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crítica de ópera

[i]Così fan tutte[/i]: Haneke pone a prueba los sentimientos

domingo 24 de febrero de 2013, 10:39h
Este sábado ha tenido lugar en el Teatro Real el exitoso estreno de la ópera de Mozart Così fan tutte con la ausencia de su director de escena, Michael Haneke, que se encuentra en Los Ángeles para asistir a la ceremonia de los Oscar donde su último y aclamado filme, Amour, opta a los prestigiosos premios en cinco de sus categorías.
Después de dos meses de intenso trabajo rodeado de secreto, Michael Haneke dejaba Madrid nada más finalizar el ensayo general de la famosa obra de Mozart para viajar a Hollywood justo a tiempo para llegar a la gala de los Oscar. Excusaba su ausencia en el esperadísimo estreno mundial de la nueva producción del Real a través de una nota dirigida a los asistentes, a quienes deseaba “una velada excitante”, a la vez que pedía a todos, incluso a aquellos a los que no les hubiera gustado, que cruzaran los dedos por él de cara a la gran fiesta del cine de este domingo. Hace unos días, Haneke confesaba su nerviosismo ante la cita californiana, negándose todavía a dar cualquier tipo de pista acerca de la segunda ópera que ha dirigido después de Don Giovanni, también de Mozart y encargo asimismo del director artístico del teatro de la Plaza de Oriente, Gerard Mortier. No es de extrañar, por tanto, que la expectación ante el estreno de Cosí fan tutte diera lugar anoche a un teatro en el que no quedaba ni un asiento libre, con numerosa prensa extranjera y cámaras esperando tanto a la entrada como a la salida del espectáculo para no perderse a los famosos que, a su vez, no habían querido perderse el que es, sin duda, uno de los grandes acontecimientos líricos de la presente temporada a nivel internacional.

Quien sí daba una importante pista sobre la obra que acaba de estrenarse en Madrid era Mortier al declarar que le gustaría que todos los que hacen ópera fueran tan profesionales como el director austriaco. “Una cosa magnífica”, decía, “sólo se hace con mucho trabajo y dedicación”. Las palabras de Mortier cobran, después de la velada de estreno de este sábado, todo su sentido, porque en el Così fan tutte de Haneke la profundidad de una ópera que no siempre la tuvo, más bien al contrario, se extiende a cada rincón del escenario, a cada mínima expresión vocal o actoral de sus intérpretes y desprende ese aire de calidad que sólo puede llevar un trabajo medido y ensayado al máximo. El dramma giocoso en dos actos compuesto por el genial Mozart en una de las etapas más oscuras de su vida, con libreto de Lorenzo Da Ponte, aparece moldeado con sumo “amour” por las sensibles manos de Haneke que extraen aún más intensidad al aparente frívolo juego amoroso que protagoniza la ópera estrenada en Viena en 1790 con una acogida bastante discreta por parte del respetable. Haneke se siente a gusto con la escritura realista de Da Ponte, como él mismo aseguraba a los medios, y así lo demuestra a la hora de perfilar con detalle a cada uno de los personajes para que, en ningún momento, puedan fallarle a la trama y, de paso, a la bellísima partitura de refinamiento melódico cargada de arias, tercetos, cuartetos y quintetos.



El equilibrio con el que se ha movido Haneke parte de los dos momentos a tener en cuenta a la hora de poner en escena una ópera: la época en la que se escribió y el tiempo actual en el que va a escucharse. El aclamado director teje su trabajo desde el convencimiento de que si tuviéramos la posibilidad de trasladarnos para asistir a una ópera de la época de Mozart, lo más probable es que la encontráramos extraña ya que la escucharíamos y la veríamos con los oídos y los ojos de hoy. Y no son los mismos. Sí lo son, en todo caso, los sentimientos, las pasiones, los celos, las intrigas, las traiciones. En definitiva, el amor, todo lo bueno y lo malo que le rodea, incluida la corrupción de un sentimiento sobre el que, como todo en la vida, se puede influenciar. Haneke sitúa la escena en una elegante villa napolitana con una escenografía, cuyo responsable es Christoph Kanter, de carácter sobrio caracterizada por los cambios en la iluminación, especialmente de la luz “natural” que marca las horas del único día en el que se ha comprimido el completo desarrollo de la trama. Es media mañana cuando los elegantes invitados, la mayoría ataviados con trajes de época, son recibidos en la terraza desde la que se adivina el mar Tirreno y noche cerrada, cuando las pasiones se han desatado sin remedio. A punto está de volver a despuntar el alba en el momento final, cuando cae el telón sin que, ni en el escenario ni en la vida, hayan podido volver a amarrarse como deberían los lazos entre las parejas de enamorados que han visto poner a prueba ese sentimiento que sólo unas horas antes creían inalterable, a prueba de cualquier bomba en forma de apuesta que un cínico Don Alfonso necesita no sólo para divertirse, sino, sobre todo, para continuar alimentando la amargura del que no quiere padecer de desamores en solitario.

¿Acaso don Alfonso necesita probar una y otra vez que su mala suerte en el amor ha sido sólo culpa de las mujeres, esos seres volubles cuyos corazones no saben de fidelidad? “Siembra en el aire quien funda sus esperanzas en el corazón de una mujer”, canta convencido el filosófico galán a sus dos jóvenes amigos, Guglielmo y Ferrando, quienes, por su parte, niegan de plano tal afirmación y se ofrecen gustosos a apostar con él que sus enamoradas, Fiordiligi y Dorabella, jamás les serían infieles. Parecen estos jóvenes no saber del peligro de las pruebas de amor, que tantas veces acaban estallando en las manos de aquellos que osaron ponerlo a prueba y se colocan, insensatos ellos, a las órdenes del escéptico don Alfonso para perpetrar un engaño que desemboca, más que nada, en el final de la inocencia. Porque aunque se ha acusado tantas veces de misoginia a esta obra de Mozart, cuyo título es ya bastante sospechoso, “Así hacen todas”, o lo que es lo mismo, “Todas son iguales”, lo cierto es que el personaje de Despina, igualmente cínica y resabiada, es el contrapunto perfecto del elegante caballero. Así, mientras Alfonso alecciona a sus discípulos sobre la inconstancia del amor femenino, Despina se dirige a las chicas para advertirles de las palabras huecas de los hombres, intentando convencerlas de que ellos jamás serán fieles y que lo único que merecen es que se les pague con la misma moneda. “De esos bárbaros no hay que tener piedad”, canta, a su vez, ella. Aunque, al final, sean precisamente los enamorados quienes desempeñen el rol definitivo a la hora de probar a sus amadas y, sin darse cuenta, de probarse a si mismos no sólo en el amor, también en la amistad, el orgullo o la revancha, quizás la parte más interesante de la trama.



No se trata entonces de hombres y de mujeres, sino que es la edad, la experiencia que deja muescas imborrables, lo que funciona como verdadero antídoto contra el desengaño en el amor, aunque al mismo tiempo suponga dejar de creer en algo tan mágico y perfecto como los Reyes Magos. La simétrica obra de Mozart está tan cargada de ambigüedades como lo está el propio amor, del que Da Ponte escribe que “ya no es amor si en vez de dar placer, nos atormenta”. Y cada uno de los personajes juega en la obra un papel sin el cual todo el entramado quedaría inconcluso, falto de esa profundidad de caracteres y, por lo tanto, de posibilidades que Haneke, explorador de sentimientos, exprime sin piedad. Sin las particulares y distintas reacciones de cada uno de ellos ante el engaño, propio o ajeno, sería imposible que la obra, de casi cuatro horas de duración, fuera capaz de mostrar como lo hace que las relaciones amorosas son el tema más complejo y eterno de la existencia humana. Lo eran en 1790, también en siglo XIX, cuando se consideraba esta ópera inmoral, lo son hoy y lo serán, afortunadamente, siempre.

El reparto es, por ello, un factor crucial de la obra. Y en el caso de las dos parejas de enamorados se precisa de cantantes muy jóvenes pero capaces de interpretar unos papeles de enorme intensidad. Más de 20 audiciones, confesaba Mortier que fueron necesarias para dar con los cantantes que se subirán al escenario del coliseo madrileño en un total de diez representaciones hasta el próximo 17 de marzo y, aunque el director artístico del Real también aseguraba que llegó a creer que resultaría imposible encontrarlos, sin duda, se ha conseguido, porque todos ellos han brillado en sus soberbias interpretaciones. En especial, la soprano alemana Anett Fritsch, quien ha protagonizado momentos intensos con su personaje de la atormentada e indecisa Fiordiligi y que, junto al tenor argentino Juan Francisco Gatell, han sido los más premiados por el público. Gran calidad igualmente la que ha demostrado la mezzosoprano italiana Paola Gardina con una estupenda interpretación, tanto vocal como actoral, de Dorabella, así como William Shimell, uno de los bajo-barítonos más destacados de Gran Bretaña, con su rol de don Alfonso. La soprano sueca Kerstin Averno y el bajo-barítono alemán Andreas Wolf completan el elenco, que ha estado acompañado por el Coro Titular del Teatro Real, Coro Intermezzo, dirigido por Andrés Maspero. En el foso, la experta batuta de Sylvain Crambeling se ha puesto al frente de la Orquesta Titular del Teatro Real, Orquesta Sinfónica de Madrid, para ejecutar la melódica partitura respetando las pausas dramáticas con las que Haneke subrayaba con eficacia la intriga en el devenir de las paciones.
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