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TRIBUNA

Alerta y esperanza en Egipto

miércoles 12 de diciembre de 2012, 08:38h
Desde hace quince días, Egipto y su periferia geográfica inmediata vienen atravesando situaciones políticas muy dramáticas. Así lo han podido comprobar quienes hayan consultado mis dos últimas columnas en El Imparcial, tituladas “Arde la franja de Gaza” (17/11) y “ En Egipto ’pintan bastos’ ” (3/12).

Con anterioridad al estallido de la “primavera árabe”, pero muy notoriamente a partir del desencadenamiento y profundización de las repercusiones sociales de aquel acontecimiento, todos los datos y manifestaciones críticas medio-orientales avalan el comentario de Robert Malley (director del International Crisis Group): “Oriente Medio está atrapado entre el desplazamiento de la antigua dicotomía entre moderados y radicales y la creciente oleada de observancia confesional y sectaria”. Es decir, por una zanja que han abierto las rebeliones sociales de 2011 entre el orden dictatorial anterior y las aspiraciones “promiscuas” de la opinión pública y el estado de ánimo norteafricanos reinantes en los últimos dos años. Esas aspiraciones han desembocado -al menos en Egipto y Túnez- en un incremento de la voluntad de cambio (asambleas constituyentes, defensa de derechos y libertades), aunque el antiguo régimen mubaraquista parece que sigue infiltrado en no pocos de los movimientos y agentes activistas que vienen protagonizando la pugna política de la plaza de Tahrir en El Cairo. Es un fenómeno histórico sobradamente conocido aquél que permite a un antiguo régimen no colapsar de golpe al son de los vítores de las muchedumbres en pleno fervor; por el contrario, el antiguo régimen tiende a tantear las nuevas estrategias que le permitan sobrevivir durante el apogeo de la fase ¿revolucionaria?, a la espera de que suene la hora de su restablecimiento en el poder.

No parece que los últimos quince días en Egipto traduzcan vivencialmente el paradigma histórico que funcionó en la Europa continental entre 1789 y 1870, aunque tenemos la sospecha de que hay algo de aquello en los datos que arrojan los acontecimientos del país norteafricano a nuestro alcance. Veamos.
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Hasta hace una semana estábamos todos al corriente de la “osadía” del presidente Morsi al fijar las pautas constitucionales y de gobierno para la República a plazo corto. Habilitación, en principio, de un texto constitucional redactado por una mini-asamblea en pérdida gradual de pluralismo opinático, debido a las deserciones de sus miembros más aperturistas. En segundo lugar, propuesta de sometimiento del documento de marras a un referéndum, fijado para el 15 de diciembre del año en curso; o sea, previsto para su celebración en menos de una semana. Y finalmente, edicto presidencial con la imposición autocrática de que prevalezcan las decisiones políticas, judiciales y asamblearias tomadas por el primer magistrado de la República.

A partir del 22 de noviembre, en consecuencia, se desata la revuelta de algunos privilegiados contra el “decretazo” del presidente. Fue encabezada por antiguos candidatos a las elecciones que en junio de 2012 dieron el triunfo en las urnas a Mohamed Morsi por una ventaja ínfima -pero ventaja incontrovertible.- Tanto Amr Mussa, ex-ministro de Mubarak, como A. M. Abul-Fotuh, un aperturista dentro de las filas del Islam político egipcio, por no hablar de M. al-Baradain, presunto candidato occidental a dirimir el destino del Egipto de las turbulencias actuales, abrieron un frente crítico al repentino “decretazo” de Morsi. Por su lado, la Universidad sunní de Al Azahar se decantó enseguida por la voluntad de diálogo entre la presidencia de la República -y sus sólidos valedores, los Hermanos Musulmanes- y la acéfala, pero nada desdeñable, oposición de liberales, laicos y cristianos egipcios.

La prestigiosa figura del gran islamólogo cheikh Yusuf al-Qaradawi también apuntó, con tacto, a los riesgos en que podía incurrir Morsi si no introducía recortes en su despliegue de autocracia, del que ha hecho ostentación.

Siempre queda el recurso a barruntar que el presidente, sediento de poder, intentó evitar -sin embargo- que la “primavera egipcia” se anegara en un marasmo incontrolable, del que los enemigos interiores de sello mubaraquista y la “conspiración” desde el exterior, serían los dos beneficiarios. Planteada así la cuestión, es como se puede entender el endurecimiento de las posturas públicas a favor y en contra del gobierno sobre el “decretazo” de 22 de noviembre, y el carácter inapelable de la convocatoria del referéndum a fecha fija (15 de diciembre, como se adelantó al principio). A simple vista, todos los acontecimientos que se han desencadenado a lo largo de la primera semana de diciembre no son sino un corolario histórico del principio de contradicción.

De una parte, crece, hasta el entumecimiento, el clima de sospecha mutua entre los Hermanos Musulmanes y la Oposición. Morsi intenta aplacar las iras populares de sus adversarios, lo que provoca disturbios callejeros en El Cairo, Alejandría e Ismailía, al plantar cara los incondicionales del presidente. El miércoles, 5 de diciembre, la espiral de la confrontación violenta alcanzó una escenificación aparatosa delante del palacio presidencial. La senda se iba estrechando, el choque resultaba inevitable. Y así fue cómo se produjeron los trágicos eventos en las inmediaciones de la villa de Heliópolis, cercana a El Cairo. El cómputo habló de siete víctimas mortales y decenas de heridos de consideración. Todo parecía conducir a la “solución” temida, en tanto en cuanto el viernes 7 Morsi seguía encastillado en su posicionamiento autocrático ¿para salvar el país del ascenso de otro faraón de corte regresivo, según él?. Qué la Esfinge se pronuncie si se apiada de su milenaria grey. Sin embargo, en el contexto de la neutralidad observada por el ejército, de la expectación internacional, y del amoral silencio que observa Clío todo el tiempo, Morsi anunció el sábado 8 que, tras unas conversaciones con miembros gubernamentales y consejeros islámicos conciliadores, recortará los términos del edicto provocador de todas las confrontaciones de última hora, aunque manteniendo inalterada la fecha de celebración del referéndum.

Suspiro de alivio, pues, en el post meridiem sabático. ¿Ha ganado, o perdido, alguna de las partes en contradicción? ¿Ha habido alguna mediación militar, o diplomática exterior que haya pulverizado la carrera hacia el precipicio?. ¿No podría tratarse, tal vez, de una correlación nada ilógica, como es la que apunta al regreso de Jaled Meshal -máxima autoridad política de Hamás- el viernes 7 de diciembre para celebrar en Gaza el 25 aniversario de la fundación de Hamás precisamente? Ya sabemos por advertencia admonitoria de la Biblia que los caminos del “Señor” son inescrutables. ¿Estaban éstos caminos trazados, o se trazaron a matacaballo para evitar lo peor en el Egipto de nuestras entretelas?

Algunos comentarios circulantes, a través de medios y redes, han deslizado que Morsi ha acogido también, aunque con cautela, la posibilidad de que se posponga el referéndum de marras, ocasión trascendental donde la haya en la historia política e institucional de una nación.

Con expectación de historiador no ajeno al tiempo presente, el autor de estas líneas se mantendrá con el ánimo en vilo durante las fechas que nos separan del próximo 15 de diciembre de 2012.