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Amada Cataluña

lunes 12 de noviembre de 2012, 20:37h
En una de sus innumerables e insufribles intervenciones de los últimos días, el presidente de la Generalitat catalana, Artur Mas, aseguró que, tras la declaración de intenciones de querer tener un Estado propio para Cataluña, lo normal sería haber recibido “un montón de ofertas” desde España para no marcharse; pero, en cambio, “lo único que vemos son palos, patadas y golpes”. Algunos días antes, el ex presidente de la misma institución durante más de dos décadas, Jordi Pujol, había declarado en la televisión del régimen, TV3, que en España hay “una actitud muy negativa, muy hostil” contra Cataluña. La situación, según Pujol, es “peor que nunca, nunca lo había visto así”, mucho peor incluso que en época de Franco.

Ya sabemos que los argumentos del nacionalismo difícilmente parten de realidades, pero sorprende que los líderes políticos no piensen, antes de espetar sus reflexiones sobre lo poco que España quiere a Cataluña, en lo que vienen pregonando ellos mismos y otros desde hace tiempo: que España y los españoles son ladrones y expoliadores; que los españoles han querido, históricamente, aniquilar a los catalanes o perpetrar un genocidio; que los andaluces se pasan el día en el bar mientras los catalanes les mantienen; y, como es bien conocido, un largo etcétera. ¿Puede esperarse, tras insultos y mentiras de ese calibre, amor, actitudes positivas y buenrollismo? No voy a negar que algunas responsabilidades están repartidas, pero sí debo afirmar que declaraciones como las de Mas y Pujol o bien, en el mismo sentido, las de muchos catalanitos de a pie, bien adoctrinados y adocenados, provocan perplejidad.

La situación es complicada y no hay vuelta atrás. Las viejas fórmulas, ya sea el autonomismo derivado de la Transición o bien el federalismo, no son más que… fórmulas viejas. El independentismo, por su parte, es, como ha escrito Valentí Puig, una de las pocas voces sensatas en la Cataluña actual, una carta a los reyes. Eso, en el mejor de los casos. El mesianismo y las formas iconográficamente totalitarias de la propaganda electoral de CiU –el cartel con el lema “La voluntad de un pueblo”, acompañando la imagen de “Moisés” Mas- ponen los pelos de punta. Más que un disparate, son una indecencia. Aquellos que apelan ahora continuamente al pueblo catalán, muestran al mismo tiempo clamorosos fallos de ética y práctica democrática. La referencia reciente de Oriol Pujol al papel del Rey no hace más que enlodar el discurso convergente. El de ERC o SI, en cambio, en la versión chisgarabís de Junqueras o en el frikismo de López-Tena, no merecen, a estas alturas, ni el más mínimo comentario. Habrá que hacer un enorme esfuerzo de imaginación y sensatez para salir del embrollo creado.

Afirmaban los carlistas en el siglo XIX que si Don Carlos subía al trono, todos los problemas de España iban a arreglarse inmediatamente. Los nacionalistas catalanes nos prometen ahora, en el siglo XXI, que la independencia es la solución para todo. La Cataluña libre será rica –“i plena”, supongo- y feliz (ya se sabe que Cataluña es una señora maltratada: lo recordaba hoy lunes el opinante orgánico y cromático Xavier Sala i Martín). Lo de menos es dar explicaciones o tener programas concretos. Todos felices y a comer perdices. Los políticos nacionalistas catalanes han convertido hoy esta insensatez en su razón de ser y nos mienten un día tras otro sobre Europa, sobre el déficit fiscal y sobre el coste del deseado proceso de independencia. Y ello les permite esconder, asimismo, la crisis y su pésima gestión, que ha convertido al famoso gobierno de los mejores –el de Artur Mas y sus apóstoles, con Homs a la cabeza- en el pelotón de los torpes.

Al mismo tiempo, los empresarios están asustados, pero prefieren callar. La televisión y las radios catalanas repiten machaconamente los mensajes, al igual que la prensa, previo pago a través de subvenciones suculentas. Los socialistas mantienen un tono bajo, obligados por sus responsabilidades en la época del Tripartito (la deuda de la Generalitat, ¿es culpa del supuesto expolio español o de los gastos incontrolados e indecentes de los anteriores gobiernos, tripartitos y pujolistas?). Los “intelectuales” y opinadores se movilizan, supuestamente.

El panorama, en plena campaña electoral y a pocos días de las elecciones del 25-N, resulta desolador. Disculpen, por favor, mi tono pesimista. ¿Será verdad aquello que decía mi abuela sobre el sufrimiento provocado por los que dicen amar a una cosa o a alguien? El peligro real de los soberanistas e independentistas catalanes es que, al final, acaben matando de “amor” –o terror- a su Cataluña amada.

Jordi Canal es historiador y profesor en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de París.

Jordi Canal

Historiador

JORDI CANAL es doctor en Historia y profesor en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París

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