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Un punto de inflexión

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
El debate sobre el estado de la Nación de la pasada semana es muy probable que pase a la historia de nuestra democracia como un importante punto de inflexión. Tras los siete años perdidos bajo la égida de Zapatero –sobre los que tanto le molesta volver a la izquierda, pero que son de indispensable recordación porque si no, no entenderíamos nada de lo que nos pasa y de por qué nos pasa, por decirlo orteguianamente- y tras un año de puesta a punto y de sentar las bases para el futuro, Rajoy trazó en su discurso un ambicioso plan de futuro. Su última frase, “tenemos futuro…España tiene futuro”, es quizás el mensaje más importante. Algo que ocurre, además, después de una larga fase en la que la decepción y el pesimismo, potenciados por un izquierda irresponsable -ayuna de cualquier asomo de conciencia del interés general, por no hablar de patriotismo, que es un concepto que ni entienden y que les viene demasiado grande- han presidido el panorama nacional.

A caballo de una tan supuesta como falsa legitimidad de la calle, operada en un noventa por ciento por los profesionales de la algarada, trufados de los inevitables ejercientes de vandalismo urbano, que se apuntan al follón por el follón, aunque ignoren de qué va, se ha creado un falso ambiente de protesta por la protesta cuyo único propósito objetivo era sabotear las inevitables y muy a menudo desagradables medidas tomadas por el Gobierno para sacar a España del abismo en que la había sumido una gestión demencial, en un contexto internacional totalmente adverso, al que se prefirió ignorar, al menos entre 2006 y 2010. Rajoy ha dejado clara su prioridad que no es otra que anteponer el interés nacional a los intereses de su partido. Algo que para la oposición es ininteligible porque ellos andan en otra batalla: no hay más que ver y oír las reacciones de unos y otros a su discurso. Eso le ha costado al Presidente, en estos meses pasados, un aluvión críticas y un enorme coste en popularidad, tal y como es medida en las encuestas, que nunca son el instrumento definitivo de la opinión pública. Pero él lo ha explicado de una manera contundente: He incumplido mis promesas –hechas de buena fe, podía haber añadido- pero he cumplido con mi deber. Una frase –y una actitud- que refleja su condición de hombre de Estado y que, por contraste, revela la enanez política de quienes pretendían darle la réplica.

El discurso de Rajoy no se quedó en generalidades sino que entró a fondo en los más acuciantes problemas que pesan en este momento sobre nuestra sociedad: la necesidad de crecimiento económico que potencie la inversión y la creación de empleo, el bochornoso problema de paro juvenil, el fomento del emprendimiento. Y en su réplica abordó cuestiones tan relevantes como la sanidad, la educación, la corrupción y el desafío soberanista de Cataluña, aunque no citó a esta región por su nombre…A buen entendedor. La prueba de que había llegado el momento de la acción, el de pasar de las musas al teatro, quedó patente cuando, apenas cuarenta y ocho después, el Consejo de Ministros adoptaba un primer paquete de cincuenta medidas, que, desde luego, no son las primeras pues a lo largo de 2012, se ha llevado a cabo un intensa acción reformista. Como en alguna ocasión ha dicho Rajoy son los cimientos –ocultos pero necesarios- sobre los que se edifica la obra.

Son esas reformas, vituperadas sistemáticamente por la oposición, las que explican que la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo y esos “mercados” -que tan nerviosos ponen a la izquierda, seguramente porque no tienen ni la más remota idea de qué son y cómo funcionan, más allá de su gastado corsé ideológico- hayan vuelto a dar su confianza a España. Aunque insistan en que hay que seguir trabajando. Pero Rajoy se les ha adelantado cuando en el propio debate ha subrayado que no es admisible “ni un solo minuto de relajación”.

Con su discurso, Rajoy no hace más que poner en primer plano ideas y proyectos que ya habían sido evocados anteriormente, pero que por las circunstancias no había habido ocasión de abordarlas y ponerlas en práctica. Bastaría recordar la carta que firmó con otros once jefes de gobierno de la UE, hace ahora un año, el 20 de febrero de 2012, en la que los firmantes expresaban su convicción de que para devolver la confianza a los ciudadanos, a las empresas y a los mercados financieros era preciso “crecer fuerte y sosteniblemente en el futuro y mantener nuestra participación en la prosperidad global”. Estos líderes sugerían ocho sectores en los que era preciso avanzar y muchas de aquellas ideas aparecen, adaptadas a las circunstancias de España, en el discurso de Rajoy.

Frente a este discurso de Estado la actuación del líder del primer partido de la oposición no pudo ser más decepcionante. Tanto Rubalcaba como ese plantel (por llamarlo de alguna manera) que le rodea dieron la medida no sólo de su incapacidad y de su absoluta desorientación sino, lo que es aún peor, mostraron un elevado y preocupante nivel de miseria moral y política. Rubalcaba en su escaño, demudado el rostro y sin saber por dónde salir, con los papeles literalmente perdidos e incapaz de rematar su intervención con una frase más o menos acertada y sugerente, era la viva imagen de por dónde anda un PSOE que ya ni está seguro de su nombre. Y uno de sus epígonos, el que hace el número 3 ó 4 en la nomenclatura oficial socialista, lanzó una frase de la que parecía sentirse muy orgulloso pero que mostraba la supina ignorancia de estos presuntos (ahora se lleva mucho este adjetivo) dirigentes del PSOE: “Rajoy no ha acabado con Bárcenas porque no ha podido, pero Bárcenas puede acabar con Rajoy”. Despiste mayúsculo que demuestra la ineptitud de unos dirigentes que, sin proyecto ni horizonte, no encuentran más recursos que el intento fallido de la descalificación personal. Apañados van.

Para acabarlo de arreglar, el líder socialista catalán, Pere Navarro, cuando faltaban minutos para que Rubalcaba subiera a la tribuna del Congreso se descolgó con la petición de que el Rey Juan Carlos abdicase. Es de traca que gentes de diverso color salgan ahora con semejante chisme, digno del más infecto telecomadreo, que ignora la situación del país y la actitud de S.M. expresada con reiteración en tiempos bien recientes. En el caso del PSC catalán –de allí salió también la genialidad del federalismo, como si tal fórmula fuera a aplacar a los separatistas, que andan por otros andurriales- quedó en evidencia que ese partido unido “federalmente” al PSOE también aspira a su propia independencia y que le va dar no pocos disgustos a Ferraz, que no pasa por sus mejores momentos. Pero no está solo el tal Navarro, también Rubalcaba acaricia ese federalismo, que no se atreve a definir –seguramente porque no lo entiende- e incluso sugiere una reforma de la Constitución, si bien no precisa en qué habría que reformarla, ni con quién cuenta, ni que plazos se propone para llevarla a cabo. Que no se equivoquen: el “sistema” no está agotado, aunque exija reformas (toda democracia exige reformas permanentes), la mayor parte de las cuales se pueden llevar acabo sin abordar una costosa e impredecible reforma de la Constitución. Y la más importante está bien al alcance: que se cumplan las leyes, las existentes y las que se están ahora discutiendo y aprobando y que la Justicia funcione, como todos esperan. Y se podría decir que todo lo demás vendrá por añadidura.
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