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La sombra de la sombra

lunes 04 de febrero de 2013, 20:00h
Alguna vez hemos escrito en esta columna que Mariano Rajoy es, seguramente, el político más acosado y perseguido en tres décadas de democracia. Con saña y con insistencia. Reiteradamente. Por la izquierda en todas sus variantes y disfraces, incapaz de resistirse a su genética tentación totalitaria. Por los nacionalistas, empeñados siempre en sacar tajada desde sus quiméricas ensoñaciones. Y hasta por esa derecha de la derecha, irresponsable e insensata, que juega al catastrofismo, presa de sus nostalgias y de sus peculiares querencias. Este acoso inmisericorde ha usado todos los medios imaginables y algunos otros que nadie había imaginado hasta ahora. Ha buscado todas las complicidades y ha obtenido los más insólitos aliados que, consciente o inconscientemente, se han sumado al mismo proyecto político: Impedir que el Partido Popular presidido por Mariano Rajoy llegase al poder. Y cuando Rajoy se impuso, por el ineluctable veredicto de las urnas, esta elaborada estrategia de la destrucción cambió obligadamente de táctica y se propuso echar a Rajoy y a su Gobierno del poder, a caballo de una supuesta legitimidad de la calle, aprovechando hasta el límite la situación de crisis, saboteando los esfuerzos para sacar adelante a España y a los españoles e inundado al país en un nauseabundo océano de demagogia.

Estamos todavía inmersos en el último episodio de esta operación, que bien podía ser un capítulo de una borgiana historia universal de la infamia. Y Rajoy dio el sábado una respuesta, medida, justa y equilibrada, por medio de un discurso que, muy posiblemente, es el mejor y más importante que ha pronunciado hasta ahora en su carrera política. Quizás su expresión más atinada fue la de calificar a los infundios -mezclados con una admitida pizca de certezas- como “sombra de la sombra”. Porque todo el penoso espectáculo se ha montado no ya sobre pruebas o evidencias, no sobre nada que sea obvio para la mente o el ojo, sino sobre anónimos indicios a los que se atribuye significaciones interesadas, sin ninguna argumentación o ilustración convincentes y haciendo que la carga de la prueba de la inocencia recaiga sobre los acusados.

Hemos vuelto así a unas prácticas penales medievales en virtud de las cuales la democrática presunción de inocencia –de la que, por otra parte, se habla tanto, casi siempre con un consabido retintín- se ha trocado en una presunción de culpabilidad, que se quiere hacer evidente a golpe de titulares escandalosos, de los ladridos de la jauría mediática y de los manipulados trending topics de las redes sociales. Pero Rajoy lo dijo bien claro: “Yo soy responsable de lo que hago, no de lo que se diga”. Y expresó su confianza en la Justicia a la que alegremente suplantan estos autodesignados justicieros. ¿Los jueces? ¿Para qué? Ya están juzgados y sentenciados los culpables, por designio inapelable de esos redentores. Y lo son, por ese juicio paralelo que se expresa por la tripe vía de los medios, de la calle y de internet. Además, ha dejado de ser aplicable el elemental principio del derecho penal moderno, según el cual la culpabilidad es siempre personal y se pretende extenderla a toda una organización, invitando a que se asalten sus sedes sociales.

¿Alguien se ha preguntado por qué se ha producido ahora este nuevo episodio de acoso y derribo? No hay motivos especiales. Han bastado dos escandalosos titulares a toda primera página y la decidida voluntad de desestabilizar al Gobierno legítimo, más la cultura del escándalo que se está apoderando de ciertos medios, a punto de la asfixia financiera, y que estiman que el grito, la insinuación maliciosa, el titular tipo pancarta y el editorial al estilo de Savonarola van a servir para retener a sus menguadas audiencias.

La más patética de las reacciones al discurso de Rajoy fue la del líder de la oposición. Si alguien tenía todavía alguna duda acerca de la talla política de Rubalcaba, el domingo quedó en evidencia su pequeñez y su miseria moral. El contraste entre los dos era apabullante: Por una parte, la dignidad, el respeto a sí mismo y al cargo que desempeña, el honor, que es “la cualidad que impulsa al hombre a conducirse con arreglo a las más elevadas normas morales”. Por la otra, la indignidad (“acción reprobable, impropia de las circunstancias del sujeto que la ejecuta”), la vileza, la incapacidad de mantenerse a la altura que exigen sus responsabilidades.

Desde la oposición, en una democracia, claro está, se puede pedir la dimisión del Presidente del Gobierno, pero hay que saber elegir el momento y las circunstancias, que no lo eran después de la intervención de Rajoy. Una vez más se equivocó Rubalcaba, dando la razón a quienes le aplican el principio de Peter y estiman que si quizás valía como segundón (lo que no deja de ser discutible), como líder de su formación ha llegado a su nivel de incompetencia.

Hace falta tener mucha caradura para, desde la dirección del partido condenado por el Gal y por Filesa, del partido de los eres andaluces, de los encuentros furtivos en las gasolineras, del faisán y de tantos otros pajarracos, hacer un público rasgamiento de vestiduras como el de Rubalcaba. Pero tampoco hay que sorprenderse porque nos hallamos ante un desarrollo más de la hoja de ruta que empezó (por decir algo, porque es todavía más antigua) con el “pacto del Tinell” a finales del 2003 y que el propio Rubalcaba ilustró “brillantemente” el 13 de marzo de 2004. Mientras algún memo iba al notario, él puso en marcha una campaña de mensajes de móvil porque no se utilizaban todavía las redes sociales y, además, se cargó la jornada de reflexión desde la televisión. Después de todo aquello, ¿cómo nos vamos a extrañar de las andanzas rubalcabianas? Posiblemente nos hallamos ante el discípulo español más aprovechado de las técnicas de agit-prop que ideó Lenin, en tiempos mucho menos desarrollados tecnológicamente.

Pero Rajoy se anticipó a su petición de dimisión: “Aconsejo, pues, a quien pretensa desanimarme que no se canse…Si alguien piensa que, mediante el acoso, yo me voy a encoger o que pueda abandonar la tarea que los españoles me han encomendado, tengo que decirle que se equivoca”. Sobrio y contundente. Rubalcaba debía dedicarse a la compleja tarea de apacentar su disperso rebaño y si le importa mínimamente el interés general de España y de los españoles, contribuir efectivamente a la tarea colectiva. Acaso sea mucho pedir.
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