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El ocaso un "mega-error"

sábado 01 de diciembre de 2012, 19:16h

El hombre es un animal errante, la clave de cuyo progreso consiste, precisamente, en aprender de sus propios errores. Hace cuarenta años, el llamado Club de Roma, que dirigía Aurelio Peccei, difundió un informe según el cual, si la civilización industrial seguía creciendo al ritmo que traía, sus recursos se agotarían rápidamente. De acuerdo a esta teoría, el mundo entraría muy pronto en emergencia a menos que aceptara como meta el crecimiento cero para preservar sus menguantes recursos naturales.

El Informe del Club de Roma tuvo tanta repercusión que durante décadas se lo aceptó como si fuera un dogma. En el fondo reavivaba la tesis del demógrafo inglés Robert Malthus, quien a fines del siglo XVIII había sostenido que, por cuanto la producción mundial crecía de un modo aritmético (l,2,3…) y las necesidades humanas lo hacían de un modo geométrico (1,2,4,8…) debido al aumento exponencial de la población, la humanidad tendría que detener su progreso si quería sobrevivir.

Pero esta tesis “malthusiana” y “romana”, que reinó tanto tiempo entre los intelectuales, fue cayendo en desprestigio a medida que sus negros vaticinios no se cumplían. Al contrario, gracias a la revolución tecnológica cuyo inmenso impacto el Club de Roma no previó, el mundo produce cada día más sin que el temido agotamiento de los recursos se haya producido.

En su número de julio-agosto de este año, la revista Foreign Affairs viene de publicar en la página 23 un artículo lapidario que da por tierra, al parecer definitivamente, con la tesis del Club de Roma. Titulado “El alarmismo ecológico entonces y ahora”, este artículo de 17 páginas, que se debe a la pluma del profesor danés Bjorn Lomborg, refuta uno por uno los argumentos del Club de Roma para concluir que “ha llegado el momento de reconocer que el desarrollo económico es bueno y que el mundo necesita más y no menos de él”.

Hay que alegrarse de que, pese a la alarma de algunos intelectuales, los políticos, los economistas y los hombres de negocios hayan insistido en invertir por todas partes, a contrapelo de las recomendaciones del Club de Roma, porque si hubieran seguido sus consejos el crecimiento económico se habría detenido con gravísimas consecuencias para la humanidad y sobre todo para los países emergentes, cuyo súbito auge desplaza hoy a los propios países avanzados.

Lo primero que viene a la cabeza de quienquiera lea el estudio de Lomborg es la siguiente pregunta: ¿cómo pudieron el Club de Roma y sus calificados inspiradores haberse equivocado tanto? Anunciaron solemnemente el Apocalipsis y lo que sobrevino, al contrario, fue una mayor prosperidad gracias a la cual regiones que parecían condenadas a la pobreza como China, la India y la propia América Latina, hoy experimentan la explosión revolucionaria de sus clases medias.

A esta altura de los acontecimientos, ¿ha llegado por lo visto la hora de sustituir el negro pesimismo del Club de Roma, que imperó durante cuatro décadas, por un rosado optimismo? No necesariamente. Quizás no habría que “sustituirlo” sino que “recortarlo” en función de la única región del mundo que todavía se halla en crisis. Estamos pensando en la vieja Europa y en particular en la Europa meridional, donde se agolpan venerables naciones como España, Portugal, Grecia, Italia y quizá Francia. No es casual en este sentido que haya sido un danés el autor del artículo que estamos comentando, lo cual es lógico si se piensa que la porción de Europa donde se encuentra Dinamarca, liderada por Alemania, continúa navegando a todo vapor.

¿Qué distingue en todo caso a la Europa nórdica de la Europa meridional? Que, en tanto que aquella sigue apegada a los viejos valores del trabajo y el ahorro que la hicieron grande, ésta se había dormido en los laureles de un bienestar social que le parecía al alcance de la mano en función, precisamente, del esperado apoyo alemán. La evidencia de que la Argentina es, junto con Venezuela, el único país latinoamericano que deja de crecer en medio de una inflación galopante, refuerza la conclusión de que lo que cuenta es en definitiva lo de siempre, el esfuerzo y la moneda sana, y que todavía no se ha encontrado una fórmula tan ingeniosa como para reemplazarlos.

Mariano Grondona

Doctor en Derecho

MARIANO GRONDONA es Abogado y doctor en Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires

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