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La yihad: lecciones desde Malí y Argelia

lunes 21 de enero de 2013, 08:34h
La intervención militar iniciada por Francia en Malí y un secuestro ocurrido en una planta de gas argelina, espectacular y trágico, han logrado que en pocos días un país incardinado en el Sahel Occidental, escasamente conocido, abra telediarios y pase a los primeros puntos de la agenda de todas las cancillerías occidentales. Los sucesos acaecido estos días en las orillas del Sahara (eso mismo quiere decir Sahel) son indudablemente graves, aunque también resultan aleccionadores en más de un sentido. Respecto al problema específico que la intervención pretende afrontar, la amenaza del terrorismo yihadista, cinco son las lecciones que pueden extraerse en estos primeros momentos a raíz de su última progresión en Malí.

1. ¿En declive? La caída de Osama Bin Laden, la incapacidad de los yihadistas para consumar atentados de envergadura en Occidente durante los últimos años y la sangría de pérdidas entre la organización provocadas por una larga campaña de ataques con aviones no tripulados sobre las áreas tribales de Pakistán han otorgado cierta credibilidad a la expectativa de un pronto fin para este terrorismo. No hay duda de que la Al Qaida original está a la defensiva y su capacidad de actuación se encuentra sumamente degrada. También han perdido fuerza algunas de sus estructuras aliadas o la perdieron en los últimos años. La propia trayectoria recorrida durante la década pasada por AQMI (Al Qaida en las Tierras del Magreb Islámico), una de las tres entidades yihadistas que ahora son combatidas en el Sahel ha sido efectivamente declinante. Con el paso del tiempo, su capacidad para cometer atentados en Argelia, su país de origen, había venido disminuyendo sustancialmente mientras que su propósito de integrar a otras ramas magrebíes del yihadismo, como la marroquí o la tunecina, hace años que se abandonó por imposible. Sin embargo, la intervención militar francesa lanzada sobre Malí pocos días atrás y la reciente y ambiciosa operación de secuestro materializada en Argelia por orden de uno de sus antiguos líderes, Mokhtar Belmokhtar, vienen a corroborar que la apuesta de AQMI de ampliar y consolidar su presencia en el Sahel ha vuelto a incrementar su peligrosidad y potencial desestabilizador, tanto dentro como fuera del Magreb. Particularmente, la sofisticación y complejidad de la operación de captura de toda una planta energética, con cientos de personas en su interior, muestra bien a las claras que los cuadros de esa filial no están integrados por un puñado de gamberros o fanáticos con metralleta sino por militantes disciplinados y bien entrenados.

2. Regionalización sin retraimiento. Lo de Malí y el Sahel Occidental es una de las últimas manifestaciones de un cambio en el terrorismo yihadista que empezó a gestarse tras el 11-S y sobre todo en la segunda mitad de la década pasada. Dicho cambio se vuelve evidente cuando se consideran dos hechos complementarios: la enorme superioridad de incidentes terroristas atribuibles al yihadismo que vienen produciéndose en países no occidentales y la progresiva multiplicación de focos o frentes yihadistas fuera de Occidente. Al concentrar su actividad en sus propios países de origen, o como mucho en otras naciones circundantes, las organizaciones afiliadas a la Al Qaida original y los grupos que comparten su ideología, incluyendo la propia AQMI, han contribuido a reforzar la orientación regional que caracterizó el terrorismo de inspiración islamista hasta que el carismático Bin Laden imprimió un giro antioccidental y globalista a la violencia yihadista. Con todo, la internalización de la militancia de AQMI y sus escisiones es un hecho bien reflejado en la composición multinacional del comando que ha asaltado la planta de gas de Tigantourine y también a través de la llegada al norte de Malí durante los últimos meses de militantes yihadistas procedentes de diversos puntos de África, incluso algunos de Europa. Junto a lo anterior, los secuestros y ataques perpetrados contra personas e instalaciones extranjeras y la periódica renovación de amenazas proferidas contra países occidentales, indica que la dispersión y focalización del yihadismo sobre regiones particulares no implica renuncia alguna a una agenda internacional, ni en términos de posibles atentados fuera de sus zonas básicas de implantación, ni tampoco en relación a una ampliación progresiva de su radio geográfico de actuación y arraigo.

3. África importa. Pese a la impregnación islamista del conflicto somalí dos décadas atrás y los terribles atentados ordenados por Bin Laden en 1998 en Kenia y Tanzania, hace diez años hubieran podido sumarse con los dedos de una sola mano los analistas que se atrevieran a vaticinar la propagación del terror yihadista más allá de la región norte y de la ribera mediterránea del continente africano, menos aún por debajo del Sahara. Hoy la crisis de Malí ha venido a demostrar que esa progresión africana era posible. De hecho, el nombre que identifica a dos de los tres actores yihadistas implicados (Al Qaida en las Tierras del Magreb Islámico y Movimiento Yihadista para la Unicidad y la Yihad en África Occidental, MUYAO), no esconde sus ambiciones de expansión a través del continente. Además, conviene recordar que los que ahora ocurre en la franja saheliana es sólo parte de un problema mucho más amplio con otros focos de intensa actividad yihadista: desde países de la parte occidental, como la hiperpoblada Nigeria, hasta Somalia, en el Cuerno de África. Las condiciones que han contribuido a la africanización de la yihad tienen tanto que ver con las problemáticas internas de los países y regiones afectadas como con las estrategias de adaptación que el terrorismo yihadista procura implementar para sobrevivir a la presión que viene soportando desde finales de 2001.

4. Agujeros de soberanía: un gran problema. Otro patrón asociado a las últimas evoluciones del terrorismo yihadista sobre la que nos ilustran las noticias que provienen del Sahel es una peligrosa y cada vez más frecuente convergencia entre la ambición natural de los terroristas de adquirir bases territoriales seguras y una coyuntura geopolítica mundial en la que abundan los espacios desgobernados y los casos de fragilidad estatal. La creación de un condominio yihadista en el norte de Malí a partir de la alianza establecida en 2012 entre AQMI, Ansar Dine y el MUYAO no hubiera sido posible de no mediar esa convergencia. Las oportunidades que las zonas libres de control estatal ofrecen al yihadismo son ampliamente conocidas gracias a lo aprendido en escenarios como los de Somalia, Yemen, Afganistán o Pakistán. Cada agujero de soberanía al que los extremistas logre acceder puede ser alternativa, sucesiva o simultáneamente instrumentalizado con fines de ocultación y refugio, adiestramiento y preparación de atentados y campañas terroristas, radicalización y reclutamiento, atracción de militantes de otras latitudes, captura y retención de rehenes y participación en tráficos ilícitos. Y los riesgos serán aún muy superiores en aquellos casos en los que los yihadistas logren arraigo entre la población, implanten un gobierno que acabe con la anarquía reinante, contengan las rivalidades tradicionales y mejoren en alguna medida las condiciones de vida de la población (por ejemplo, repartiendo parte de sus beneficios de origen ilícito). Si logran efectos parecidos los terroristas podrían aumentar significativamente sus adeptos y ganar un apoyo popular esencial para consolidar una base territorial segura.

5. Una amenaza dinámica con evoluciones sólo en parte previsibles. Como en alguna medida vienen haciendo informadores y analistas en los últimos días, si se juntan y conectan suficientes datos y hechos no es imposible reconstruir parte de la cadena de acontecimientos y acciones que han desembocado en el conflicto de Malí. A lo largo de la anterior década la presión ejercida por las autoridades argelinas, entre otros factores, estimularon el desplazamiento de parte de las actividades de AQMI al Sahel, favoreciendo de paso su progresiva implicación en la práctica de secuestros y diversos negocios ilícitos. Con posterioridad, la versión libia de las revueltas árabes de 2011 desestabilizó al gobierno de Gadafi hasta provocar una guerra civil que, entre otras consecuencias, forzó la vuelta al norte de Malí de varios miles de avezados mercenarios tuareg y permitió que un importante volumen de armas extraídas de los arsenales libios llegaran hasta el Sahel. Muchas de esas armas cayeron en manos de AQMI y del resto de grupos extremistas y rebeldes presentes en la zona. En enero de 2012 la recién constituida alianza del MLNA (Movimiento para la Liberación de Azawad), bajo liderazgo tuareg y con apoyo de los combatientes de idéntica etnia llegados de Libia, iniciaron una nueva revuelta en el norte de Malí con fines secesionistas. Los yihadistas aprovecharon para levantarse también, ayudando a tomar las principales ciudades de la región e imponiéndose luego a los tuareg en varias de ellas. Y de ahí llegamos a los últimos avances yihadistas hacia el sur que motivaron la intervención francesa. De modo que los problemas y conflictos internos del país, en especial los de su zona norte, tomaron un sesgo o dirección peligrosa al impactar sobre ellos otros sucesos y cambios experimentados fuera del país en los últimos años. Y he aquí otra lección a extraer. En términos genéricos, el agravamiento de la situación en el Sahel y su progresión como foco desestabilizador era un efecto esperable y congruente. Pero su tempo y algunos de sus desencadenantes no pudieron anticiparse, en parte porque traían causa de diferentes acontecimientos externos y en parte debido a la naturaleza diversa de los condicionantes involucrados. Hasta cierto punto parece que la consolidación del problema yihadista progresó en Malí siguiendo una dinámica propia de lo que los científicos denominan “sistemas no lineales (o caóticos)”. Y si esta interpretación fuera correcta habría que asumir su consecuencia más obvia. Esto es, que la amenaza yihadista es, o puede ser, difícil de prevenir, al menos en sus detalles más concretos. De manera que quienes tienen la responsabilidad de afrontarla deberían procurar estar preparados para reaccionar a lo inesperado (si la contradicción es admisible).