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El relicario

sábado 02 de febrero de 2013, 19:10h
En los albores del siglo XX, todas las naciones europeas estaban gobernadas por monarquías con sólo tres excepciones republicanas: Francia, Suiza y el minúsculo estado de San Marino. Como consecuencia de la Primera Guerra Mundial de 1914, empero, en el curso de los años veinte fueron cayendo uno tras otro cuatro imperios: Rusia, Alemania, Austria-Hungría y el imperio otomano. Posteriormente, otros monarcas europeos tuvieron que exiliarse ante las embestidas del fascismo o del comunismo. Hoy perduran en el Viejo Continente solamente diez monarquías.
¿Estamos hablando entonces de la inexorable decadencia de los regímenes monárquicos? Esta hipótesis empieza a tambalear no bien advertimos la altísima “calidad” de las monarquías sobrevivientes. Ellas son nada menos que España, Bélgica, Dinamarca, Liechtenstein, Luxemburgo, Mónaco, Noruega, Holanda, Inglaterra y Suecia. ¿Es ésta, acaso, una lista de naciones decadentes o, más bien, un cuadro de honor de naciones excelentes por su alto nivel democrático y social?
Tanto en el norte como en el sur de América tenemos un bajo concepto del pasado porque en los siglos XVIII o XIX debimos liberarnos de una herencia colonial. ¿Hay que concluir por ello que todo pasado fue “peor”? No parecen pensarlo así las diez naciones europeas que guardan su pasado monárquico como si fuera una preciosa reliquia. Por algo continúan siendo monárquicas en pleno siglo Veintiuno. Es que no ven su propio pasado como si fuera un lastre, sino como un valioso capital.
Aquí surge entonces una pregunta inquietante: ¿no será que, debido a nuestra tradición revolucionaria, los americanos tendemos a menospreciar el pasado? ¿No será que a veces nos avergüenza valorar debidamente las proezas de nuestros antepasados porque no queremos que nos juzguen “reaccionarios”? Si estuviéramos actuando así, ¿no estaríamos dilapidando en tal caso un inmenso capital de experiencia y de sabiduría?

Los americanos del norte, sin embargo, ya han empezado a recobrar al menos parte de su pasado. También parecen estar intentándolo los brasileños. ¿Qué diremos entonces de los hispanoamericanos? Que entre nosotros siga imperando cierto “progresismo” para el cual el pasado no dejó lecciones rescatables, ¿es al fin y al cabo una muestra de futurismo o de arcaísmo?

Los hispanoamericanos tenemos un largo pasado. En nombre de un liviano futurismo, ¿tendríamos que denunciarlo en bloque? ¿O habría que discriminar punto por punto, en busca de una síntesis que una lo mejor de nuestras tradiciones con lo mejor de nuestros “futuribles”, de nuestros futuros posibles, sin alabarlos ni condenarlos de antemano en función de un reduccionismo puramente ideológico?

A esta altura del artículo podría venir en ayuda de nuestra reflexión el título que hemos escogido para encabezarlo. El Diccionario define la palabra “reliquia” del modo más simple como “el residuo que queda de un todo”, y da cuenta de “relicario” diciendo que “es el lugar donde están guardadas las reliquias”. Ambos términos conservan un sabor religioso. Guardamos las reliquias y los relicarios como símbolos de un pasado que apreciamos porque de algún modo representa nuestra esencia.

Cada país tiene sus propios relicarios, que pueden ser monárquicos o republicanos. Tomemos un caso actual. Hace pocos días abdicó Beatriz, reina de Holanda, en favor de su hijo Guillermo Alejandro y de la esposa de éste, la argentina Máxima Zorreguieta. Para que el pueblo holandés la aceptara, sin embargo, Máxima debió pasar varias pruebas que no estaban escritas en ningún código. Habla holandés, por lo pronto, como si fuera nativa de su país de adopción. Tiene una simpatía y una belleza desbordantes. Ha dado a luz a tres princesas. Está claramente unida a Guillermo. Como “yapa”, su padre no pudo superar el veto del Parlamento holandés por haber sido ministro de uno de los gobiernos militares argentinos y se alejó discretamente de las ceremonias. Hoy Máxima no solo es “aceptada” sino también “amada” por el pueblo holandés sobre el cual reinará, sin que importe ya que sea “plebeya”. Es una reina de origen extranjero que, por supuesto, no ha sido votada, pero cuya representatividad ya nadie discute.

Mariano Grondona

Doctor en Derecho

MARIANO GRONDONA es Abogado y doctor en Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires

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