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POR LIBRE

La pornopolítica, las desesperadas y el puro de Rajoy

martes 05 de febrero de 2013, 08:33h
Hace poco, una amiga se escandalizaba por uno de los fenómenos sociológicos más curiosos que ocurre tanto en España como en buena parte del mundo. Se trata del club denominado, con mucha gracia, mala leche y desparpajo, de “las desesperadas”. Son mujeres de cierta edad, divorciadas o que se encuentran solas y cuyo único propósito en la vida es salir y conocer a algún maromo que las pasee. O lo que sea. Cada cual llega hasta donde quiere. Se dejan alardear con tal de sentirse atractivas. Por quien sea y como sea. Tienen cierto complejo de que las tilden de “solteronas” y suspiran con dar la impresión de que tienen muchos planes, que se divierten mucho. El resultado suele ser el contrario. Que las llamen de todo.

Se atildan, perfuman, se ponen el más amplio escote del armario y se lanzan a los innumerables clubes y restaurantes donde acuden este tipo de mujeres y el resto del día lo pasan chateando como locas por Internet, el foro que se ha convertido en el más gigantesco prostíbulo (Facebook es el mejor ejemplo), donde hombres y mujeres quedan, muchas veces sin conocerse apenas. Se han descubierto muchas tragedias ocurridas por esta memez, porque las desesperadas buscan por millones y con ahínco a su media naranja, al primero que las sonríe. Y para ello, están los desesperados que son tantos o más. Y, a veces, peligrosos y, casi siempre, desarrapados.

Es una moda que se multiplica como los hongos y que los de la moral tontorrona aprovechan para llevarse las manos a la cabeza con esta nueva tendencia. Sobre todo las vecinitas y amigas que otean por la ventana, se cuelan en sus páginas de Internet, de Facebook o en el propio correo si son avispadas y se enteran de todo para contárselo a todos. Pero la crítica, a veces, es atroz y desmedida. Son los resquicios de un puritanismo tontorrón que todavía inunda España. Mucho más que el gran escándalo, el gran problema de nuestra nación. Que no es ése. Si no la crisis económica, agravada por la corrupción política. Por fortuna, en nuestra nación no se destituye a uno de los mejores directores de los servicios secretos por descubrirle una amante. El puritanismo español no llega tan lejos como el americano. Pero le falta poco.

Hasta ahora, si un hombre se hacía multimillonario a cualquier precio, estafando, eludiendo a Hacienda o esclavizando a sus trabajadores se le consideraba un hombre de éxito. Era la envidia del barrio. Incluso, todavía, las “veleidades sentimentales” de las mujeres están consideradas una inmoralidad sin paliativos. Una crítica injusta e hipócrita, pues en estas cuestiones a los hombres se les consiente casi todo. Y si somos iguales, lo somos para todo. En España conocemos casos muy conocidos a los que, a la mayoría, este tipo de escapadas no les ha afectado en su vida profesional. Incluso alardean de ello.

El auténtico escándalo, el problema social de España no es, ni de lejos, el aluvión de desesperadas que nos rodea. Es la corrupción. Porque robar no parece ser tan inmoral como debería. Para muchos, es peor que una mujer se vaya con el vecino o con el macarra de enfrente. Una cosa es que un hombre o una mujer tengan una vida alegre (allá cada cual con su moral y sus principios) y, otra, muy diferente, pero mucho más grave consiste en que alguien se lleve el dinero en sacas, el dinero de los contribuyentes, de todos los españoles como si tal cosa. Porque la moral, debería tener unos parámetros que no coinciden con la realidad ni con la justicia. Una cosa son las desesperadas y otras los ladrones. Sobre todo, los políticos. Seguro que pocos. Pero voraces y sin escrúpulos.

Y ahí tenemos al presidente del Gobierno, Nadie piensa, ni de lejos, que sea infiel ni que trinque el dinero que no le corresponde. Nadie. Pero se ha llevado el susto de su vida. Con lo contento que estaba él cuando abrió los portones de La Moncloa. Ya era presidente del Gobierno, un sueño que pocos pensaba que lograría. Seguro, que ni él. Pero en cuanto empezó a levantar las alfombras, se encontró más basura que en las montañas de los estercoleros brasileños. No había por dónde empezar. No había quién limpiara aquello. Y el sueño se desvaneció. Y apareció con toda crudeza la tragedia. La suya y la de España. Le habían engañado. Nos habían engañado.

Poco más de un año después, la basura le ha perseguido más que los escoltas. En las cuentas públicas, en las Autonomías, en los pueblos, en su partido, en una parte de la clase política. Y, ahora, anda husmeando por los pasillos de Génova para averiguar si en verdad alguien ha trincado de la caja. Ya sabe que su tesorero era un chorizo pringoso. Ahora hay que averiguar quiénes le acompañaban en sus fechorías. Si es que los había. O el señor Bárcenas se lo llevó crudo él solito.

Pero el problema del presidente del Gobierno es que todo se lo toma con una calma exasperante. Sus pasos, más que prudentes, son cansinos. Y la situación no está para andar despacio. Porque las acusaciones son de tal envergadura que debería haberse lanzado desde el primer día y a toda velocidad a husmear, revisar todos los papeles que queden y, o bien destapar las corruptelas con nombres y apellidos, o bien empezar a atacar sin piedad a todos los que han acusado al PP de andar trajinando con sobrecitos llenos de billetes. Las explicaciones de este sábado son tardías. Y, aunque rotundas y contundentes, se dejó muchas incógnitas en el aire y ni anunció querellas ni acciones de ningún tipo. Se limitó a negarlo con fuerza y convicción. “Todo es falso” Seguramente, ni él sabe de verdad lo que pasó.

Y si Bárcenas y compañía tienen que dar con sus huesos en la cárcel por robar hasta en los supermercados, el propio Gobierno debería animar a la Justicia para que llegue hasta el final. Porque, es verdad, que de momento, no hay pruebas de peso. Sólo filtraciones interesadas, venganzas y algún abogado despechado escribiendo articulitos ahora, en lugar de haberlo denunciado en su momento, de encubrir un delito, incluso, de ser cómplice. Pero si es verdad que en el PP se manejaban sobres con sobresueldos, mientras Rajoy se fumaba un puro en su despacho, debería dimitir hasta el potito. Y el primero Rajoy, aunque ni lo supiera. Él asegura que no. Que jamás ha circulado dinero negro en Génova. Bueno, Bárcenas parece ser que trasteó con algunos milloncetes. En Génova o en los aledaños.

Es demasiado grave todo para pasar página. España ya tiene bastante con la crisis y el consiguiente desempleo para que la opinión pública pueda creer que, mientras millones de ciudadanos hacen cola en el INEM y en los comedores sociales, un puñado de políticos se forra sin escrúpulos. Aquí no se salva nadie. El dinero presuntamente robado pertenece a los españoles, no al político trincón de turno. Y si, como asegura, es todo falso, que Rajoy emplee toda la artillería de querellas a su alcance para poner a cada uno en su sitio. Porque no es que apeste. Es que no hay quien respire. Y, ése, el batallón de corruptos que andan con los fajos de mano en mano, es, en realidad, el auténtico escándalo de España. Hay que defender a las desesperadas de los ataques de la moralina ultra y, de paso, que alegren un poco el cotarro. Porque, los demás, ya estamos más que desesperados. Pero, no, precisamente, de las desesperadas.