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Nacioncitas

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Hace muchos años que la nación dejó de ser, tanto desde el punto de vista mental como a efectos prácticos, el referente identitario, sentimental, económico, militar y político que significaba en vísperas de la I Gran Guerra. Y es justo ahora, en el tiempo en que más diluidos fluyen el propio concepto y las mismas competencias atribuidas a la nación –ya, poco más que una terminal cibernética de la Aldea Global-, cuando con más fuerza emergen el ego y la ambición soberanista de las nacioncitas, dicho sea –lo de nacioncitas- con todo respeto y adelantando que me trae al pairo la nacionalidad formal de que pueda dar fe mi pasaporte ni hasta dónde alcancen las fronteras del país donde me encuentre.

De Cataluña, me interesan –por ejemplo- “Duquende”, “Anagrama”, “Planeta”, Serafín Marín, el crucigrama de “La Vanguardia”, Ginesa Ortega, “The Ecologist”, Marsé, Perucho, la revista “La Puerta”, Carles Benavent y el pan con jamón serrano untado en tomate. Del País Vasco, pues no sé qué decir de una tierra cuya segunda fuerza política más votada justifica con mayor o menor ambigüedad los asesinatos cometidos durante décadas por una banda terrorista. Diré que me interesan Iván Fandiño, la Feria de Bilbao, Bernardo Atxaga, Unamuno… De todo ello, como de mis querencias catalanas, disfruto en Madrid o Sevilla, sin necesidad de plantar un pie en los bosques euskaldunes. Que me da igual, en fin, que Artur Mas abra embajada de Cataluña en Barbados o no.

Lo que parece claro es que Madrid ha fracasado como capital. Ha fracasado en Europa y ha fracasado ante su periferia. Quizá, como medida homeopática, habría que trasladar la capitalidad de lo que quede de España a su antiguo emplazamiento: Toledo, donde, con longividente intuición, ya vive Paco de Lucía. El Toledo de las espadas damasquinadas, el cochinillo en “Cándido”, la faena de “Cagancho” cantada por Corrochano, el Flegetanis atisbador del Grial y la Escuela de Traductores de Alfonso X.

Ello garantizaría la lealtad de, por lo menos, Andalucía y Galicia, pues Hércules fundó tanto Toledo como Sevilla, cerca de Gibraltar está su tumba y, en Finisterre, el faro que lleva su nombre. En cuanto al Levante murciano y valenciano, no hay problema: son la región ibérica donde más festejos taurinos se montan. Su fidelidad queda fuera de toda duda… Como lo está la de Extremadura, de la que apenas se habla últimamente. ¡Qué buen cante y qué bien se come! Y sin mediar patrioterismos cursis ni paletos de ninguna clase.
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