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TRIBUNA

Un gigante del espíritu

miércoles 20 de febrero de 2013, 08:42h
La renuncia al papado de Benedicto XVI ha causado una enorme sorpresa por la falta de precedentes y algunos que rebuscadamente se han mencionado poco tienen que ver con esta inesperada decisión. Nada tiene que ver, por ejemplo, con la insólita decisión del Papa, la renuncia de Gregorio XII en 1415, que se produjo, forzado por los cardenales, con el propósito de poner fin al llamado Gran Cisma de Occidente, cuando había un papa en Roma y otro en Aviñón. En un momento incluso llegó a haber tres “papas” y uno de ellos, el aragonés Benedicto XIII, “el Papa Luna”, se retiró a Peñíscola, donde vivió hasta muerte en 1423, pero sin dejar de considerarse Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, aunque no era más que un “antipapa”, una categoría que no escaseó en la historia de la Iglesia medieval . Seguramente el único precedente válido es el de Celestino V, un monje benedictino que, en 1294, renunció a los pocos meses de haber sido elegido canónicamente papa y volvió a su convento.

Me parece bastante probable que el todavía “Papa Ratzinger” siempre haya tenido presente a este lejano antecesor y que, desde el principio, haya sopesado su ejemplo y la posibilidad de una renuncia similar al Solio Pontificio. Es muy significativo, en efecto, que en 2009, tras el terremoto que destruyó la ciudad de L’Aquila, Benedicto XVI visitó la zona y se detuvo en la cercana localidad de Sulmona, donde, precisamente, había nacido el fugaz Celestino V. Ante la urna que contiene sus restos, se despojó del palio arzobispal —la banda blanca con cruces negras que se coloca sobre los hombros y cae por el pecho- y la depositó en homenaje sobre la misma. Al año siguiente, en el mes de julio, volvió a Sulmona para conmemorar el octavo centenario del nacimiento de Celestino y pronunció unas palabras en las que destacó la capacidad de éste para “el silencio interior” y su “vívida experiencia de la belleza de la Creación”.

Pero la rareza de los precedentes no significa que Benedicto XVI haya actuado de una manera irresponsable. En el moderno Código de Derecho Canónico, que fue promulgado por Juan Pablo II en 1983, hay un canon, el 332.2 que dice así: “Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie”. El texto en latín, la lengua oficial de la Iglesia, leído por el Papa ante los cardenales, cumple, sin duda, estos requisitos y tiene, por lo tanto, una validez que nadie le ha negado, aunque a algunos no les ha gustado. No ha sido muy delicada la reacción del arzobispo de Cracovia, antiguo secretario de Juan Pablo II, afirmando que “de la Cruz no se baja”, en un intempestivo intento de comparar la libérrima decisión de Benedicto XVI con el sacrificado comportamiento de su antecesor, que prefirió mantenerse en el Solio hasta el final. Son diferentes maneras de entender la misión de servir a la Iglesia, tan respetable la una como la otra y que no pueden tener más juez que la conciencia de los interesados.

Me parecen absolutamente fuera de lugar las especulaciones que se han hecho sobre el futuro de Benedicto XVI como las que se preguntan qué pasa con la infalibilidad y las estúpidas que estiman que será “un asesor de lujo” del futuro papa o, por el contrario se plantean qué pasará si su sucesor toma decisiones contrarias a las de Benedicto XVI. Por no hablar de las que se preocupan por cómo se vestirá o qué atuendos llevará el hasta ahora Papa.Todas ellas muestran una enorme ignorancia de la teología y del derecho canónico.

Como era de esperar se han multiplicado las especulaciones sobre los motivos de la sorprendente renuncia. La falta de vigor físico de Benedicto XVI era evidente en los últimos tiempos y es explicable que no se haya sentido con fuerzas para proseguir con la ingente tarea que tiene que asumir un Papa. Pero que Benedicto XVI ha tenido dificultades con la Curia es un hecho sabido. Parece bastante seguro que después de los pasados abusos que se cometieron en el manejo de las finanzas pontificias (¿recuerdan a monseñor Marcinkus?) y de los intentos de Juan Pablo II de poner orden en ese delicado terreno, se habían reproducido algunas malas prácticas. Se explica así que hace ya casi un año fuera destituido el presidente del Instituto para las Obras de Religión, que es como se denomina el departamento financiero del Vaticano, Ettore Tedeschi, y que Benedicto XVI no haya querido marcharse sin terminar esa tarea, aceptando la propuesta que le ha hecho la Comisión Cardenalicia y nombrando para el puesto al alemán Ernst von Freyburg. Tampoco han faltado las críticas de quienes han estimado que esa designación debía haberla dejado a su sucesor. Por críticas que no quede.

También parece haber tenido dificultades Benedicto XVI con la Curia a propósito del desagradable asunto de los casos de pederastia ya que, frente a su deseo de actuar con el máximo de transparencia y responsabilidad, la cultura del secretismo, propia de todas las burocracias, prefería “lavar los trapos sucios en casa”, lo que en la práctica equivalía a la impunidad de los culpables. El daño que ha hecho a la Iglesia esta conducta es enorme, pero el buen criterio de Benedicto XVI se ha impuesto a las resistencias típicas de quienes siempre ven al jefe como un “temporero” que acabará marchándose o muriéndose, mientras ellos, los burócratas, clérigos o laicos, continuarán. Han sido batallas ganadas por Benedicto XVI pero que, inevitablemente, le han desgastado y, muy posiblemente, decepcionado.

El pontificado de Benedicto XVI ha sido corto, pero va a dejar una huella profunda, aunque no haya conseguido todos sus objetivos. En poco tiempo este hombre menudo de talla se ha mostrado como un gigante del espíritu, pero también un gigante intelectual. Como un nuevo Tomás de Aquino ha querido demostrar que la fe y la razón son plenamente compatibles y sus diálogos con Jurgen Habermas o Marcello Pera son aportaciones de un elevado valor, como lo es su crítica del relativismo, acertadamente señalado como el mal que explica la crisis profunda que afecta a la civilización occidental. Desde esta columna nos hemos ocupado de su preocupación por Europa (“Benedicto de Europa”, 8-11-2010) y de la capacidad de convocatoria que mostró cuando hace algo más de un año vino a Madrid a la Jornada Mundial de la Juventud (“Benedicto XVI, un liderazgo moral”, 22-08- 2011). Es todo un mensaje que haya declarado a 2013 “Año de la Fe”. Sus aportaciones doctrinales han enriquecido el acervo de la Iglesia en un sentido moderno. Se equivocan los que le etiquetan críticamente de conservador o los que le atribuyen la voluntad de ir en contra del Concilio Vaticano II.

Me parece que nadie como él ha diagnosticado las causas de esa crisis que está hundiendo a Occidente. Cuando sólo era todavía el cardenal Ratzinger, en una conferencia pronunciada en Berlín en 2000 y ampliada después en 2004 ante el Senado italiano, analizaba lúcidamente la raíz del mal occidental: “Hay aquí en Occidente un odio de sí mismo que es extraño y que puede considerarse como algo patológico; Occidente intenta, ciertamente, abrirse, de una manera digna de alabanza, a los valores externos, pero no se ama a sí mismo; en su historia sólo ve lo que es despreciable y destructivo, pero ya no está en disposición de percibir lo que es grande y puro. Europa, para sobrevivir, tiene necesidad de una nueva aceptación de sí misma, ciertamente crítica y humilde”. Lo cierto es que Europa no le ha hecho mucho caso. Y España no digamos. Voluntariamente, incluso con rabia y desprecio, Europa ha querido desconectarse de sus raíces cristianas, apostando por el vacío relativismo del “todo vale” que inevitablemente conduce no ya al agnosticismo sino al ateísmo declarado, que cada vez se exhibe más desafiante. Y por ahí no hay salida como ha demostrado palmariamente la historia de nuestro tiempo.