consuelo Triviño Anzola
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