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Europa en horas bajas

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Que el último Consejo Europeo, que reúne a los Jefes de Estado y de Gobierno de la UE, no llegara a un acuerdo sobre el marco financiero para 2014-2020, no ha sido, en sí mismo, excesivamente preocupante. No es la primera vez que los líderes europeos tardan en entenderse en estas cuestiones de dinero y, además, hay un año por delante. Seguro que en los primeros meses de 2013 se alcanzará un consenso que no satisfará a muchos, quizás a todos, pero es así como ha venido funcionando eso que se llama “la construcción de Europa” que -descartadas las dos terribles y vergonzosas guerras mundiales y, precisamente, para que no se repitiera tal horror- ha sido el acontecimiento más importante del siglo XX, al menos para quienes habitamos en este viejo continente. Y, sin embargo, esta vez ha sido todo diferente y ha sido imposible ocultar el aura de desilusión, descontento y cansancio que ha rodeado este enésimo desencuentro. Se podría hablar incluso de hastío y hasta de miedo porque la Europa de los rientes y estimulantes horizontes de la última mitad del pasado siglo, la Europa de nuestra juventud y madurez, parece haber dado paso a una Europa ajada y cansada que se enfrenta, desesperanzada, a un futuro oscuro, plagado de incógnitas para las que no es capaz de hallar la solución.

Es fácil atribuir a la crisis económica la causa de esta prolongada depresión. Nadie puede negar que las dificultades económicas y financieras que, más o menos intensamente, han afectado a todos los miembros de la UE están en la raíz de muchos de los problemas que padecemos, que a tantos y tantas veces les han llegado a parecer insolubles. Pero los males de fondo europeos -casi nunca diagnosticados suficientemente y, en muy amplia medida casi nunca reconocidos- son anteriores a la crisis. La Europa que supo acoger en su seno a los pueblos menos favorecidos del continente, asumiendo los sacrificios necesarios para lograr la convergencia, esto la prosperidad compartida; la Europa que asumió como una exigencia política y un compromiso moral abrazar a los países de Europa central y oriental que se habían liberado de la larga esclavitud comunista, esa Europa, tan próxima por otra parte, ha dado paso a otra Europa más hosca y egoísta, que ha hecho de la renacionalización la consigna del momento. El “yo primero y los demás que se las apañen como puedan” es la síntesis de lo que piensan y hacen una buena parte de los ciudadanos europeos y de sus dirigentes.

Gobernantes sin capacidad de liderazgo se dejan arrastrar por el populismo más rastrero y se escudan en las exigencias de sus electorados para hacer dejación de los compromisos asumidos en el marco de la gran empresa europea. Han dimitido de la misión pedagógica y de servicio a los valores comunes que atañen a una gobernanza responsable. Porque lo más grave es que Europa ha perdido el sentido de su propia identidad y de los valores que, a lo largo de su historia, han hecho de ella lo que ha llegado a ser. Esta Europa descreída ha pensado que se liberaba cuando, en realidad, se estaba alienando. De eso hablar que seguir hablando con más detenimiento y profundidad.

Nunca como ahora se había dejado sentir el invisible muro que separa a una Europa del norte, rica y próspera, de la Europa del sur, pobre y deprimida. Desgraciadamente, el transcurso del tiempo ha dado la razón a quienes denostaban a unos países sureños que, como bien sabemos en España, han caído en bastantes ocasiones en manos de gobernantes irresponsables que, con la legitimidad que dan las urnas, se han dedicado al desgobierno sistemático. Las culpas, por lo tanto, están muy repartidas porque el egoísmo renacionalizador de unos es, en muy buena medida, la respuesta al despilfarro irresponsable de otros.

La consecuencia más palpable de este proceso degenerativo es que Europa, la UE, está perdiendo peso aceleradamente en este mundo globalizado, en el que todo cambia y transcurre a una velocidad de vértigo. La UE acierta cuando señala la necesidad de alcanzar una unión económica, fiscal y bancaria que, en sí mismas, son pasos obligados para la necesaria unión política. Pero avanza por ese camino con una lentitud tan desesperante, que acrecienta los problemas y dinamita la confianza. La UE es un conglomerado de Estados grandes, medianos y pequeños, por no decir enanos, y con una estructura institucional tan compleja, que, todo ello, hace difícil el funcionamiento del conjunto. La estrategia de las sucesivas ampliaciones no ha sido siempre la adecuada y me parece que sigue sin existir un diseño claro de cómo debe ser la UE de dentro de cincuenta años. Ya nadie habla de la Grexit, la salida de Grecia, y el Bundestag acaba de dar la luz verde, por tercera vez, a la nueva ayuda, de más de 40.000 millones de euros, que requiere el país heleno. Pero no deja de ser significativo que 23 diputados de la mayoría que apoya a Angela Merkel hayan votado en contra.

Pero sí se habla, insistentemente, de la Brixit, ya que todo da entender que el Reino Unido estaría en la vía de salida de la Unión. Es bien sabido que el euroescepticismo ha sido siempre un rasgo definitorio de los británicos y ahora más que nunca porque Cameron es lo menos europeísta que se pueda imaginar. The Economist le ha advertido de que se equivoca si piensa que puede sustituir a la UE por la Commonwealth y nadie entiende ni acepta el propósito del primer ministro británico de renegociar su participación en la UE, recuperando Londres algunas competencias. Un profesor americano de la Georgetown University, Charles A. Kupchan, ha advertido recientemente que si el Reino Unido da ese paso se condenaría a un “espléndido aislamiento” que, añadimos nosotros, no sería precisamente espléndido como el del siglo XIX, cuando Londres era la cabeza de un imperio. El resultado sería, escribe Kupchan, “Una Gran Bretaña irrelevante y una UE debilitada, lo que no sería de buen augurio para el vínculo transatlántico, factor central en la defensa de los valores e intereses occidentales”. Pasaron los tiempos de la “relación especial” entre Londres y Washington, pero a todos nos interesa un vínculo sólido con los americanos, del norte y del sur.

La UE –y con ella el euro, que se ha convertido su símbolo más notable y expresivo- no tiene alternativa o, mejor dicho, su alternativa sería la insignificancia de sus componentes, de todos, en este mundo en el que la voz cantante la llevan los grandes conjuntos. Los 500 millones de habitantes de la UE, son la base fundamental para que Europa siga contando en el mundo. Hasta ahora no lo ha hecho. Ahí está la división de la UE en el voto sobre la condición de Palestina Estado observador en la Naciones Unidas. Todo un sarcasmo para la UE que quería ser un actor global y “hablar con una sola voz”. No se pueden echar todas las culpas a la señora Ashton pero, ciertamente, su eficacia como Alto Representante de la UE está siendo más bien escasa por no decir nula. En ninguno de los conflictos o cuestiones importantes con las que se enfrenta nuestro tiempo, la UE está jugando un papel decisivo. Si no se despereza, estaremos todos condenados a convertir este continente en un parque temático para gozo y distracción de americanos y asiáticos. Todavía estamos a tiempo.
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