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TRIBUNA

El flanco sur

miércoles 23 de enero de 2013, 08:48h
Europa, obsesionada con la crisis económica de la que no acaba de salir y que la ha obligado a cambiar su propio modo de vida, no ha prestado en el pasado suficiente atención a la amenaza yihadista que desde hace tiempo se viene configurando en el Sahel, esa franja esteparia que bordea el sur del Sáhara y que se extiende desde Mauritania hasta Sudán. Es verdad que los servicios de inteligencia no han dejado de hacer un seguimiento continuado y bastante preciso de lo que allí ocurre y se fragua. Pero ni los Estados mediterráneos europeos —los más próximos a ese potencial y peligroso foco de conflicto- ni la UE, cuya política exterior y de seguridad no termina de cuajar, han diseñado una política para afrontar esos riesgos, cada vez más inminentes. Y ello a pesar de que el terrorismo islamista ya ha hecho sentir su sangrienta presencia en nuestro continente, como también en algunos países norteafricanos, como Argelia y Marruecos. Tampoco las opiniones públicas europeas son plenamente conscientes de las amenazas para nuestra seguridad que proceden de esa zona, relativamente próxima, y no han tomado conciencia de que el terrorismo islamista —púdicamente llamado a veces internacional- que después del 11 de septiembre se supuso que tenía sus bases en el lejano Afganistán, ha trasladado algunas de sus capacidades operacionales a esta cuasi vecina parte de África.

Los acontecimientos que se están produciendo en Mali y el sangriento y bien organizado ataque a la planta argelina de gas natural de In Amenas, muy próxima ya a la frontera libia, han puesto el foco de atención en esa conflictiva zona. Mali es un Estado que en la época colonial formaba parte del África Occidental Francesa y cuyo territorio de casi medio millón de kilómetros cuadrados tiene una forma aproximada de dos triángulos unidos por los vértices; el del norte es el más grande y menos poblado, mientras que el del sur, donde está situada la capital, Bamako, es el más populoso y es donde se concentra la modesta actividad económica. Se trata de un país multiétnico en el que la pobreza, la corrupción y los arraigados reflejos tribales hacen muy difícil la creación de algo parecido a un Estado que funcione. Concretamente los tuaregs, que vienen a ser un 7 % de sus 14 millones largos de habitantes, nunca han aceptado al gobierno de Bamako y aspiran a crear, en la parte norte, un entidad política propia, dotada, al menos, de una autonomía que hasta ahora no se les ha concedido.

Las intermitentes rebeliones tuaregs se han visto reforzadas últimamente por la presencia y el apoyo de al Qaida del Magreb Islámico (AQMI), uno de los grupos más activos de esa compleja galaxia terrorista fundada por el finiquitado Osama bin Laden. Un activista de esta organización, hace ahora dos años lanzó un cohete contra la embajada francesa en Bamako y poco después se celebró una conferencia de cuatro países de la zona, Argelia, Mali, Mauritania y Níger, con el fin de adoptar medidas para afrontar a AQMI, que se movía a sus anchas por el norte de Mali, pero con incursiones en los territorios de esos otros países vecinos. Pero ni estos Estados musulmanes africanos ni los países occidentales con intereses en la zona han encontrado todavía la respuesta adecuada a esta amenaza terrorista.

Pero AQMI no es el único grupo terrorista que opera en la zona ya que, según los informes de inteligencia, los atacantes al campo de gas natural argelino pertenecen a un grupo diferente, Al Mulathameen, que está dirigido por un personaje llamado Mojtar Belmojtar, también conocido como “el príncipe” o “Mr. Marlboro” y que parece que va a dar mucho que hablar en el futuro pues se estima que el ataque a In Amenas implica un bien pensado planeamiento y una notable capacidad operativa. Mientras estos grupos hacen sentir su violenta presencia en el Sahel, la red islamo-terrorista se continúa en el Sudán, ahora dividido y cuyo presidente, al Bashir se ríe de la condena de que le ha hecho objeto el Tribunal Internacional de Justicia y termina en Somalia, feudo del Al Sabbab, también conectado con Al Qaida. Aunque el presidente somalí -que ha luchado contra el terrorismo con resultados que está por ver- acaba de conseguir no sólo que los Estados Unidos reconozcan a su gobierno, después de dos décadas sin relaciones diplomáticas sino que incluso ha visitado a la gran potencia americana y parece ser que Obama le ha recibido en privado.

Algunos países occidentales no se acostumbran a que los países africanos son y se sienten plenamente soberanos y actúan en consecuencia. Cameron se ha quejado porque el primer ministro argelino sólo le avisó de que el ejército argelino estaba contra-atacando a los terroristas que se habían apoderado de la planta gasística de In Amenas y tomado un buen número de rehenes cuando la operación ya se estaba desarrollando. Su interés y su preocupación son comprensibles porque en la sociedad que explota la planta, la británica BP es ampliamente mayoritaria y, además, como consecuencia del ataque han muerto un número todavía no precisado de técnicos y trabajadores argelinos y extranjeros, entre ellos varios británicos. Pero, ¿es qué el Reino Unido, si hubiese sido avisado con antelación, habría podido hacer algo, por ejemplo enviar un comando, a tan alejadas latitudes? Argelia es un país que tiene una amplia experiencia en la lucha contra el terrorismo, después de la larga y cruenta guerra civil contra el salafismo que les costó varias decenas de miles de muertos. La situación requería una respuesta inmediata y, seguramente, lo han hecho de la mejor manera que han sabido y podido. Por cierto, que este grave incidente le ha servido de pretexto a Cameron para aplazar el discurso que iba a pronunciar el pasado viernes en Amsterdam sobre sus planes respecto las relaciones entre el Reino Unido y la UE, del que nos ocupamos en esta columna la pasada semana.

Francia está llevando el peso de la acción contra los grupos rebeldes en Mali, pero ya hay quien habla de una Afganistán francés si esa acción se prolongara más de lo previsto. Otros países europeos y los Estados Unidos están colaborando con los franceses, pero sin implicarse a fondo. Porque, como ya ha ocurrido en Siria, no están los tiempos para intervenciones militares estilo afgano, por razones que no son sólo de índole económica, aunque también. Nadie quiere meterse en un avispero del que no se sabe cuándo y cómo se podrá salir ni a qué precio en vidas y dinero. Pero, volviendo al principio, la UE está obligada a elaborar una política propia respecto esa zona y esos riesgos si quiere hacer honor a su propósito de hacer sentir su peso en la política internacional y —más difícil todavía- hablar con una sola voz. Está en juego nuestra seguridad colectiva y es un desafío al que hay que responder conjuntamente. Y, desde el punto de vista español, no se puede olvidar que Argelia es nuestro principal proveedor de gas natural, un prioritario interés general.