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Crítica de ópera

Macbeth: las pocas palabras de Verdi pero sin todo su sentido

lunes 03 de diciembre de 2012, 09:33h
El célebre compositor italiano tenía muy claro cómo quería el libreto de su ópera basada en la obra de su admirado Shakespeare: con pocas palabras pero todas llenas de sentido. Así se lo escribió a su libretista, Francesco Maria Piave, insistiendo en que los versos debían ser fuertes y concisos. “Si no podemos hacer algo grande, intentemos al menos hacer algo fuera de lo común”, exigió Verdi, involucrándose de tal modo en todos los aspectos de la obra, que cuidó los preparativos de su puesta en escena con un grado de exigencia hasta entonces desconocido. Le preocupaba especialmente la representación fidedigna de la Escocia del siglo XI, lugar y época donde el autor británico situó el argumento, así como que se entendieran los aspectos fantásticos y fantasmagóricos de la ópera, su marcado carácter sobrenatural. Por eso, las brujas tenían en ella un rol fundamental, a la misma altura que sus otros dos personajes protagonistas, Macbeth y Lady Macbeth. De modo que la importancia de las brujas y de sus predicciones en la espiral asesina de Macbeth, resulta muy difícil de extrapolar a otras figuras, sobre todo, si se trata de figuras absolutamente terrenales.

Sin embargo, eran precisamente esas brujas las que no le cuadraban al director de escena ruso Dmitri Tcherniakov a la hora de poner en pie su propia versión, por encargo directo de Gerard Mortier. Estos días, Tcherniakov confesaba en Madrid, antes del estreno de anoche, que el encargo le dejó perplejo y que tuvo que buscar respuestas a muchas preguntas que le iban surgiendo. ¿Quiénes eran esas brujas?, fue una de las primeras cuestiones que se planteó y la respuesta sobrenatural de Verdi no pareció convencerle en absoluto. Así, el director moscovita siguió buscando el mal que manipula y empuja a Macbeth hacia sus sangrientos asesinatos hasta que creyó hallarlo en la colectividad o, lo que es lo mismo, en la masa. Y la verdad es que sí, la masa descontrolada puede dar mucho miedo e incluso manipular al poderoso, pero lo cierto es que, normalmente, la manipulación ocurre al revés, a través de halagos o promesas, y no tiene nada de sobrenatural.

PIE DE FOTO

En esta nueva producción del Real, de la que se ofrecerán un total de 8 representaciones hasta el próximo 23 de diciembre, se nos presenta a los actuales habitantes de un pueblo ignoto, aunque igual de frío, al parecer, que la cuna original de Macbeth, Escocia, como los responsables de las predicciones realizadas un día a Macbeth, cuando regresa con su amigo Banco de una juerga nocturna, y que son el origen de la sangre derramada para conseguir el poder pronosticado. Sin embargo, como consecuencia de ese libreto conciso y directo querido por Verdi al que hacíamos referencia, en el que cada palabra tiene su valor, el cambio introducido por Tcherniakov no resulta convincente. Más bien al contrario, llega incluso a ser causa de confusión a la hora de distinguir entre los habitantes del pueblo que “hacen de brujas” y aquellos otros, que han de exiliarse de su “patria opressa”, cuando la sangre derramada empieza a teñir de rojo cada rincón de la misma. Y cuando algo confunde, suele ser porque no ha sido capaz de llegar al público. El de la velada del estreno, en concreto, así lo ha valorado, y las protestas han sido, esta vez con unanimidad, para el responsable de una escena que, por otra parte, tampoco ha logrado acertar con la escenografía: el centro de un pueblo cuyas “casetas de playa” servían para representar el bosque, y una ventana demasiado reducida en relación al escenario, para las escenas que tenían lugar en el anodino hogar de los Macbeth, en sustitución del castillo.

Por regla general, resulta difícil sustraerse a la pregunta, inútil por otra parte, de qué habría opinado el compositor si hubiera asistido a una versión tan distinta de lo que él había imaginado para su obra, pero en el caso concreto de Macbeth y Giuseppe Verdi no es que resulte difícil, es que es imposible. Verdi siempre decía que Macbeth era la ópera que más amaba y lo que el compositor quería era una ópera con elementos sobrenaturales y, además, tremendamente oscura, como demuestran las innumerables referencias a la noche. Casi todo lo que ocurre en Macbeth, es decir, oráculos, asesinatos, conspiraciones, episodios de sonambulismo o ataques de locura, ocurre por la noche, como mucho, al rayar el alba. Una noche omnipresente que también se echa en falta en el conjunto de esta producción procedente de la Ópera de Novosibirsk y de la Ópera nacional de París.

Una vez más, el Coro Titular del Teatro Real, Coro Intermezzo, dirigido por Andrés Maspero, ha sido el más premiado en el capítulo de las voces, muy templadas desde el principio, con momentos cumbre bien llevados como el inolvidable coro “Patria Opressa”, aplaudido nada más finalizar su interpretación. Por su parte, la soprano lituana Violeta Urmana, muy conocida ya por el público madrileño, y junto a ella, el barítono griego Dimitris Tiliakos han ido creciendo en intensidad con sus atormentados personajes, a medida que avanzaba la noche y el escenario se llenaba de cadáveres, siendo finalmente premiados con los aplausos del público, aunque los bravos de la noche dedicados a los solistas fueran a parar merecidamente al tenor italiano Stefano Secco, brillante en su papel de Macduff, a pesar del poco peso de este personaje en el conjunto de la obra. En todo caso, la única ovación realmente entusiasta de la noche ha sido para la Orquesta Titular del Teatro Real, Orquesta Sinfónica de Madrid, y para su director en esta ocasión, el joven Teodor Currentzis, bajo cuya batuta ha brillado el foso, acogiendo la intensa y dramática esencia de esta compleja partitura del continuado sotto voce, donde no hay lugar para lo superfluo. O, al menos, no debería haberlo.
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