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Cataluña, 25-N: No cambió el mar en tierra seca

martes 27 de noviembre de 2012, 20:43h
Durante la campaña electoral de las elecciones catalanas del pasado domingo, día 25 de noviembre, se ha comparado en numerosas ocasiones a Artur Mas, presidente de la Generalitat y líder de CiU, con la figura de Moisés. Los carteles de propaganda de la propia formación nacionalista contribuyeron a ello. Mas se erigió, en cualquier caso, en salvador y conductor de un pueblo hacia un supuesto destino: la independencia y la génesis de un nuevo estado en Europa. Solamente se sabía que, escapando de los españoles, los catalanes serían felices y ricos y plenos. Las elecciones del 25-N eran, en algún modo, la clave para un camino sin retorno en un viaje a ninguna parte. Se trataba de una suerte de travesía del mar Rojo, emprendida por Artur-Moisés.

A diferencia de lo que se nos cuenta en el Éxodo (14:21), a pesar de que Artur Mas extendiera su mano sobre el mar –o las urnas-, el viento no sopló –o los resultados electorales no resultaron favorables- y no cambió el mar en tierra seca ni se separaron las aguas. Y los egipcios (o españoles) no quedaron atrás. Esto puede traducirse en un retroceso electoral muy significativo de CiU –de 62 diputados a 50- y un cuestionamiento muy serio del proceso soberanista-independentista y de su propio líder. Cierto es que, a pesar de todo, Artur Mas ha ganado las elecciones, pero ha perdido credibilidad como supuesto conductor de los catalanes hacia el paraíso propio. Todos sabemos que en nuestro país los dirigentes políticos casi nunca aceptan responsabilidades ni dimiten, pero en esta ocasión el presidente de la Generalitat en funciones debería hacerlo.

Artur Mas llegó al gobierno catalán tras la etapa del llamado tripartito, que gobernó mal, dilapidó mucho –una parte de los problemas económicos actuales tienen ahí su origen, no en un mitificado expolio fiscal- y metió a los ciudadanos de Cataluña en un berenjenal a todas luces innecesario, el del nuevo Estatut. El vencedor prometió cambios y un gobierno de los mejores. Todo quedó en nada, excepto los recortes. A media legislatura, aprovechando el vendaval del 11 de septiembre, Mas decidió convocar nuevas elecciones, con la intención de conseguir una mayoría absoluta y capitalizar el movimiento pro-independentista. Y, asimismo, no puede olvidarse, para esconder (y/o plebiscitar) su discutible gestión y los casos de corrupción que apuntaban a la formación nacionalista, en especial los del Palau de la Música y sus derivados. La apuesta, el 25-N, salió mal –el recuerdo de Ibarretxe y su plan es pertinente-. CiU pierde doce diputados y sube once ERC: los electores independentistas le han dicho a Mas que prefieren el original a la copia, un partido que siempre ha defendido la independencia frente a otro, neoconverso, que la apoya por tacticismo.

La lectura de los resultados de las elecciones del 25-N en Cataluña no puede quedarse en la consideración anterior. Incluso sobre CiU y sobre ERC merece la pena decir alguna cosa más. En la primera formación se salvan de la humillante derrota o triste victoria, como se prefiera, dos dirigentes de generaciones distintas –uno de Unió y el otro de Convergència-, pero que pueden jugar un papel importante en el futuro, si los soberanistas duros se lo permiten: Duran i Lleida y Santi Vila, que encabezaba la lista de Gerona y que fue el único que obtuvo los mismos resultados en escaños. Si Artur Mas no dimite e intenta formar gobierno, en solitario o pactando con ERC o el PSC, tendrá que reconsiderar el papel de uno y otro. Y, asimismo, cortar las alas a los Homs, Colomines y Pujol hijo. La subida de ERC se explica, a mi entender, como capitalización del voto independentista de verdad, lo que ha afectado, como hemos visto, a CiU y ha propiciado, también, la desaparición de Solidaritat, la opción independentista-friki dirigida por el ídem López Tena. ERC decidió olvidarse, igualmente como había hecho muchas otras veces a lo largo de la historia, de sus supuestos planteamientos de izquierda para centrarse solo en la independencia. Las ideas, precisamente, no sobran. Al estilo de su descafeinado líder, son, por encima de todo y casi de manera única, patriotas.

Si la desaparición del mapa parlamentario catalán de Solidaritat per la Independència constituye una buena noticia, debe preocupar, en cambio, la entrada en la cámara de las CUP, también independentistas y anti-capitalistas. Del ámbito municipal, sobre todo en la provincia de Gerona, han hecho un significativo salto al regional. Por su parte, Iniciativa (ICV) ha capitalizado un poquito del malestar social y el PP ha subido –Alicia Sánchez Camacho hizo una buena campaña-, pero menos de lo esperado. Entre los auténticos ganadores se encuentra Ciutadans, de Albert Rivera, que se convierte ya en una fuerza que no puede seguir siendo ninguneada por el nacionalismo en el poder. El no nacionalismo se reparte ahora ya claramente entre el centro-derecha del PP y la izquierda de Ciutadans. La subida de estos últimos, de tres a nueve escaños, algo tiene que ver con los pésimos resultados de los socialistas. La crisis del PSC es muy profunda y la apuesta federal poco atractiva, además de arcaizante.

Empieza, así pues, tras el 25-N, una legislatura complicada, en la que los Moisés ya no tienen ningún papel y en la que el sueño de cambiar el mar en tierra seca para poder proseguir la ruta a no-se-sabe-bien-dónde se ha desvanecido. Lo que ahora toca, tras este baño necesario de necesaria realidad, es poner encima de la mesa propuestas constructivas y argumentadas, favorecer el diálogo y evitar las posiciones ensimismadas y maximalistas. La vuelta atrás ya no es posible, pero podemos, entre todos, construir algo nuevo, que nos permita seguir viviendo juntos. La ocasión es excelente para que nuestros dirigentes políticos nos muestren que nos equivocamos rotundamente al considerarlos, en general, de una mediocridad pasmosa.

Jordi Canal

Historiador

JORDI CANAL es doctor en Historia y profesor en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París

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