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Suicidios: causas y consecuencias

sábado 08 de diciembre de 2012, 19:23h
En una película de 2006 que pasó relativamente desapercibida y cuyo título era “Tu vida en 65 minutos”, tres chavales que apenas sobrepasan la veintena, son guapos y toman paella en la Barceloneta discuten acerca del suicidio. Acaban de descubrir que uno de sus compañeros de colegio se ha suicidado y la noticia, lógicamente, les impacta. Uno de ellos por fin lanza la pregunta: “¿Nunca habéis pensado vosotros en hacer lo mismo?”, a lo cual los otros dos por supuesto responden que no, escandalizados por la idea. Ellos nunca han sido tan infelices como para contemplar algo así.

El chico que pregunta es el único que responde de verdad: él sí ha pensado en quitarse la vida. Pero no por ser infeliz. No. Al contrario. Por ser tan feliz que sentía que no tenía más sentido seguir viviendo. Que el resto de su vida sobraba.

En torno a los suicidios hay en España y en el resto del mundo un silencio tenebroso alentado por los medios de comunicación por aquello del miedo al “efecto contagio”. Contar con cifras exactas es muy complicado porque muchas muertes se maquillan: gente que cae accidentalmente por ventanas mientras limpiaban cristales, cruces imprudentes por carreteras, sobredosis accidentales de botellas de vodka o ingesta masiva de alcohol y barbitúricos que sorprenden a la víctima en una bañera llena de agua. Ya saben de lo que les hablo.

Es difícil aceptar con normalidad la palabra “suicidio” y más lo será mientras se siga viendo al posible suicida como un inadaptado o un loco o un enfermo depresivo. Lógicamente, hay una relación estrecha entre depresión y tentativa de suicidio, pero no toda consecuencia tiene su causa y aquí entran en juego muchos más factores que son difíciles de comprender desde fuera: impulsos, miedos, decepciones… incluso la sensación de “ya no pinto nada aquí” que contaba la película, no necesariamente por lo malo sino por lo bueno.

El suicida no es alguien que habla continuamente del tema; a menudo, de hecho, nos encontramos con aquel “pero si parecía tan normal” del vecino del tercero, como si hiciera falta ser Kurt Cobain para pegarse un tiro o colgarse de mala manera de cualquier cuerda. Precisamente por eso, buscar motivos en cada suicidio es un modo terriblemente torpe de enfocar el tema. El periodismo, como la sociedad, se siente violento e incómodo ante el asunto así que se niega a dejarlo sin más en manos de la decisión espontánea del hombre o la mujer o en la acumulación de motivos particulares.

No. Tiene que haber un culpable. No podemos soportar que quitarse la vida sea algo normal, algo que sucede sin una gran catástrofe detrás.

El último caso ha sido el de la enfermera del hospital donde Kate Middleton se recuperaba de unas molestias producto de su embarazo. La enfermera había sido víctima de una broma pesada por parte de unos imitadores que se hicieron pasar en la radio por la Reina Isabel II y el Príncipe Carlos y es de suponer que no le haría ninguna gracia. Ahora bien, ¿podemos sin más atribuir el suicidio a la broma y calificar de asesinos, como se ha hecho en algún medio británico, a esos imitadores? No hay evidencia para ello. No se sabe lo suficiente de la enfermera Jacintha Saldanha como para acusarles de “tener las manos ensangrentadas”. Puede que Saldanha se hubiera quitado la vida ese día por cualquier otra razón. Puede que si otras veinte enfermeras hubieran sufrido esa broma ellas mismas se habrían partido de risa.

¿Por qué buscar culpables antes de investigar? Hace poco sucedió algo parecido con los suicidios post-desahucio. Los periodistas buscaban un desahucio detrás de cada suicidio y en una ocasión llegaron a titular en primera plana de sus ediciones de internet cuando el desahuciante era ni más ni menos que la familia del desahuciado. Una vez se supo el parentesco, todos recularon, ahí no había culpables, ahí no había asesinos.

Solo hay una cosa peor que no hablar de los suicidios y es hablar mal. Desinformar. Es responsabilidad del periodismo no caer en abismos sensacionalistas. Si entre los prejuicios de la masa enfurecida y la realidad no media el periodista, entonces el periodista está abocado a desaparecer.
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