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¿Es normal que el director de la CIA dimita por tener una amante?

martes 20 de noviembre de 2012, 20:02h
El puritanismo victoriano, el luteranismo tiene todavía tics retrógrados y sinsentido en el mundo anglosajón. Que el adulterio aún sea delito en algunos Estados de Norteamérica o que en el Ejército pueda ser penado hasta con la cárcel son gestos inquisitoriales e hipócritas que no tienen sentido en el siglo XXI.

El general Petraeus, uno de los militares más distinguidos, admirados y condecorados de Estados Unidos, general de cuatro estrellas, experto como pocos en los conflictos de Afganistán, Pakistán, Arabia, Irak, Israel e Irán; esto es, en el punto más caliente, sensible y peligroso del mundo, ha tenido que dimitir como director de la CIA por tener una amante, una bella morena 20 años menor que él, y que el FBI se ha ocupado de propagar por las cuatro esquinas del planeta calificándolo de delito sexual. Obama, que le había elegido con buen criterio, se ha visto obligado a prescindir de sus valiosos servicios.

¿Delito? El general Petraeus ha demostrado ser uno de los mejores directores de la CIA de todos los tiempos. Nadie le ha podido acusar de pasar información sensible ni a su amante ni a nadie. Su hoja de servicios es impecable y su experiencia y conocimientos inmensos. Estudió en la Academia de Princenton con notas brillantes, fue profesor de Relaciones Internacionales en Georgetown, general de las Fuerzas de Seguridad Internacionales y tenía el uniforme forrado de condecoraciones por sus éxitos en actos de servicio. Un hombre, en fin, valiosísimo para el Ejército y para la seguridad de los Estados Unidos.

Pero el puritanismo trasnochado de los norteamericanos ha acabado con él. Y la ignominia ha manchado un impecable historial como militar y como experto en seguridad. Estados Unidos puede llegar a la luna y dominar el mundo. Pero su cultura y, sobre todo, su moralina resultan retrógradas y contraproducentes.

Que el general Petraeus se haya visto obligado a dimitir por tener una amante es un error descomunal. Por fortuna, en España esos deslices pueden acabar con la vida matrimonial de una persona. Pero es difícil que le afecten en su vida profesional. Y conviene no revolver mucho ni en el Parlamento ni fuera de él. Pues saldrían casos como chinches. Y no pasaría nada.

Estados Unidos, en el fondo, es un país que todavía está en pañales en muchos aspectos. Su Historia de apenas 240 años, pues la Declaración de Independencia se firma en Filadelfia en 1787, son el ejemplo de que la evolución cultural y hasta moral, influida por los victorianos británicos que invadieron su territorio, está a años luz de sus avances tecnológicos y económicos. Aún son, con perdón, un poco paletos y anticuados.

Estados Unidos, sin duda, es un país admirable en muchos aspectos. Pero entre las hamburguesas y los puritanos, la milenaria cultura europea les da sopas con ondas. Petraeus en España jamás habría dimitido. Se habría divorciado, eso sí. Pues la mujer le habría puesto las maletas en la calle y quizás le habría soltado un sopapo. Alguna vecina chismosa y envidiosilla le habría señalado con el dedo. Pero, luego, el general seguiría en su puesto, vital para la seguridad de Estados Unidos, para la seguridad de todo el mundo.

Y las fuerzas de seguridad norteamericana no habrían perdido a uno de sus grandes valores por un asuntillo de faldas. La moral, también, debe de tener su escala de valores. El mundo está lleno de padres y madres que aparentan ser ejemplares y luego maltratan a sus hijos, explotan a sus subordinados, ponen la zancadilla a sus compañeros de trabajo para ascender o calumnian sin piedad a todo bicho viviente. Pero se creen puros y buenos, sólo por ser monógamos y no darse la vuelta cuando pasa por la calle un monumento. Nunca tendrán tortícolis, eso sí. Pero, hoy, tener una amante no puede ser delito ni nada que se le parezca. En todo caso, para los más católicos, sería un pecado. Pero se confiesan y en paz.
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