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Rajoy, un clásico

lunes 31 de diciembre de 2012, 17:00h
Con Mariano Rajoy, la política española ha inaugurado, quizás recuperado, un tipo de político que se sale de los moldes habituales porque su visión es a largo plazo, con los intereses generales como brújula, y sin preocuparse por los inmediatos titulares de los medios escritos, en papel o digitales, o por las imágenes de apertura de los telediarios. Quizás me explique mejor recurriendo a una anécdota universitaria. En una de mis clases sobre la “democracia mediática”, como la forma actual que ha adoptado el sistema representativo, como consecuencia de la omnipresencia de los medios, un alumno me preguntó en qué se diferenciaba esta variante política de lo que podría llamarse la democracia clásica. Se lo expliqué de una manera sintética pero, me parece, muy clarificadora. “En la democracia clásica –le dije- los periodistas corrían detrás de los políticos, en la democracia mediática, los políticos corren detrás de los periodistas”. Rajoy pertenece, sin duda, a la primera categoría y eso le sitúa en el ámbito de “la alta política”, que ahora se echa tanto de menos y que personajes tan diferentes como el rey Juan Carlos y el papa Benedicto XVI acaban de reivindicar como una inaplazable exigencia de nuestro tiempo.

En todos los países de distinguen los “políticos”, en su más noble expresión, de los “politicastros”, expresión ésta que se acuñó en la España de la segunda mitad del siglo XIX, en un momento en que la política había perdido alguna de sus cualidades más indispensables, incluida la irrenunciable dimensión moral. Los anglosajones distinguen entre el “estadista” (statesman), que es aquel que quiere hacer algo por su país, del “politician” que, como se dice irónicamente, es aquel que quiere que su país haga algo por él. El Diccionario de Oxford define a este tipo de políticos como “una persona que actúa de una manera manipuladora y desviada, habitualmente para obtener ascensos”; u otro tipo de beneficios personales, podríamos añadir. Los franceses dan un tono despectivo a lo que llaman la politique politicienne, que encaja perfectamente en las acepciones peyorativas de la que debía ser siempre noble actividad de la política, pero que queda degradada por la abundancia de corruptos, arribistas, conseguidores, comisionistas y demás ralea de “politiquillos”, que han dado pie para que se incluya a los muchos buenos que se dedican a servir a su país y a sus conciudadanos, con los menos numerosos pero más ruidosos caraduras, en eso que, ahora en España, se llama “la casta política”, metiendo en el mismo saco, injustamente, a los primeros con los segundos. No hay nada más injusto ni inexacto que esa repetida frase según la cual “todos los políticos son iguales”.

Es bien sabido que, desde la Antigüedad clásica, se ha considerado que la virtud política por excelencia es la prudencia, que implica discreción, cautela y un agudo sentido de la realidad. Rajoy encaja en ese modelo y por eso desespera a los que buscan un político dicharachero y, sobre todo “que dé titulares”. Aunque la regla de muchos es sencilla: si él no los da, ya los inventaremos nosotros. El político que llamamos clásico es todo lo contrario de esa idea, tan actual, que concibe al político siempre en el proscenio, parlanchín y ocurrente como si su misión fuera entretener a las masas, en vez de gobernar al país.

Y esto ocurre porque ahora se considera que la mayor cualidad política es la llamada “capacidad de comunicar”, esto es la comunicación permanente y a gusto de todos. Que la política democrática exige unos cauces de comunicación ágiles entre gobernantes y gobernados es un hecho que no admite discusión. Esa era una de las funciones de los Parlamentos, cuyos debates eran después transmitidos a los ciudadanos por la Prensa y, más tarde, por los medios audiovisuales. El Parlamento era, en suma, la cancha en que se desarrollaba el juego político, pero ahora esa cancha son los medios, desde la televisión a las redes sociales. Y estamos en riesgo de considerar que es más importante comunicar que gobernar.

Por otra parte, nunca se comunica a satisfacción de todos: Es muy frecuente que se afirme tranquilamente que, de un determinado tema, no se sabe lo que piensa el Gobierno, cuando no sería difícil hacer la relación de ocasiones en que se ha facilitado información sobre el mismo. Por ejemplo, se ha repetido hasta la saciedad que la sanidad pública y universal no se va a privatizar porque constitucionalmente es imposible. Pero seguimos viendo cómo los aguerridos manifestantes hacen oídos sordos a lo que no les interesa oír. La muletilla de “hay que comunicar” nada vale cuando, como ahora, tiene vigencia el viejo refrán: “No hay peor sordo que el que no quiere oír”. Y de esos “peores sordos” hay ahora en España a paletadas. De nada vale la comunicación cuando no llega a la sociedad, precisamente por el ruido mediático.

Rajoy es un clásico porque tiene muy claro que su misión fundamental es gobernar, pero es una afrenta acusarle de que no comunica, porque lo cierto es que lo hace en el momento oportuno y cuando estima que tiene algo importante que decir. Un buen político tiene que saber muy bien –y practicarlo- cuando hay que hablar y cuando es mejor mantenerse callado. El no comment es toda una institución política, nacida en los países que han creado la democracia. Una cosa es la transparencia -exigible en una democracia y que tiene en el Parlamento su sede natural- y otra muy distinta el exhibicionismo permanente que buscan algunos periodistas, que a veces parecen más cercanos a la llamada “prensa del corazón” que a una responsable información política. Ya los romanos criticaban al político que, por su populismo barato, hacía el ridículo coram populo.

El año que ha terminado –y del que Rajoy ha hecho un balance equilibrado y sincero- ha sido el más difícil en tres décadas largas de democracia. Rajoy ha tenido que tocar a la vez demasiadas teclas y tener en cuenta exigencias e intereses muy diversos. Inevitablemente no lo ha hecho a gusto de todos, como era de esperar, porque cada español se cree con capacidad para ser presidente del Gobierno y seleccionador nacional de futbol. Pero, al final, el que tiene que torear es el diestro que está en el ruedo y no el sabihondo del tendido 7. Lo que contará, al final de esta corrida de cuatro años, son los resultados. Y no sé si Rajoy saldrá en hombros, pero sí que se le reconocerá haber gobernado prudentemente y con eficacia a esta compleja España en una de las más difíciles etapas de su historia contemporánea. Aunque a veces haya tenido que hacer cosas que nunca habría querido hacer, pero que ha hecho porque le importan más los intereses generales que los titulares maliciosos. Encontró a España en un profundo hoyo, del que la está sacando, para que pueda proseguir una brillante trayectoria que, durante ocho años, no solo se detuvo sino que fue para atrás.

La oposición –la de izquierdas, la de la derecha de la derecha y la nacionalista- no ha sido uno de los obstáculos menores con que Rajoy ha tenido que lidiar. Es de pena la actuación del primer partido de la oposición y de su discutido líder. Bastaría ver los comentarios de Rubalcaba a la rueda de prensa del Presidente. ¿Cabe mayor ruindad? ¿Cómo puede un país recuperarse cuando sus peores enemigos son los de dentro? El PSOE ha elegido como tema principal de su oposición la muletilla de que Rajoy miente. Pero lo cierto es que Rajoy no ha mentido nunca. Lo ha explicado en suficientes ocasiones. Cuando prometió en campaña no subir los impuestos, lo decía porque, en aquel momento, creía que tal cosa era factible. Si mentir es “decir lo contrario de lo que uno siente”, aquellas afirmaciones surgían de profundas convicciones y de una visión de la realidad que después se demostró que estaba tergiversada por los anteriores gobernantes. No eran mentiras. Zapatero –que ahora parece que rectifica verbalmente- se ha ido, pero el zapaterismo sigue vivo y Rubalcaba es su profeta. Aparte de esta izquierda desnortada el otro gran desafío es el secesionismo. Algunos dicen que Rajoy ha dicho poco acerca de este problema, pero su receta es tan sencilla como comprensible: La Constitución y las leyes. Que nadie dude de que las aplicará –si llega el caso- en el momento y en la forma adecuadas. Sin bravatas ni amenazas, pero con eficacia. Es el estilo clásico.
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