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Socialismos europeos

lunes 28 de enero de 2013, 20:05h
“En contraposición a lo que han hecho los socialdemócratas del norte de Europa, los socialistas franceses y sus homólogos del sur del continente, no han aprendido todavía cómo lograr el equilibrio entre la eficacia económica, la justicia social y unas finanzas públicas sostenibles”; tal es una de las conclusiones a las que llega Lanfranco Vaccari, un importante periodista económico italiano, en un artículo aparecido en el número de diciembre de 2012 de la revista Longitude, en la que él mismo y otros especialistas analizan la gestión de Hollande, seis meses después de su llegada al Elíseo. Recuerda Vaccari que todas las experiencias socialistas francesas durante el siglo XX no han durado nunca ni dos años porque “sus sueños han chocado siempre contra el muro de la realidad a causa de su fracaso económico”. Y cita los casos de Edouard Herriot (1924-1925), Léon Blum (1936-1937) y François Mitterrand (1981-1983). Los dos primeros fueron sustituidos por gobiernos de derecha mucho más eficaces y realistas (Poincaré en el primer caso y el dúo Daladier-Reynaud en el segundo).

Mitterrrand siguió en el poder hasta 1995, pero se vio forzado a renunciar a su programa de socialismo radical (nacionalizaciones, cinco semanas de vacaciones, jubilación a los 60 años y un aumento del salario mínimo del 10 %) para, finalmente, “cohabitar” con Chirac primero y con Balladur después, cuyas opciones de centro-derecha ganaron las elecciones parlamentarias en 1986 y 1993. Más tarde llegó la experiencia Jospin –ya con Chirac en la Presidencia- cuyo rasgo más notable fue la jornada semanal de 35 horas, criticada por todos los economistas serios.

Hollande, que está batiendo el record de impopularidad de los presidentes franceses en sólo medio año, llegó al poder con un programa típicamente izquierdista que ha tenido que ir abandonando en la cuneta y del que apenas quedan algunos gestos menores pero, eso sí, de un cierto impacto populista. Como el descenso de su sueldo y el de sus ministros; viajar a Bruselas en tren y, si se usa el avión, hacerlo en clase turista; sustituir los coches de gran cilindrada por diésel híbridos o suprimir el champán en las fiestas oficiales. El Consejo Constitucional le ha echado por tierra su propósito de aplicar un tipo del 75% en el impuesto sobre la renta de quienes ingresen más de un millón de euros. Y el Tribunal de Cuentas (Cour des Comptes), presidido por cierto por un socialista, le ha exigido que recorte el subsidio del paro y otros aspectos del “modelo social francés” que, según este organismo, ha llegado a ser “más protector y generoso que en los otros países europeos”.

Para Jacques Julliard, un historiador y periodista muy prestigioso de neta raigambre socialista, autor de un reciente libro titulado Gauches françaises, Hollande querría alinear el socialismo francés con la gran corriente de la socialdemocracia europea, pero hasta ahora no lo ha logrado. Julliard afirma que Hollande le dijo un día: “Los gobiernos de izquierda comienzan por lo general con mucha fanfarria y acaban en desbandada; yo querría hacer lo contrario”. Una buena frase que demuestra que Hollande no es todavía un socialdemócrata a la sueca o a la alemana, ni un laborista a la británica, pero también que no hay en él ningún rastro de zapaterismo. Julliard, en la entrevista a que nos estamos refiriendo y que apareció en Le Monde hace una semana, le dice al entrevistador en un determinado momento, refiriéndose al reto que afronta Hollande: “Seamos honestos: hay más probabilidades de fracasar que de tener éxito”. Y añade: “La tarea que se ha asignado es prometeica porque se trata de invertir el curso de un país que ha aceptado no estar ya en la primera fila, que consiente en su propio empequeñecimiento y que rechaza hacer sacrificios”. Julliard estima que a Hollande la faltan “acentos churchillianos” pero reconoce que es el primer socialista que ha dicho claramente que “antes de hacer política social hay que restaurar la economía” y que “para arreglar los problemas sociales la solución no es la ley sino la negociación paritaria”. Lo peor, para Julliard, es que en Francia existe todavía “una izquierda utópica que cree que el Estado puede cambiar la sociedad”.

Si, como se deduce de los anteriores análisis, el socialismo francés tiene serias dificultades para convertirse en un responsable partido de centro-izquierda (o de izquierda moderna, si se quiere) capaz de adaptarse al marco de la globalización, con todas sus exigencias, que, queramos o no, es en el que estamos obligados a jugar y desenvolvernos, más allá de ensoñaciones utópicas, ¿qué podríamos decir del PSOE? Parece bastante evidente que si el socialismo francés está lejos, todavía, de la gran corriente socialdemócrata europea moderna, el socialismo español está aún más lejos de esa mainstream, como dirían los anglosajones y que el Diccionario de Oxford define como “las ideas, actitudes o actividades normales o convencionales”. Catorce meses después de su histórica derrota, el PSOE no parece haber aprendido nada y, a juzgar por el comportamiento de sus dirigentes, parece no tener más objetivo que hacer una crítica sistemática y destructiva del Gobierno del PP, pero sin contribuir de una manera eficaz y responsable a la salida de la crisis. Veremos en qué consiste y en qué queda la propuesta de pacto que acaba de hacer Rubalcaba, que no es un Blair, pero tampoco un Hollande.

Si no fuera dramático sería ridículo (que en buena medida también lo es) que como remedio para responder al desafío nacionalista catalán, al PSOE no se le ocurra otra cosa que reformar la Constitución para hacer de España un Estado federal. ¿Han pensado cómo sería y cómo funcionaría –si es que funcionaba- una España federal? Si lo que quieren es acallar las reivindicaciones soberanistas del nacionalismo, ¿creen que con ello se darían por satisfechos los Mas…y los menos? Han aplicado el federalismo a su partido y hay que ver cómo les ha ido…Y por lo que hace a la crisis económica es sorprendente comprobar cómo se aferran a un gastado keynesianismo como tabla de salvación para salir del hoyo, eludiendo la gran cuestión de cómo se financiaría. Un profesor de economía de la Universidad de Milán, Giulio Sapelli, nada propicio a las políticas de austeridad, pero sí partidario del control del gasto público, “que debe distinguirse del despilfarro” (algo que Zapatero nunca aprendió), acaba de proponer “un keynesianismo europeo, más bien que uno nacional”. Algo que viene a ser próximo en lo que algunos líderes del centro-derecha, como Rajoy, vienen insistiendo cuando piden a los países del norte de la UE que hagan un esfuerzo porque los del sur han llegado al límite de sus fuerzas.

Por cierto que el mismo Sapelli estima que “el movimiento socialista y sus ideales sufrieron una terrible derrota en los años noventa como un movimiento histórico real. Me estoy refiriendo –añade- al hecho de que mientras gobernaban los Estados más importantes de Europa, los socialistas –igual que Bill Clinton en los Estados Unidos- desregularon los sistemas financieros, lo que ha llevado al mundo al borde de la catástrofe económica”. La acusación es grave y contundente y desde España tendríamos que añadir la frivolidad con que se dejó que actuaran las politizadas cajas de ahorro y, ya en este siglo, la irresponsable inconsciencia con que se afirmó por Zapatero que teníamos el mejor y más sólido sistema financiero del mundo, sumado todo ello a la escandalosa inacción del Banco de España (¡Ah manes de Miguel Ángel Fernández Ordóñez!). Mientras tanto, muchas entidades financieras públicas y privadas –irresponsablemente gestionadas mientras sus dirigentes se forraban- se encaminaban a una segura catástrofe o a un bochornoso incumplimiento de sus funciones naturales. Todo ello está en la raíz de nuestros males. Así es como los dos mandatos de Zapatero –de acuerdo con la citada frase de Hollande- empezaron con mucha charanga y terminaron en una desbandada general.
Es patético hablar con algunos socialistas que dan toda la impresión de que, arrastrados por esa desbandada, han dejado de creer en

España y han hecho de la cesión y del apaciguamiento su bandera mientras vagan sin rumbo, perdidos en su propio laberinto. Por ahí, desde luego, no hay salida y, en su obcecación, no practican otra política que sabotear, desde la calle y en Parlamento, a quienes están trabajando para devolver a los españoles la prosperidad perdida. ¿Quién pondrá fin a esa desparrame que a veces parece más bien un sálvese quien pueda? Me parece que ellos no lo saben. Y nosotros, desde luego, tampoco.
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