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Carlos Floria (1929-2012)

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
El domingo 18 de noviembre, a los ochenta y tres años, murió el destacado intelectual argentino Carlos Floria. Nacido en Buenos Aires, Floria era Doctor en Derecho y Ciencias Sociales por la UBA y su larga trayectoria académica en ámbitos públicos y privados se vio coronada en la Universidad de San Andrés donde fue nombrado profesor emérito.

Entre otros antecedentes, cabe señalar que Floria fue becario Eisenhower y Fulbright, investigador en el Woodrow Wilson International Center, miembro de la Comisión Pontificia Justicia y Paz, miembro asimismo de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, y embajador de la Argentina ante la Unesco entre 1996 y 1999. También serán recordados sus vínculos con la Fundación Ortega y Gasset, su clave actuación como consejero de la revista Criterio y sus colaboraciones en La Nación y otros medios gráficos entre los que llegó a contarse El Imparcial. Autor de libros y numerosos ensayos y artículos, su obra más divulgada es sin duda Historia de los argentinos (escrita en colaboración con César García Belsunce) que lleva ya varias reediciones cada una en versión actualizada. Además de la historia, la ciencia política fue la disciplina que mejor cultivó y en la que contribuyó a formar a varias generaciones de estudiantes.

Como su admirado Raymond Aron, Floria fue ante todo un hombre moderado, cualidad que presidió su conducta y su reflexión. También fue un hombre de fe, compromiso que supo sostener junto con una adhesión igualmente firme a los ideales de la democracia republicana. Para una semblanza más completa, a estos rasgos visibles de su personalidad deberían agregarse su hombría de bien, su incansable curiosidad y el generoso trato que dispensaba hasta al más ocasional de sus interlocutores. En este sentido, cabe decir que Floria encarnaba al verdadero caballero de que hablaba John Henry Newman, siempre preocupado “por hacer sentir a todos a gusto y en casa”.

Así me hizo sentir durante los años en que tuve el privilegio de gozar de su amistad, su consejo y su grata conversación. Floria era, en efecto, un extraordinario conversador, una persona con la que era posible compartir ratos inolvidables en los que el deseo de escuchar cedía fácilmente a la invitación a ser también partícipe, nunca supeditaba a ninguna requisitoria ni a la búsqueda de una conclusión compartida. Por eso, conversar con Floria era disfrutar de una experiencia libre, una relación que no requería ni se proponía el asentimiento.

Como escribió en estas horas José Claudio Escribano, llama la atención que algo tan elemental para la convivencia democrática como es la disposición a conversar deba ser destacado. Y, sin embargo, este rasgo “asume estatura virtuosa” en un país en el cual el diálogo civilizado se ve diariamente amenazado por la intolerancia. Un motivo fundado, pues (entre muchos otros), para recordar a Floria.
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