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CRÍTICA

Joyce Carol Oates: Hermana mía, mi amor

domingo 17 de febrero de 2013, 13:13h
Joyce Carol Oates: Hermana mía, mi amor. Traducción de José Luis López Muñoz. Alfaguara. Madrid, 212. 640 páginas. 26 €. Libro electrónico: 11,99 €
La hermosa niña de apenas seis años fue hallada sin vida en el sótano de la casa de sus padres, ocho horas después de haber sido denunciada su desaparición y tras la aparición de una nota de rescate. El caso ganó atención cuando no se presentaron cargos contra ningún sospechoso y los indicios apuntaban como responsables a los propios padres de la menor. Tras los peritajes se concluyó que había sido amordazada, estrangulada y violada. Aun cuando se encontraron restos de saliva en su ropa interior, no pudo hallarse al autor del crimen y el caso continúa sin resolverse.

JonBenet Ramsey había nacido en Atlanta Georgia pero, con tan solo un año de vida, se mudó junto a su familia a Colorado. JonBenet era un acrónimo del primer y segundo nombre de su padre, John Bennett Ramsey empresario exitoso, presidente y ejecutivo de una compañía de servicios informático. La madre fue Patricia "Patsy" Ramsey (1956-2006) que había sido reina de belleza en su juventud y estaba obsesionada con que su pequeña hija siguiera sus pasos y para ello la presentó en numerosos concursos de belleza e, incluso, llegó a financiar algunos certámenes donde la pequeña JonBenet participó. Su hermano, Burke (1987), tres años mayor que la malograda JonBenet, completaba la postal familiar del American Dream.

La menor de los Benet obtuvo diversos títulos en concursos de belleza y fue, quizás, la niña de seis años más famosa de la historia de los Estados Unidos. Muy parecida a un ángel, en la fotografía que circuló por la prensa mundial llevaba puesta una vincha de florecillas blancas, una hermosa cabellera rubia que caía en tirabuzones dorados sobrepasando apenas los hombros, un par de húmedos ojos turquesas bien abiertos y una sonrisa de labial carmesí que encogía el corazón.

Hasta aquí la verdadera protagonista de una horripilante crónica negra ocurrida en los Estados Unidos a fines del siglo XX que recorrió las páginas de lo que la autora de Hermana mía, mi amor denominó, “Infierno de la Prensa Sensacionalista”, aun cuando en la Nota Preliminar deslinde responsabilidades al afirmar que “no se propone en absoluto representar a personas, lugares o acontecimientos reales”.

La novela de la prolífica novelista y crítica literaria norteamericana Joyce Carol Oates (Nueva York, 1938) toma como inspiración el célebre caso policial y desarrolla una profusa novela de más de 600 páginas, cuyo eje no está en la biografía de la menor asesinada sino en las percepciones de su hermano mayor. “El hombrecito de mamá” es una figura desdibujada, apenas “una nota al pie”, un fracaso para la postal de fama, fortuna y gloria que la familia Rampike (cualquier parecido con la familia Rampsey es apenas una estrategia narrativa) se esforzó en mostrar a la opinión pública. Pero Skyler, también encarna otra enfermedad, la del cuerpo social, que es mucho más compleja: la patologización de la infancia. En efecto, a través de la memoria entrecortada y dispersa del narrador podemos descubrir las numerosas psicopatologías que lo acosan y que, de acuerdo a la mirada médica -o, mejor dicho, al negocio pingüe de la medicina en una sociedad de mercado- se traduce en numerosas pastillas de diversas formas y colores que intentan neutralizar los efectos de varias siglas incomprensibles, pero estructurantes: TDA, SRC, ERS o sea: Trastorno de Déficit de Atención, Síndrome Repetitivo Compulsivo y Elevado Riesgo de Suicidio.


Apenas abrir el grueso ejemplar de Hermana mía, mi amor, los lectores hallarán la siguiente dedicatoria: “En memoria de mi hermana Bliss (1990-1997)”. Una inteligente estrategia pragmática que invita a establecer un nuevo pacto de lectura, en el que a partir de allí, la voz del narrador será la misma que la del autor -no ya J. C. Oates- sino Skyler Rampike, con sus titubeos, sus iteraciones e, incluso, su torpeza al narrar y su autoestima muy baja. Así, según Skyler: “este documento no será cronológico ni lineal sino que seguirá un camino de asociaciones espontáneas organizadas por una lógica interior férrea (aunque imperceptible); nada literario, un relato sin pretensiones, de una tosquedad desarmante de aficionado, que estará atormentado por los remordimientos [...]”.


¿Es la novela de Oates la narración testimonial de un “superviviente”? ¿Es posible hallar las marcas de un autor atormentado exponiéndose al desnudo a lo largo de más de 600 páginas? En parte sí y en parte, no. Digamos que la novela de Joyce Carol Oates representa un desafío para los lectores. Aquellos que estén dispuestos a superar una narración con sabor a best seller, o sea, con el sabor de que “ésto-ya-lo-vi-en-cientos-de-películas-de-Hollywood” o, al contrario, para aquellos lectores ávidos consumidores de los grandes tanques de la industria del entretenimiento, Hermana mía, mi amor, no traiciona. Y para aquel público que busca no solo entretenerse, sino emocionarse y quedarse pensando, en la obra de la autora norteamericana verá la luz, al final del túnel. En otras palabras, hallará interés al avanzar la trama y le sorprenderá la aparición de algunos guiños intelectuales -como la lúcida cita de Lacan: “Toda foto es póstuma”-, citas del psicoanálisis freudiano, de la filosofía de Aristóteles o de la insoportable levedad del ser en la condición posmoderna.


Asimismo, la inclusión de estrategias gráficas -borroneados, tachaduras, cuadrados negros- junto a un dossier (un diario adolescente en hojas de color gris), y la carta manuscrita de la madre de Skyler y Bliss aportan dinamismo y originalidad a la obra. Por todo ello, la edición de lujo de este libro es, a todas luces, bienvenida. Aun cuando, una vez más, transforme en espectáculo para las masas el lado más oscuro de la naturaleza humana. Algo que la industria norteamericana sabe hacer muy bien y lo traduce en millones.

Por Verónica Meo Laos
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