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POR LIBRE

Y, ahora, ¿a dónde vamos?

jueves 24 de enero de 2013, 08:35h
Cada mañana, cuando no hiela o llueve como hoy, el Retiro, desde primeras horas, alberga la mayor y más curiosa fauna de Madrid. Y no por las miles de ardillas que trepan por los abundantes y hermosos árboles del Parque o por los patos y cisnes que se deslizan por el espejo del estanque. Desfilan por entre los parterres, tan perfectamente podados como con cuchillas de afeitar, multitud de ciclistas, corredores, parejas de cualquier edad que pasean su amor o su inercia, gentes que juegan con sus perros. Y solitarios, muchos solitarios deambulando, meditando.

Un día, sentado al sol en un banco, se acercó una bella mujer de grandes ojos verdes y me preguntó la hora. Luego se fue con su perro hacia nadie sabe dónde. Otro día, se atrevió a sentarse un rato y hablamos del hermoso Sol que lucía en pleno invierno y de su perro: feo, pero simpático y cariñoso. Ahora, pasa todos los días por delante y me saluda educadamente. Alguno, se sienta a charlar de eso: del Sol, del castaño de indias que nos acompaña. Apenas media hora después, se marcha hasta el otro día. ¿Quién es? ¿A dónde va? ¿De dónde viene?

Como a esas horas tempranas no se puede uno amargar la vida con periódicos pringados de chorizos, prefiero leer novelas o poesía, incluso libros de Ciencia. Y al igual que me intriga el destino de la hermosa mujer de ojos verdes, descubro que también los científicos se preguntan hacia dónde vamos y de dónde venimos. Las últimas teorías escarban el motivo y el momento en que nuestro ancestro más cercano, el mono, se hizo sapiens. Buscan el gen que logró que el primate comenzara a hablar, a comunicarse y a adquirir inteligencia.

Los más religiosos se quedan con la metáfora de Adán y Eva; esto es, que fue Dios el que nos hizo hombres con su dedo divino. Otros, quizás la mayoría, teoría que no es incompatible con la fe, creen, como Darwin, que todo es efecto de la evolución de las especies, que la mutación se produjo artificialmente y, los más osados aseguran que fueron los extraterrestres los que nos inculcaron la inteligencia, los verdaderos “dioses” que nos controlan y gobiernan y para los que somos como conejillos de indias. Una especie de experimento.

Pero todos ellos, incluso los que creen en la mano divina de los extraterrestres, aunque parezca increíble, son expertos científicos, catedráticos con muchas conchas, experiencia y currículum. Se basan hasta en pistas descubiertas en los jeroglíficos egipcios, en los restos mayas, en textos de la Biblia, del Corán, de La Torá y aducen que se han descubierto miles de planetas que poseen las mismas condiciones para crear vida que la Tierra y, por lo tanto, para albergar seres inteligentes. Y, mientras, la NASA emplea gran parte de su arsenal de telescopios para escudriñar el espacio. Por si acaso. Teorías increíbles que refutados científicos defienden con uñas y dientes. Cada uno por su lado y cada uno con sus argumentos.

El origen del Universo ya lo dató el genio de Hawking con su “Big bang” ocurrido hace 14.000 millones de años. Y de ahí, de esa minúscula materia que estalló de repente, nació y se expandió el Cosmos y de ahí, de esa materia estelar, estamos formados, venimos todos. El árbol de la vida. La rendija del infinito.

Está ya demostrado que el primer ser vivo que habitó la Tierra fue un microorganismo unicelular: la bacteria, que logró expandirse al partirse en dos y así se multiplicó y mutó sin parar hasta ocupar el mundo entero. Y ahí sigue. Ese bichito es nuestro primer antepasado. En el cuerpo humano, millones de ellos bailan incrustados en nuestras células, muchos necesarios y beneficiosos para el organismo, otros se cuelan sin avisar y nos matan. Se trata de unos diminutos seres que se encuentran igual en la Antártida que en las laderas de un volcán en erupción. Parece extraordinario que el más antiguo y poderoso animal vivo sea esa minúscula, extraña y, a veces, mortífera sabandija.

Es verdad que la mayoría de los científicos coincide en que la vida llegó del espacio, quizás en un cometa o en un meteorito en cuya cabeza rocosa albergaba microorganismos y agua, el mejor y más resistente vehículo interestelar para los aminoácidos. Y la vida se extendió por todo el planeta como si se tratara de un milagro. Por eso, ahora también la NASA hurga en la superficie de Marte en busca de pistas, de pruebas, de huellas. De hecho, el último artilugio que merodea por allí ya ha fotografiado el cauce de un río y un gran lago. Pruebas de que hubo agua. Pruebas de que pudo florecer la vida. Quizás el fluido primigenio.

Pero el enigma del brinco del gen que transformó al mono en hombre, en una raza inteligente; encontrar el ansiado eslabón perdido, se ha convertido en el gran rompecabezas que ahora estudia con tesón un buen puñado de científicos de las más ilustres universidades de todo el mundo. ¿Cuándo? ¿Cómo ocurrió? Nadie duda en señalar al mono como nuestro antepasado más cercano. Sabemos que el 95 por ciento de nuestro ADN es idéntico, pero también al de la mosca de la fruta. La famosa doble hélice tiene un alto porcentaje de coincidencias con todos los animales. Precisamente, por ese origen común, por esa ancestral bacteria. Pero del mono al hombre hay un gran salto. Aunque, a veces, no lo parezca.

Porque estamos rodeados de monos en cualquier sitio al que vayamos y no precisamente al zoo ni a la selva. Parece como si muchos seres humanos se hayan quedado a mitad del salto. No hay más que leer los periódicos o asistir a una fiesta. Todos conocemos a muchos de esta especie intermedia, incluso charlamos con ellos de memeces (¿de qué sino?) e intentamos sonreírles como si tal cosa. Aunque de sapiens no tienen nada. Algunos se parecen más a los monos que los propios monos. En el aspecto y en el intelecto.

Y así, como al ver marchar a la bella mujer de ojos verdes, uno se pregunta. ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Como bien dice una amiga, cuanta más gente conozco más me gusta mi perro. Y eso que no tengo perro.