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RESEÑA

Juan Pablo Villalobos: Si viviéramos en un lugar normal

domingo 23 de diciembre de 2012, 12:08h
Juan Pablo Villalobos: Si viviéramos en un lugar normal. Anagrama, 2012. 192 páginas. 19,90 €
El mexicano Juan Pablo Villalobos se da a conocer en 2010 con Fiesta en la madriguera, primera parte del Tríptico de los dos dedos, proyecto cuyo nombre es un homenaje a Ibargüengoitia, con una gran recepción de la crítica. Ahora tenemos en nuestras manos Si viviéramos en un lugar normal, segunda novela independiente de la trilogía.

El título de esta segunda entrega anuncia y engloba la totalidad del texto. Es un llamado a lo exótico que se va desarrollando y sigue la línea de los mitos literarios que rondan México. Un adolescente llamado Orestes, cuyos hermanos también tienen nombres helénicos (Aristóteles, Arquíloco, Calímaco, Electra, Cástor y Pólux, los gemelos de mentira) escapa de la miseria familiar en Lagos de Moreno, junto a Aristóteles, el hermano mayor, so pretexto de encontrar a sus hermanos perdidos –la teoría de Aristóteles es que fueron secuestrados por extraterrestres-, los gemelos de mentira.

Luego de una pelea, Orestes decide viajar en solitario y emprende la aventura de la supervivencia en la calle, con un interesante aire a Holden Caulfield. Después de conocer varios pueblos trabajando –reparando artefactos eléctricos con un misterioso aparato para la epilepsia- regresa a Lagos de Moreno a presenciar el punto más alto de la decadencia familiar: la demolición de su casa producto de la mafia política. Los dos grandes temas de la novela –lo exótico y lo político- podrían resumirse en uno: México. El México de finales de los ochenta que quizás, como toda Latinoamérica, al menos en una importante parte de la narrativa de este lado del charco, condensan las desigualdades sociales, la corrupción del poder, lo exótico y mágico.

En términos políticos a ratos las reflexiones resultan obvias. Solo en apariencia ingenuas, ya que para desarrollar una novela y un narrador como los que propone Villalobos quizás no haya otra opción. Estados Unidos como un lugar limpio, paradisíaco. El diferente acceso a la cultura de las clases sociales, la televisión como un medio para enterarse de la propia infelicidad, la casa enorme de los vecinos solo para tres personas en contraposición a la caja de zapatos para una familia numerosa, Electra, la hermana todavía muy pequeña como para interesarse en otra cosa “que no fuera entender la razón por la que su muñeca y la de sus compañeras del colegio eran tan diferentes”, y, para finalizar, la tristeza de la madre, con dos hijos perdidos, el mayor en la cárcel y la casa demolida por la mafia política.

Así pone el autor a sus personajes. Del otro lado están los ricos, cuyo trabajo más duro es controlar a los pobres, no dejar que se rebelen. Los políticos y unos raros polacos son los responsables de la miseria de esta familia y de quizás tantas otras. Uno puede decir que es verdad, que está de acuerdo, de hecho es posible afirmarlo casi sin pensar. Lo sabemos de memoria. Y al parecer la única salvación en este universo es lo exótico, lo mágico, Dios -aquí los extraterrestres, que aparecen al final de la novela- tal cual tragedia griega para hacer justicia. “No se suponía que nos pasaban cosas fantásticas y maravillosas todo el tiempo? ¿No hablábamos con los muertos? ¿No decía todo el mundo que éramos un país surrealista?” Si viviéramos en un lugar normal pasea por aquellos lugares y tiene lecturas históricas encima. Quizás no haya más opción para hacer una novela mexicana. Tal vez, latinoamericana. La responsabilidad, valentía y calidad narrativa para entrar allí y no salir demasiado mal parado es lo más destacable.

Por Gabriel Zanetti
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