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Intimidad y seguridad en la red: la exigencia de responsabilidades

miércoles 28 de noviembre de 2012, 20:07h
Un nuevo escándalo en la red: los números de teléfono y datos personales de famosos han aparecido en una red social de primera importancia, la cual, a su vez, ya había generado un problema importante al cambiar negligentemente las contraseñas de los usuarios.

Y esto, de nuevo, sobrepasa cualquier nivel de ataque, ya que, una vez más, toda la intimidad de las personas está en juego, desnudándolas ante todo el mundo (literalmente, ya que la red está precisamente abierta a los miles de millones de habitantes del planeta).

La Agencia de Protección de Datos, tan activa en otros campos, como la persecución, absolutamente exagerada y excesiva (realmente tiene fines puramente recaudatorios), no está parando estos asaltos. Por de pronto no para la llamada, la llamadita, con la que, continuamente, te agobian, te invaden, ofreciéndote cualquier producto mientras estás en una reunión o durmiendo: siempre en el momento más inoportuno suena el teléfono móvil y sin autorización previa te comienzan a pedir intempestivamente que compres esto o aquello. Esta situación tiene que acabar de una vez por todas y es imprescindible que los ciudadanos puedan ejercer, con toda su extensión, el derecho a que te dejen en paz, el derecho a que se olviden de ti, también en este ámbito.

Pero la cuestión es más grave. Porque sabemos bien que, como si de un nuevo Dios se tratara, la red tiene una memoria infinita. Jamás se borra lo en ella escrito, ni siquiera lo que busques. Si años después de una noticia, incluso años después de fallecer una persona, se quiere asaltar retroactivamente su intimidad, lo que haya escrito, buscado o enviado, sigue ahí, para siempre, infinitamente, sin límite. Esto es algo que todos tenemos que saber, siendo la única defensa real el que es tanta la información que normalmente nadie en su sano juicio tendrá oportunidad ni interés en localizarla. Pero, y este es un pero muy importante, si por las razones que sean, alguien, cuando sea, quiere localizar lo que un ciudadano ha escrito o enviado, podrá siempre hacerlo. La red es, simplemente, imborrable.

Por ello, además de extremar la precaución y además de establecer legislación protectora del derecho al olvido y otros instrumentos semejantes, hay que decir que es la exigencia de responsabilidad patrimonial lo único que, al final, realmente protege. Porque en efecto, si tras un asalto a la intimidad de una persona, existe un centro de imputación de responsabilidades, de manera que el servidor o el conjunto de servidores, y los difusores de la información en sus distintos niveles informáticos, tienen que responder fuertemente en términos económicos, sin lugar a dudas el nivel de protección aumenta. La exigencia de responsabilidad por parte de los distintos sujetos, además naturalmente de la sanción pública de la multa, tiene un efecto freno sobre la difusión general de los datos personales.
Cierto que ello no impide el ataque singular, ya que si un experto, un jaqueador, decide averiguar los datos singulares, difícilmente se va a poder evitar. Y el chantaje singular podrá llegar a darse. Y probablemente se esté dando ya. Aquí, la defensa es la misma que en casos no virtuales en los que en el mundo real también se sufra la amenaza de la extorsión. Y queda pues a cada individuo saber como arreglárselas y decidir si confía en las leyes para lograr su protección.
Pero en lo que hace a la difusión masiva de información, es altamente probable que la exigencia de responsabilidades ayude mucho a parar la extensión del ataque contra la personas o personas que lo sufra. En estos casos, además, es la mejor manera de conseguir la alianza efectiva con el prestador de la información, con el servidor y demás agentes informáticos, por cuanto ellos mismos serán los primeros en buscar a quien dañó la intimidad de todas las personas afectadas, con la finalidad de cooperar lo que equivale a minimizar el daño y la lesión ocasionada y, en consecuencia, a aminorar su propia responsabilidad patrimonial.

Para ello, se necesita un orden jurisdiccional eficiente, esto es, rápido y bien preparado. Lo cual lleva a que sean necesarios jueces bien formados, que conozcan mínimamente lo que la red supone y su capacidad, también, de constituirse en una herramienta potencialmente muy lesiva, además naturalmente de aprovechar los múltiples beneficios que la red supone.

Es necesario, pues, saber también como indemnizar este tipo de lesiones. No basta con una mínima exigencia de responsabilidad basada en la pequeña lesión potencial que suponga para cualquiera, también los famosos, que se conozcan sus datos. Hay que ir bastante más lejos y definir lo que supone jurídicamente todo un ataque a la dignidad de las personas, a sus derechos de la personalidad. Lo cual está muy lejos de ser, simplemente, un dato pequeño y elemental, sino que por el contrario, es todo un instrumento de daño a la dignidad de cada persona, lo cual está reconocido directamente también en la Constitución y en los Pactos Internacionales de Derechos Humanos, basados todos en la protección de la dignidad.

Estamos en un nuevo mundo, en el mundo interconectado, no imaginado cuando nacimos muchos de los que aquí estamos; ni siquiera hace apenas veinticinco años podíamos pensar en este nuevo paradigma a la hora de vivir y de pensar, de estar en el mundo, de estar ahí.

Por ello, abordar la recuperación de la dignidad en la era digital es una tarea urgente, exigente y finalmente valiente, al servicio de las personas, de su personalidad y del honor que todas se merecen.

José Eugenio Soriano García

Catedrático de Derecho Administrativo

JOSÉ EUGENIO SORIANO GARCÍA. Catedrático de Derecho Administrativo. Ex Vocal del Tribunal de Defensa de la Competencia. Autor de libros jurídicos.

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