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RESEÑA

Ricardo Menéndez Salmón: Medusa

domingo 13 de enero de 2013, 13:27h
Ricardo Menéndez Salmón: Medusa. Seix Barral. Barcelona, 2012. 160 páginas. 17,50 €. Libro electrónico: 12,99 €
Medusa es sin riesgo de equívoco una de las novelas más ambiciosas y conseguidas del ya extinto 2012. La trayectoria ascendente de su autor, con novelas como La ofensa (2007), Derrumbe (2008), El corrector (2009), enmarcadas en la llamada Trilogía del mal, o, la más reciente, La luz es más antigua que el amor (2010), centrada en el poder terapéutico del arte, vaticinaba la orientación de este último texto donde confluyen rozando el grado de excelencia buena parte de las inquietudes narrativas de Menéndez Salmón a la par que cierra un círculo narrativo.

El infierno del ser humano encarnado en la imagen de los campos de concentración y exterminio invitó a una profunda y conocida reflexión mediado el siglo XX por parte del filósofo alemán Adorno sobre la posibilidad de escribir después de Auschwitz. La profundidad del mal humano suspendió todo arte y dejó en jaque a la humanidad. Por citar dos ejemplos sintomáticos: en unos celebres versos Paul Celan pedía permiso a su madre muerta para volver a la escritura y Primo Levi exclamó un grito tan necesario como estentóreo para disipar la pesadilla del terror. Todavía hoy, y según la ascendente de acontecimientos mundiales en los últimos años, carecemos de respuesta estable a la pregunta del pensador de la Escuela de Fráncfort.

El planteamiento del nuevo libro de Menéndez Salmón orbita sobre los problemas que plantea la escritura tras el siglo más cruento y devastador que ha conocido la humanidad merced a una indagación en torno al misterio del artista alemán Prohaska y su mirada de medusa, aquella que petrificaba en la cara el terror más obsceno, como “contraargumento frente a la dictadura del sinsentido”.

Bajo ropajes de presunto ensayo late una cuidada novela donde las voces narrativas van del cultismo (sevicia, fratría, impetrar, prohijar) a pasajes de intenso lirismo (“los viejos centauros se apagan ante las flores de hierro de la ingeniería sin dioses” para describir el combate desigual entre la caballería polaca y los Panzer alemanes). Los diversos recursos narrativos están al servicio de una supuesta exégesis de la obra y la inventada etopeya del artista Prohaska, que alimentó el imaginario del Tercer Reich. El protagonista es “varón, sietemesino, indeseado” la trimembre caracterización inicial, la única ofrecida a lo largo de la novela, presagia la extraña índole del personaje presentado como víctima o verdugo, tal vez las dos posiciones, o quizá ausente de ambos papeles, pues deseó vivir sin rostro ni ideología.

La ficción de una compleja vida artística ofrecida como presunto documento de estudio, como verdad histórica, explica sin embargo con mayor exactitud el punto de no retorno que implica para Europa el ascenso nazi visto a través de los ojos privilegiados de un personaje ficticio. Prohaska se agarra a la borrachera del arte terapéutico en una complicada ascesis cada vez más sedienta. El artista se sabe en el ojo del huracán de la barbarie y cultiva sin empacho cine, pintura y fotografía de “luminosidad herida”. La misma luminosidad que irradia el retrato que Prohaska considera más hermoso, aquel Cristo resucitado de Bramantino, en el cual Jesucristo aparece sin sangre ni alguna otra señal de dolor más que un alma herida manifiesto en el abismo de tristeza de sus ojos. Prohaska no dejará tras de sí huella alguna ni retrato. Como explicará su biógrafo “sintió siempre la tentación de desaparecer, pero al tiempo enmascaró esa tentación tras el intento por apresar mediante imágenes el mundo que lo rodeaba”.

Medusa es una meditada y poderosa construcción, un artificio hipnótico que arrastra al lector página tras página hasta el cenit del terror y del arte. Una novela escrita sin concesión alguna, sin gratuidad y con una exactitud poco frecuente. Menéndez Salmón plantea una soberbia respuesta a la lacerante aporía planteada por Adorno: es un deber escribir tras Auschwitz, el máximo símbolo del mal.


Por Francisco Estévez

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