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Elliott, como ejemplo

martes 22 de enero de 2013, 20:02h
Este libro Haciendo Historia sirve, antes de nada, para entender mejor la obra del eminente historiador y princeps de los hispanistas anglosajones del momento, John H. Elliott. Estamos ante un volumen, conviene advertirlo, reducido en tamaño pero muy denso y que, a pesar de su claridad expositiva, requiere de una lectura sosegada, pues son múltiples sus pliegues y jugosas sus digresiones. El profesor Elliott relata su trayectoria docente e investigadora y al tiempo da cuenta del objeto temático, la España imperial de los Austrias, de que se ha ocupado.

El hombre que hace balance de su carrera de historiador( en la actualidad tiene 82 años) es alguien satisfecho que, tras discernir la información de los datos, alcanza un grado superior de conocimiento (llamémosle sabiduría si queremos), pues “la buena historia seguirá dependiendo, como siempre ha dependido, de algo más que de información y despliegue de conocimiento”. Como intelectual que es el historiador tiene una relación inevitable con el presente, que determina las preguntas que pueden hacerse al pasado y decide sobre la utilidad de las lecciones del pretérito. No es una causalidad que Elliott abocase su futuro profesional al estudio de los Austrias menores, precisamente en una época en que Inglaterra deja de ser también un imperio. Quizás de los estudios sobre España pudiesen obtenerse algunas lecciones para amortiguar el impacto de la decadencia. El libro La Anatomía de la Gran Bretaña, un influyente estudio sobre el sistema político inglés y su clase política, publicado en su segunda edición en 1971, comenzaba con una frase referente a las actitudes de la élite española del siglo XVII, procedente de la España Imperial de Elliott: “Herederos de una sociedad desbordada por sus responsabilices de mando y rodeados por los despojos cada vez más míseros de un mermado patrimonio, no supieron en los momentos de crisis prescindir de sus recuerdos y alterar sus anticuados modos de vida”.

Los cambios en la situación social en que vive el historiador sugieren otras preguntas sobre el pasado que obligan a repensar lo que se sabía del mismo, proponiendo nuevos enfoques de comprensión y haciendo sitio a la intervención de la visión de los vencidos u otorgando el protagonismo a la gente sin historia. No hay entonces historia definitiva, pues el pasado tiene un modo inquietante de regresar “, y cuando se echa a la historia a la fuerza por la borda, se puede contar con que volverá”. El compromiso del historiador con el presente que no puede concluirse sin el lector, determina en el caso de Elliott un propósito de estilo que el maestro ha llevado a la perfección, consistente en equilibrar el análisis y la descripción, esto es, conjugando el concepto y el relato. El objetivo del historiador es una narrativa reconstructora de “periodos, personas y acontecimientos pasados”, fiel a los testimonios conservados, pero presentada de manera tan eficaz como para atraer y mantener el interés del lector.

Claro que la labor del historiador no es fácil, amenazada especialmente por la solicitud que se le hace desde el presente de contribuir a la construcción nacional. No hay naciones, dirá Elliott, donde no pudo haberlas, en rigor hasta la revolución de fines del XVIII, y no se hace buena historia, desde el “síndrome del pueblo escogido o de la víctima inocente”, que aducen los contribuyentes a la idea de la comunidad imaginada. Cuando se apuesta por la idea nacionalista del intelectual, el historiador corre el peligro de incurrir en definiciones del pasado que no concuerdan necesariamente con las realidades políticas y culturales de la época, proyectando sobre siglos anteriores la visión tardodiciochesca y decimonónica de la nación.

Aunque esta prevención frente a la idea nacionalista de la historia la formula Elliott en relación con la historiografía actual catalana , que a su juicio rompe con el esfuerzo desmitificador de Vicens Vives, ello no le impide reconocer el arraigo comunitario de la “patria” en la historia de Cataluña, haciendo referencia a una noción política que traspasaba el ámbito cultural, pues reposaba en una legitimidad institucional de base más parlamentaria que monárquica, con títulos para representar, hasta cierto punto, la modernidad.

Desde el punto de vista metodológico el libro subraya los rasgos específicos de Elliott. Así su utilización de un enfoque global o de conjunto en sus estudios, que repara en los múltiples niveles de la realidad considerada (al respecto son interesantes los testimonios de la colaboración de nuestro autor con otros historiadores de la economía o el arte).O el empleo en una variedad de ejemplos del enfoque comparado. No se trata simplemente de tener en cuenta, como si de un fondo ambiental se tratara, del contexto de otras realidades contemporáneas a lo estudiado, sino de admitir la interacción entre diversos elementos simultáneamente analizados. Olivares actúa en la misma época que Richelieu, para quien es su rival, pero también su referencia. Incluso una mirada a sus procesos de formación resulta instructiva (ambos son terceros vástagos y aceptan, por ejemplo, el magisterio moral estoico de Justo Lipsio). En su libro sobre los imperios, Imperios del mundo atlántico.España y Gran Bretaña en America (1492-1830), lo que se comparan son las formas de asentamiento y organización colonial, también sus procesos revolucionarios de independencia, de Inglaterra y España.

Que la atención sobre lo español en toda la obra de Elliott, reconociendo por cierto la contribución de nuestros mejores historiadores con gran elegancia, se haga resaltando los rasgos de la racionalidad relativa del dominio imperial y, en concreto, el éxito superior del proceso colonizador español-pues España logro consolidar su imperio americano durante medio siglo más que una Gran Bretaña que fue incapaz de retener el control de sus trece colonias continentales-, es algo que como lectores amigos de la objetividad histórica, pero también como españoles, debemos agradecer a la contribución, verdaderamente extraordinaria, de Elliott a la historiografía hispana.
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