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POR LIBRE

El carnaval de España: todos disfrazados

martes 12 de febrero de 2013, 08:31h
Estamos de carnaval. Pero, desde cuándo. Porque en España lo de las bacanales y saturnales, los disfraces y desfiles, las comparsas y mascaradas no empiezan ahora. Llevamos un largo periodo. Comenzó Zapatero con la fiesta. Y, desde entonces, el carnaval dura todo el año. Y llevamos muchos años sin parar de bailar de un lado para otro. Arriba y abajo. Como la Bolsa o la maldita prima de riesgo. Somos pura comparsa. La crisis baila la samba.

Cuentan los historiadores, que ya los egipcios, los romanos y los griegos, hace miles de años, celebraban por estas fechas rituales paganos frente a la represión política y sexual. Era la época de la permisividad. Pero, por si acaso, se disfrazaban y ocultaban sus rostros tras las máscaras para no ser reconocidos.

Como ahora. Algunos políticos se disfrazan de honestos y honrados para recabar votos, ejercer el poder y, más de uno, para robar la cartera a los contribuyentes. Los sindicatos UGT, CCOO y sus comparsas no paran de desfilar y tomar cañitas para celebrar cualquier bacanal que deteriore al Gobierno. La derecha al paredón.

Rajoy se pone una enorme máscara cada vez que va a Bruselas para ocultar los millones de parados y los escándalos, que, reales o falsos, le persiguen como si fueran su sombra. Y cuando vuelve a España, se disfraza de bombero para apagar fuegos. El gran incendio que todo lo abrasa. Rubalcaba pone cara de simpático y de bueno y canta la misma comparsa todos los días: que dimita Rajoy. Será para ponerse él y arreglar el país. Y los nacionalistas se toman todo a chota: las leyes, la Constitución y lo que haga falta para ocultar sus trapicheos y corruptelas tras la máscara del secesionismo. Qué pesaditos. Qué tabarra.

Menudo Carnaval. Es verdad, que las comparsas gaditanas no dejan títere con cabeza. Pero por aquí ya nadie tiene cabeza. Y todos parecen títeres. Este año se van a poner las botas. Y no sólo de vino.

Dicen que el carnaval más grande del mundo es el de Río de Janeiro. Allí todo es bulla. Pero nadie sabe si uno baila con un hombre o una mujer. Todos están travestidos. Con la samba tronando por todos los rincones, riadas de enloquecidos se apretujan por las calles intoxicados con todo tipo de sustancias. No hay quien lo soporte.

En Venecia, en cambio, las góndolas recorren los callados vericuetos de los canales, donde las más bellas máscaras del mundo ocultan a sus protagonistas que desembarcan en las escalinatas de los desvencijados palacetes para bailar con suavidad sobre el vetusto y encerado parqué de los salones, como si el tiempo estuviera detenido.

Pero España, como se decía antes, es diferente. Por estos lares, el carnaval está en los periódicos, en la televisión, en la radio. Todos aparecen disfrazados. Pero al paro y a la corrupción ya no hay quien les ponga máscara.

Y muchos, por aprovechar la coartada, celebran su particular carnaval. Este fin de semana se han celebrado cientos o miles de fiestecitas caseras o discotequeras, donde unos cuantos aburridos han aprovechado la ocasión para hacer como si se lo pasaran bien. Por lo general, para hacer el ridículo. Porque las bacanales griegas y romanas eran de verdad. Aquí, todo lo más, alguno se emborracha y casi todos bostezan mientras bailan como posesos para disimular la ridiculez de los disfraces y de los antifaces que se han puesto para hacerse los graciosos. Aunque siempre hay un pillo que caza pieza y se va con la fiesta a otra parte. Y no como Bárcenas, precisamente.

Pero el carnaval de verdad está en la calle cada día y a cada hora. España está de carnaval y llena de pillos. Pero no para cazar pieza. Más bien, para robarte la cartera y disfrazarse de samaritano. Y, ahora, más que nunca. Que siga la fiesta. Menuda bacanal. Menuda comparsa.