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Crítica de ópera

Lo Real, de Israel Galván, no convence en el Real

jueves 13 de diciembre de 2012, 10:35h
El Teatro Real ha acogido este miércoles el estreno mundial absoluto de Lo Real-Le Rèel-The Real, el nuevo espectáculo de danza concebido por el coreógrafo y bailaor flamenco Israel Galván, que una parte del público ha recibido con abucheos o abandonando la sala antes de que finalizara.
El reto de poner en escena un asunto histórico tan trágico como el genocidio de los gitanos a manos de los nazis, no es, desde luego, fácil. El propio bailaor flamenco contaba, días antes del estreno, que la primera pregunta que se había hecho después de recibir el encargo para un nuevo espectáculo en el coliseo madrileño, directamente de su director artístico, Gerard Mortier, era la de cómo podía bailarse un genocidio. La respuesta, Galván no la halló en un hilo argumental, sino a través de distintos cuadros o escenas que quieren poner de relieve la energía de un pueblo dispuesto a seguir bailando hasta en las circunstancias más extremas, es decir, hasta en el mismísimo umbral de la muerte. No se trataba de enseñar la muerte, explicaba, sino de superarla y, por ello, el mayor desafío era el de bailar con alegría, aunque se tratara de un tema tan oscuro y triste.

Después de un prólogo titulado “Se corta el aire”, en el que el bailaor acompaña su magistral dominio del cuerpo y sus movimientos rotos con ese espectral sonido que sólo puede venir del instrumento que rasga el aire, la primera parte de esta nueva producción del teatro de la Plaza de Oriente, que pronto viajara a Alemania, Francia y Holanda, nos mostraba a un hombre, de nuevo el bailaor, quien, arropado del insustituible sonido de los acordes más clásicos de una guitarra, quería demostrar que “de los muertos nacen flores”. Un punto en el que radica uno de los motores antropológicos del flamenco: extraer un instante de humor, un atisbo de alegría, de luz, en mitad de la tragedia. El coreógrafo ha querido que el escenario reciba, inmediatamente después, la escena que ha llamado “Una mujer: el cielo tiembla y se cae”, a ritmo de los “Tangos griegos” versionados por Tomás de Perrate, y que da paso a la parte de Intermedio, donde todo lo construido por un espectáculo capaz de combinar lo original con lo clásico empieza a dar paso a una especie de deconstrucción general, como si Galván pretendiera deshacer por completo lo ya logrado, y que ha sido el momento en el que se han producido las primeras deserciones, en ocasiones sonoras, de algunos espectadores.

PIE DE FOTO"Carmen, la chinche y la pulga", que así ha titulado Galván esta parte de su coreografía – centrada en Leni Riefensthal, que aparece como bailaora, rodeada de gitanos, y la pasión de Goebbels por las estrellas cinematográficas agitanadas del folclore patrio - arranca con una soleá. Mientras, en una pantalla de cajas situada a la derecha del escenario, se proyectan escenas de la película “Canta gitano” de Tony Gatlif, con Mario Maya, que baila en un campo de concentración, y Manuel de Paula, diciendo por cabales “ábrase la tierra/que me quiero morir”. La famosa Jota de los Ratas se mezcla con el eslogan publicitario del insecticida Cucal y, poco después, una parte del público empezaba a acusar las casi dos horas que desvanecían, ya sin descanso, la promesa de una obra mucho más intensa al principio, como si lo que iba llegando después fuera únicamente un añadido, al que le pesaba, cada vez con más rotundidad, esa falta de argumento, de un hilo conductor que maneje la escena. Porque, aunque nadie duda de que para disfrutar de un gran trabajo, y el de Israel Galván sin duda lo es, no es obligatorio comprender lo que se nos quiere transmitir, está claro que, en todo caso, eso siempre es un buen comienzo para atrapar la atención, sobre todo, cuando el sevillano no está presente en la escena.

De modo que el genocidio mostrado, que no narrado, derivaba en alguna protesta en voz alta y en el éxodo, cada vez más descarado, de algunos espectadores que parecían no tener pudor en levantar a sus compañeros de fila para abandonar el teatro, especialmente cuando las dos horas previstas de duración empezaban a robar minutos a la tercera. Y así, en la última escena, titulada precisamente “Última estación”, el chirriante sonido metálico de las vías sobre las que habían pasado tantos trenes con rumbo a los campos de concentración ya creaba más impaciencia que otra cosa. Por ello, el artista sevillano, junto al resto de artistas - las bailarinas Isabel Bayón y Belén Maya; los cantaores Tomás de Perrate y David Lagos o el guitarrista Juan Gómez “Chicuelo” y el pianista Alejandro Rojas-Marcos -, recibían, en el momento de terminar esta particular mirada de Galván al horror del genocidio, un aplauso sin demasiada pasión, que se enfriaba un poco más a causa del abucheo de aquellos que habían optado por no salir antes de tiempo, quién sabe si, precisamente, con la intención de no perder la oportunidad de mostrar su descontento.
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