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crítica de cine

Amor: Michael Haneke lo retrata en estado puro y sin condiciones

domingo 13 de enero de 2013, 12:45h
Galardonada con la Palma de Oro en Cannes, la última cinta del director austriaco, con diversas nominaciones a los Globos de Oro y a los Oscar, es el retrato hiperrealista de los últimos días de un matrimonio de ancianos en su piso de París.
Lo cierto es que más que un retrato, Michael Haneke ha creado una radiografía fiel y precisa de los devastadores efectos de una enfermedad neurológica terminal no sólo en quien la padece, sino también en la persona amada, con quien se ha compartido toda una vida. Ha llegado el final y Haneke, de hecho, elige ese fin absoluto para dar comienzo al filme. Así, lo primero con lo que se encuentra el espectador es con la policía entrando en un acomodado piso parisino justo después de que los bomberos hayan derribado la puerta. Los vecinos les han avisado porque llevan días sin ver a sus inquilinos, un matrimonio de profesores de música clásica ya jubilados, y es en el instante en el que los policías descubren el cadáver de una anciana en la cama, rodeada de pétalos de flores, cuando arranca la acción. ¿Qué ha ocurrido allí antes de que entrara la cámara?

Un flashback, que dura el resto del metraje, nos lleva a conocer al matrimonio de octogenarios, Georges y Anne, que vivían en la casa. Acaban de asistir al concierto de piano de uno de los alumnos de ella y regresan a su confortable hogar comentando lo que han visto y escuchado durante la velada. Es una pareja feliz, se conocen desde siempre y ahora pasan los lentos días de retiro con sus pequeñas distracciones. Tranquilos, con esa seguridad de no tener ya que cumplir con ineludibles obligaciones. No pueden imaginar que sólo unas horas más tarde, mientras desayunan a la mañana siguiente, ese armónico universo vaya a romperse definitivamente. Haneke golpea con fuerza en ese primer contacto con lo que está por llegar y, a través de la gloriosa interpretación de los dos maravillosos actores, Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva, deja al espectador sin habla. Mudo como Anne. Asustado como Georges. A partir de ese instante, las cosas van a ir a peor. Lo saben ambos y ponen sus condiciones: Anne no quiere regresar a un hospital después del ingreso que la devuelve a casa en silla de ruedas y con una parte del cuerpo paralizada y Georges, por su parte, quiere ocuparse de ella, permanecer a su lado, salvaguardarla de miradas de pena o de preocupación, incluidas las de su propia hija, a quien interpreta Isabelle Huppert, que vive en Londres y no suele ver mucho a sus padres.

Poco a poco, el director de Funny Games y La cinta blanca nos introduce sin misericordia en ese mundo que llega a su fin con todas las inclemencias de la decadencia, pero también con la esencia más pura de la entrega incondicional que preside el amor verdadero, ese que no conoce de egoísmos ni de huidas, el que se queda hasta el final y no concibe la existencia sin el otro. Y el realismo militante con el que Haneke trata la escena no pretende ahorrarnos ni un solo instante de sentimiento, del que duele, sí, pero también del que llega a lo más hondo. Y como a Haneke nunca le ha importado perturbar a quienes se sientan frente a la pantalla, en esta historia llega al máximo, encerrándonos junto a la pareja protagonista, metiéndonos de tal modo en su viaje que acaban por molestarnos las interrupciones de los demás personajes, igual que molestan a los propios protagonistas. Quieren marchar solos al encuentro con la muerte que les reclama, y con el corazón encogido, al espectador no le queda más remedio que acompañarles, porque el magnetismo de las imágenes, de las palabras, de las miradas, ausentes o cargadas de mensaje, no van a permitir que nadie deje de mirar, a pesar de saber, como Georges y Anne, que todo va a ir a peor hasta el final. Hasta la despedida, tejida con hilo onírico para cerrar un círculo del que sólo participamos de la parte más triste, pero que sabemos que fue maravilloso y que, simplemente, está a punto de llegar a su término. Igual que llegaremos todos, aunque no sea acompañados del amor que Haneke ha querido enseñar en su estado más puro, también más incómodo, convirtiéndolo en protagonista absoluto de una perturbadora historia, que empieza cuando, en realidad, todo ha finalizado.

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