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crítica de opera

Parsifal: el testamento mágico y espiritual de Richard Wagner

miércoles 30 de enero de 2013, 13:11h
El Teatro Real ha acogido este martes la primera de las tres únicas representaciones en versión concierto de Parsifal, la última ópera de Wagner, dirigida por Thomas Hengelbrock e interpretada con instrumentos originales reconstruidos.
No es Parsifal, última ópera compuesta por Richard Wagner, su obra más representada ni, por lo tanto, más conocida. Sí puede decirse de ella, sin embargo, que es la más misteriosa, mágica y extremadamente espiritual, con una partitura capaz, como ninguna otra, de trascender el alma encerrada por el compositor en cada nota, así como en cada frase del libreto escrito por el propio Wagner y basado en el poema épico medieval Parzival, de Wolfram von Eschenbach.

De acuerdo con el relato de Wagner recogido en sus memorias, la inspiración para esta obra le llegó en la mañana del Viernes Santo de 1857, aunque, una vez realizado el primer boceto, tuviera que dejarlo de lado durante un largo periodo de 8 años, al que posteriormente siguió otro, aún más largo, de casi 12, antes de centrarse por completo en su creación. Sólo entonces, encontró el gran compositor alemán el momento idóneo, quizás también el estado de ánimo, para dedicarse a su ópera más espiritual, una obra enigmática que, según Thomas Hengelbrock, director musical de esta producción realizada en cooperación con el Konzerthaus Dortmund y la Phiharmonie Essen en colaboración con el Goethe Institut, aún no ha podido desvelarse en todos sus matices, a pesar de las innumerables interpretaciones que se han realizado de la misma a lo largo de la historia. Y lo dice quien la ha investigado muy a fondo, remontándose al año 1880 para intentar reconstruir la sonoridad de la orquesta que dirigió el propio Wagner en el estreno, pocos meses antes de morir, y de dejarla, de acuerdo con su testamento, para que fuera representada en Bayreuth de forma exclusiva, único lugar donde, de hecho, pudo verse durante los 30 años siguientes a la desaparición del autor.

Por otra parte, Hengelbrock advierte de que con su interpretación – a través de la búsqueda de la sonoridad de aquella época – tampoco quiere provocar la sensación de que vayan a ser capaces de arrancar demasiados velos, porque, en realidad, asegura que su intención no es desvelar Parsifal, sino todo lo contrario. Con esa sonoridad tan especial, diferente en muchos instrumentos de viento, a causa de su timbre, o también en los de cuerda, porque toda la sección toca con cuerdas de tripa, lo que se pretende es, únicamente, reconstruir la situación en el momento del estreno, dejando que Parsifal continúe siempre siendo pura magia. De modo que si anoche el responsable de la batuta se llevó la entusiasta ovación del público, fue porque, a todas luces, lo había conseguido: transmitir esa magia y ese espíritu metafísico tejido por Wagner a quienes tuvieron la oportunidad de vivir la experiencia en la plenitud de un teatro sobrecogido. Sí, Parsifal es de esas obras tan especiales, que sólo acercándose con impecable sentimiento, acariciando cada nota, es posible llegar al rincón del alma donde reside la música que toca el espíritu y lo conmueve.



Hasta llegar al misticismo más absoluto, especialmente en los actos primero y tercero, cuando Wagner pone más énfasis en la redención, la entrega y la renuncia. Pero, especialmente, en la compasión: el Grial sólo se muestra al que tiene compasión, porque hay un mundo en el que el tiempo se convierte en espacio. La historia de Parsifal aparece, así, en la obra de Wagner, cargada de un simbolismo que bebe de diversas fuentes, no sólo del cristianismo, y que provoca tal carga de emoción mística y existencial, que no es de extrañar que el compositor pidiera que no se aplaudiera, quizás para no romper ese momento de recogimiento colectivo, tradición que su viuda Cosima hizo que se mantuviera durante muchos años.

Pero la magia aquí, en este mundo de tiempos y espacios, necesita para transmitirse de una ejecución muy cuidada por parte de los músicos y los cantantes, dirigidos de forma admirable por la audaz e inteligente batuta del polifacético maestro Hengelbrock. Todos en un abarrotado escenario: los experimentados músicos de la Balthasar-Neumann-Ensemble, el conjunto de carácter internacional fundado por el propio Hengelbrock en 1995, así como el coro Balthasar-Neumann, acompañado por los Pequeños Cantores de la JORCAM. Y todos ellos, esplendidos. Sin olvidar, en el caso del coro, que Parsifal está considerada como la ópera más difícil para un coro. No es tampoco una ópera fácil para las voces solistas: especialmente para el papel de Gurnemanz, el más largo de la ópera, interpretado de forma magistral por el surcoreano Kwangchul Youn, que fue, merecidamente, el más premiado por el público. Por su parte, el tenor neozelandés Simon O’Neill es el encargado de dar voz al salvador Parsifal, en esta versión de concierto sin atriles, donde la única que ha tenido que salir al escenario llevando en las manos la partitura ha sido la contralto sueca Anna Larsson, para cumplir con el reto, que le fue encargado a última hora, de sustituir a Angela Denoke, quien, por enfermedad, no pudo finalmente salir al escenario en esta primera velada para interpretar al único personaje femenino de importancia de toda la obra, Kundry.

Considerado, asimismo, como uno de los roles más difíciles del repertorio alemán, Denoke espera poder interpretarlo en las dos próximas fechas programadas Completan el reparto Matthias Goerne, interpretando a Amfortas, Victor von Halem y Johannes Martin Kränzle, que ya participaron en el estreno de esta versión que tuvo lugar el pasado 20 de enero en Dortmund y, días más tarde, en Essen, cosechando en ambos lugares el mismo gran éxito de público y de crítica con el que seguro que culminarán su estancia en la capital. Las dos próximas fechas en el Teatro Real, son el 31 de enero y el 2 de febrero, para quienes deseen experimentar la magia que Wagner encerró en su testamento espiritual.
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