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EPPUR SI MUOVE

Benedicto XVI, un Papa bueno

miércoles 13 de febrero de 2013, 10:58h
Según Chesterton, “la Iglesia nos pide que al entrar en ella nos quitemos el sombrero, no la cabeza”. Benedicto XVI ha dado muestras durante todo su pontificado de tener una cabeza muy bien amueblada, y prueba de ello es su renuncia por “falta de fuerzas”. Todo lo que rodea al Papa, la Iglesia y el Vaticano -y no necesariamente en este orden- suele suscitar una gran expectación. Vende. De ahí que a lo largo de estos días no faltarán los que hagan cábalas, formulen teorías de la conspiración y vaticinen los porqués de esta decisión.

No hay tal. Los retos de estos casi ocho años de papado han sido enormes. La dedicación con la que Benedicto XVI los ha afrontado desgasta a cualquiera, y más a un hombre cuya salud no era precisamente fuerte y que tiene ya 85 años. Benedicto XVI, dentro de poco otra vez Joseph Ratzinger, deja paso. Y deja atrás un legado que el tiempo se encargará de poner en valor: 24 viajes pastorales, discursos, 3 encíclicas e intervenciones públicas sobre los asuntos más variados que han causado de todo menos indiferencia.

Siendo un hombre afable y tranquilo, no ha vacilado a la hora de expresar con claridad lo que quería decir. Desde asuntos tan espinosos como defender la instauración de un estado palestino hasta la condena de la guerra de Irak, el Papa ha mostrado siempre su total rechazo a la violencia. Es más, cuando algunos le reprocharon el tema de Irak aludiendo a la “occidentalidad” de Roma, él sostuvo que la Iglesia “no es occidental, sino católica”. Tampoco hicieron mella alguna en su ánimo las furibundas reacciones del mundo islámico cuando durante una conferencia en Ratisbona -Alemania- recabó la siguiente cita del emperador bizantino Manuel II Paeólogo: “muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba”. Añadía que “matar a inocentes en nombre de Dios es una ofensa contra Él y contra la dignidad humana”, dejando en evidencia a otros credos cuya posición en este punto es bastante más meliflua.

Hizo suyas también las palabras de otro gran Pontífice, Pío XI, quien en 1930 criticaba a los nacionalismos diciendo que “solamente espíritus superficiales pueden caer en el error de hablar de un Dios nacional, de una religión nacional, y emprender la loca tarea de aprisionar en los límites de un pueblo solo, en la estrechez étnica de una sola raza, a Dios, creador del mundo, rey y legislador de los pueblos, ante cuya grandeza las naciones son como gotas de agua en el caldero”. La futilidad con la que vivimos a diario nos hace fijarnos en la anécdota sin reparar en lo que de verdad importa. Es por eso que muchos conocen más a Benedicto XVI por lo que han dicho o escrito de él que por lo que él realmente ha dicho o escrito. De su vasta impronta teológica dan fe sus múltiples obras, destacando el nombre que eligió para su primera encíclica: Deus Caritas Est.

Como todos los papas, Benedicto XVI tiene escudo propio. Y en él ocupa un lugar preferente la concha de peregrino, con la que quería dejar patente su intención de seguir las huellas de su antecesor Juan Pablo II, gran peregrino por todo el mundo. La casulla que llevó en la solemne liturgia del inicio de su pontificado, tenía bordada una gran concha. Quiere ser también recuerdo de la anécdota de San Agustín y el niño que con una concha quería meter toda el agua del mar en un agujero hecho en la arena: el esfuerzo resultaba tan inútil como tratar de meter la infinitud de Dios en la limitada mente humana. Humildad y bondad a partes iguales. Vielen dank.