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Camino al desastre

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
La lectura que ha hecho Artur Mas de los resultados de las elecciones regionales catalanas ha sido la peor y la menos inteligente de las posibles. El varapalo que le dio el electorado con la pérdida de doce escaños tenía un significado evidente, que solo podía interpretarse como un rechazo categórico a su programa soberanista. Quería una mayoría “excepcional”, pero se encontró con un categórico y excepcional batacazo. Su equívoca mayoría relativa le ha dejado en una situación casi imposible y, dado el carácter tan centrado en su persona con que se desarrolló la campaña electoral, la única salida lógica era su dimisión. El mesías de la independencia catalana ha quedado relegado a la categoría de falso profeta y poco importa que siga encaramado en la presidencia de la Generalidad porque él no ha querido marcharse o porque su partido no le ha dejado. Ahí está, en un puesto que le viene grande, no se sabe por cuánto tiempo, preso de su irresponsable utopismo y de su manifiesta incompetencia. En cualquier caso, queda bien a la vista la falta de recursos políticos y la nula capacidad de maniobra de una formación política que hace ya tiempo emprendió un camino equivocado que, como se está viendo ahora, ha tenido la función instrumental de ocultar su incapacidad de gestión y su corrupción sistemática e institucionalizada.

Después de los últimos informes económicos sobre la más que probable penosa situación en que quedaría una Cataluña independiente y después de las reiteradas advertencias procedentes de la Unión Europea, en el sentido de que un improbable Estado catalán tendría que ponerse a la cola de la puerta de Bruselas y obtener una, imposible, unanimidad, la extraña coyunda formada por CiU y ERC es una clara apuesta por el peor de los desastres, en los antípodas de lo que sería la deseable estabilidad y una gestión inteligente de la crisis. Nada se puede esperar de un gobierno que no tiene más programa que celebrar un referéndum ilegal de autodeterminación, en fecha aún no precisada, porque ni en eso se ponen de acuerdo los hipotéticos aliados. Parecen pensar que si hasta ahora han podido incumplir impunemente leyes y sentencias sin que pase nada, tampoco nada va a pasar cuando den el paso insensato del referéndum. Pero ningún Gobierno del Estado va a permitir que se ejerza un inexistente “derecho a decidir” de una fracción de la Nación española.

El primer efecto que se va a producir es una intensificación de la deriva totalitaria que es consustancial con todos los nacionalismos. El dirigismo informativo y la falta de pluralismo de los medios que existen en Cataluña está ya en esa línea y es un hecho bochornoso que parece mentira que se pueda mantener en un Estado democrático. Lo es también la política lingüística catalana, que no es ya una deseable y aceptable promoción del catalán, en cuanto lengua cooficial, sino una decidida y sostenida política de exclusión del castellano/español, hasta en los rótulos comerciales. En Cataluña, en los ámbitos oficiales, no se cumple el artículo 3 de la Constitución cuando afirma, que “el castellano es la lengua española oficial del Estado” (no olvidemos que las comunidades autónomas son Estado) y añade que “todos los españoles tiene el deber de conocerla y el derecho a usarla”.

La imposición del catalán ha llegado a tal extremo que el señor Durán, portavoz de CiU en el Congreso de los Diputados, vicetodo de la coalición y un montón de cosas más, no ha tenido inconveniente en afirmar desde la tribuna del Congreso que “lamentablemente” los niños de las escuelas catalanas durante el recreo hablan en castellano. Y repitió varias veces el adverbio para que quedara bien claro su lamento. ¡Con la de cosas que hay que lamentar, sin salir de Cataluña, tiene bemoles que se considere lamentable la lengua que utilizan los chicos en el recreo! Tanto lo lamentan que hasta quieren imponer el catalán en las guarderías, sin preguntar a los padres, que en cualquier sociedad democrática tendrían algo que decir. Una exigencia que, como acaba de escribir Jon Juaristi, suena a “pederastia ideológica”. Un sinsentido como el que lograron, con el apoyo del PSOE, cuando, en el Senado, se impusieron, para ciertos debates, las lenguas cooficiales que sólo lo son en las respectivas comunidades autónomas, como inequívocamente establece la Constitución. Una aberración que queda a años luz de la redacción del artículo 3 que proponía la Minoría catalana en el debate constituyente en la que se contenía la siguiente frase: “el castellano es la lengua de las instituciones del Estado”.

La imposición de la lengua es típica de los Estados totalitarios y en el caso catalán es más que un despropósito porque, les guste o no, el castellano/español es, desde hace siglos, tan “propio” de Cataluña como el catalán. En los inicios de la democracia pedían, con toda la razón, el respeto del bilingüismo; ahora son ellos los peores enemigos de ese bilingüismo. Por cierto que, quien hacía esa propuesta, hace ahora 34 años, era el moderado Miquel Roca, que parecía ser la cara amable de un nacionalismo en el que ya se percibían ciertas querencias. Ahora, y ya fuera de la vida política, el ex-moderado Roca, uno de los ponentes de la Constitución, se nos descuelga con la tesis del “agotamiento del Estado autonómico”, diseñado, en muy buena medida por él, y acusa a las fuerzas políticas de ámbito estatal (PP y PSOE) y a las instituciones del Estado de una supuesta “voluntad recentralizadora”. Según él, el manido “encaje” de Cataluña en el Estado habría quedado interrumpido a raíz de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto catalán. ¿Habrá leído el señor Roca esa sentencia o, simplemente, sigue el engañoso argumentario de su partido?

Loa nacionalistas catalanes han jugado al clásico juego del aprendiz de brujo y han desatado unas fuerzas que ahora no saben controlar. Han engañado miserablemente a varias generaciones de niños catalanes, en el peor estilo imaginable, y van a ser ellos los primeros que queden devorados en el proceso. Si apuestan, como están haciendo, por el objetivo de la independencia habrá muchos electores que preferirán el original que, sin duda, es ERC, a la copia que es CiU. Las elecciones ya han sido un aviso al que, para su perdición, han preferido no atender. Algo parecido a lo que ha estado a punto de pasarle al PNV en el País Vasco. La ruptura del Estado, que es lo que pretenden los nacionalismos, es siempre un proceso revolucionario y, como ya escribió Crane Brinton en su clásico libro Anatomía de la revolución, los moderados que la inician siempre quedan desbordados y devorados por los más radicales. Es una regla histórica que nunca ha fallado, como Mas y quién sabe si Urkullu, es muy probable que lleguen a experimentar en su propia carne.

En este contexto, sería importante el papel estabilizador de un partido de centro-izquierda junto con el partido de centro-derecha que es el PP. Pero el PSOE, con una descomunal ceguera histórica, parece que prefiere radicalizarse a centrarse. Tremendo error que puede incluso dar al traste con el viejo y desorientado partido. Aquí también vale lo del original y la copia y los socialistas pueden encontrarse con que IU –que ya les ha mordido una buena parte de su electorado- les da el bocado definitivo. La monserga del federalismo con que ahora se entretienen, sin saber muy bien qué es lo que quieren, demuestra que no han entendido nada ni de lo que pasa en Cataluña ni de lo que España, en su totalidad, tiene que afrontar en este momento histórico.
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