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De la lengua

jueves 13 de diciembre de 2012, 20:44h
Me alcanzan los ecos de dos polémicas que afectan a Cataluña a mi llegada a Europa, tras unos días en Sinaloa, tierra de tomates y camarones, de narcos y del “santo” Jesús Malverde, de trágicas misses y del “Zurdo” Mendieta, pero, ante todo, de gentes amables y entrañables. El origen de este par de conflictos se encuentra, respectivamente, en las llamadas al boicot de un espectáculo protagonizado por Carmen Machi, en Barcelona, por parte del también actor y militante independentista Toni Albà; y, de otro lado, el nuevo borrador de proyecto de reforma educativa, la LOMCE, propuesto por el ministro José Ignacio Wert, en el que destaca, entre algunos temas sensibles más –como la educación por la ciudadanía-, la nueva consideración que reciben las lenguas regionales, en especial el catalán.

Toni Albà pidió un boicot contra el espectáculo “Juicio a una zorra”, que protagoniza Carmen Machi en el Teatre Lliure de Barcelona. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que la actriz firmó un manifiesto contra la independencia de Cataluña. Sostiene Albà, conocido por sus interpretaciones en el programa de TV3 “Polonia” –en el que ridiculiza, entre otros, al rey Juan Carlos I- y por su implicación en actividades independentistas, que Machi se adhirió a un manifiesto que atenta contra un derecho fundamental reconocido por la ONU, esto es, el tan cacareado “dret a decidir”. El revuelo creado llevó al susodicho a matizar en una carta remitida a los medios de comunicación. Del no asistamos al espectáculo pasó a un yo no iré. A pesar de la rectificación tardía, las palabras de Toni Albà son muy significativas. Como mínimo, de un par de cosas. En primer lugar, de la facilidad con la que algunos, en Cataluña, se lamentan de los boicots ajenos mientras impulsan los propios; en segundo, de lo que nos espera a los que no pensamos como ellos, los independentistas, si en algún momento Cataluña se separa de España. Así empezaron todos los totalitarismos del siglo XX.

El otro asunto merece una consideración en dos partes. Sobre las formas, la primera. El ministro de Educación José Ignacio Wert nos tiene ya acostumbrados a la imprudencia. El enfrentamiento con los rectores de las universidades españolas o las declaraciones sobre la españolización de los niños catalanes constituyen dos buenas muestras. No entro, ahora, en lo que se encuentra tras estos temas, en el fondo. La presentación de la reforma educativa y los comentarios, en concreto, sobre las lenguas cooficiales no han sido nada diplomáticos ni les ha sobrado delicadeza. Es lo menos que se puede decir. La provocación, en política, en una situación delicada como la actual, no es de recibo. Ni aunque uno sea “un toro bravo” que se crece “con el castigo”, para parafrasear al propio ministro. Como escribía acertadamente Irene Lozano, Wert no es el toro, sino el mal torero. Aunque ahora Wert se afane en matizar, el daño ya está hecho. ¿Vale realmente la pena lanzar órdagos en estas cuestiones para algunos tan sensibles?

Cuando parecía que las elecciones del 25-N habían calmado un poco las aguas de la reivindicación independentista, el ministro ha vuelto a agitarlas. La opción de frente nacional (CiU-ERC) ha salido reforzada y nuevos argumentos se suman para salir a la calle, como ha ocurrido este fin de semana pasado. Los nacionalismos necesitan alimentarse permanentemente de agravios e inventar enemigos. No deberíamos ayudarles, me parece, en estas tareas. En este sentido, la columna en “La Vanguardia” de la periodista masista Pilar Rahola, con el título “SinWertgüenza” (5-XII-2012), constituye un ejemplo magnífico del trabajo que consiste en instrumentalizar para la causa nacionalista este tipo de actuaciones. Rahola atribuye a la ley Wert el querer destruir a Cataluña como nación y continuar la tarea del franquismo, de la dictadura de Primo de Rivera y del malquerido Felipe V. Y no va más allá, hasta el Neolítico, puesto que antes de 1700 Cataluña era “una nación soberana”. Mentiras y fabulaciones, una tras otra.

La segunda parte de mis consideraciones afecta al fondo del problema. Tenemos, en efecto, un problema. La inmersión lingüística y la llamada normalización han sido, en Cataluña, un éxito para los propósitos nacionalistas. Sin ellas no se entendería la situación actual. La tarea de catalanización -¿por qué catalanización suena normal en boca de la consejera Irene Rigau y, en cambio, españolización, en la de Wert, suena tan mal? El poder de los fantasmas de nuestro pasado es poderoso- ha cumplido sus objetivos. Pero ha dejado un par de problemas por el camino: la vulneración del derecho de los padres a escoger la lengua de la educación de sus hijos, en una sociedad con dos lenguas oficiales pero solamente una reconocida al fin y al cabo –excepto que, como el “president” Mas y otros muchos políticos nacionalistas, no se tenga la posibilidad de mandar a los retoños a un colegio privado-; y, asimismo, la deficiente e insuficiente enseñanza, con dos o máximo tres horas a la semana, del español en las escuelas catalanas, con lo que se pierde la riqueza de la que mi generación todavía pudo disfrutar en forma de bilingüismo.

El castellano o español es también la lengua de Cataluña. No es ni una lengua extranjera ni una lengua impuesta. Este territorio ha sido y sigue siendo una sociedad compleja. Los nacionalistas, como es bien sabido y día a día lo confirman, son grandes enemigos de la complejidad. Resulta imprescindible resistirnos a todas las tentativas para uniformizarnos. La reforma educativa es necesaria y debe regular de manera más adecuada el papel de las distintas lenguas en el sistema catalán. Sin provocaciones ni maximalismos. ¿Por qué no imaginar en Cataluña una auténtica formación trilingüe (español, catalán, inglés)? La lengua es una cuestión muy seria. Para desgracia de todos, los que quieren convertir la lengua en un tema exclusivamente patriótico están ganando la partida a aquellos que, como el que firma esta columna, piensan que es, por encima de todo, un instrumento de comunicación.

Jordi Canal

Historiador

JORDI CANAL es doctor en Historia y profesor en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París

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