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RESEÑA

Sam Savage: Cristal

domingo 16 de diciembre de 2012, 16:03h
Sam Savage: Cristal. Traducción de Ramón Buenaventura. Seix Barral. Barcelona, 2012. 238 páginas. 18 €
De un autor con un apellido tan salvaje no podía salir algo mediocre. Salvaje en un contexto doméstico, vecinal y urbano, la tercera novela en castellano del norteamericano Sam Savage (después de Firmin y El lamento del perezoso, ambas editadas también por Seix Barral) nos sumerge en el campo de batalla interior de un escritor contra su máquina de escribir. Traducido por Ramón Buenaventura, este libro cautivador e intimista aborda el tema del proceso creativo, del temor a la página en blanco, de los recuerdos y de la manera de narrarlos (o de leerlos) desde la soledad. “No es ni siquiera soledad, es algo peor que la soledad, es una cabeza llena de particularidades. Llevo la vida entera con la gorra llena de abejas”. Así habla Edna, la protagonista y narradora omnipresente, una mujer madura que se plantea escribir un prólogo para una edición póstuma de una novela de su marido Clarence, un escritor de tercera fila, ya fallecido.

“Solíamos leernos en voz alta. Nos leíamos sentados uno frente al otro en sendos sillones... pero fuimos dejando de hacerlo y luego nos encontramos leyendo libros distintos, y dejamos de interesarnos en lo que podía estar leyendo el otro... lo que hacíamos era construir mundos separados”. Por su teclado desfilan, zumbando como abejas, ramalazos evocadores de su matrimonio y de sus viajes, algunas observaciones sobre la infancia de ambos, junto con la narración del proyecto de “literaturización” de todo ello. Saltando de uno a otro de estos tres planos con un automatismo sorprendente está Edna, por cuya mente circulan fragmentos de ayer y de hoy, unas veces cargados de pena contenida, otras de amarga ironía, a veces de humor.

A través de una prosa fascinante en su aparente banalidad, se percibe toda la sensibilidad de una antihéroe moderna. Nos recuerda a un ‘Big Lewovsky’ travestido con faldas, mitones y orejeras; con sus manías y sus neurosis, café de Starbucks en mano; la que da de comer a las palomas en el parque, la que se sienta en el banco cuando sufre un “arrechucho”, la que cuida a la mascota de la vecina, la que no abre la puerta al casero... la misma capaz de atarse la máquina de escribir con una cuerda del tendedero. “Los que pasan por la calle debajo de mi ventana me oyen darle a la tecla, estoy segura, y ello me recuerda la observación de Capote sobre el libro de Kerouac: ‘Esto no es escribir, es darle a la tecla’”.

Sus horas habitadas de tedio, de rutina, de aislamiento… y, sin embargo, siempre tiene algo que escribir, incluso para decir que el suelo está lleno de folios en blanco o que ya es hora de ir a echarse un rato porque en realidad ya esta cansada de “darle a la tecla”. Y ése es el verdadero mérito de la novela, que cada palabra, cada frase de Edna encierra un combate entre la vida y la narración de la vida, es decir, la literatura, y que nosotros los lectores asistimos en directo al vía-crucis introspectivo de la protagonista, quien posee una rara dosis de humildad y de generosidad.

Se trata, por otra parte, de una obra muy americana en su realismo desmedido, en su humor agridulce, en esa capacidad de continuidad y de observación autocrítica y desacomplejada de los personajes, particularmente de sus defectos, de sus debilidades y sus dudas, de su caída social o de su precariedad, lo que los hace más entrañables y creíbles ante nuestros ojos. “Me voy a comprar un lápiz rojo. Los lápices rojos nunca tienen goma de borrar. Son para gente segura”. Yo no borraría de esta novela ni una coma y la marcaría con una cristalina matrícula de honor para Sam Savage. Y otra para Edna.

Por Pepa Echanove
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