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El señorío de Vizcaya como modelo foral

Juan José Solozábal
martes 26 de febrero de 2013, 20:22h
En el libro de Juan José Laborda, El Señorío de Vizcaya. Nobles y fueros (c.1452-1727), luego de su monumentalidad, ochocientas páginas cumplidas de texto dedicadas al estudio del antiguo régimen vizcaíno desde todas las perspectivas, sea la economía o la política, más consideraciones sobre el clima, la geografía, la demografía o la Iglesia del País Vasco, destaco dos interesantes aspectos que pondré de relieve en este comentario.

En primer lugar la dependencia de nuestro autor de marcos referenciales ajenos a la historia, y que trae a la mente la obra de Caro Baroja, especialmente su imprescindible Los Vascos. Si Julio Caro es un antropólogo o sociólogo que recurre a la historia, diría que Juan José Laborda es un historiador que utiliza la sociología y la antropología.

Laborda, en su libro, cuenta cosas, reconstruyendo “periodos, personas y acontecimientos pasados”, pero sirviéndose de ideas y filtros que le ayudan a entender lo que encuentra y a comunicarlo, estructuradamente, al lector, como propone Elliott debe hacer el historiador, conjugando el concepto y el relato. Estas ideas filtrantes pueden ser por ejemplo categorías como la de masa que Canettioformula en su estudio Masa y Poder para entender la dinámica autónoma de la revuelta de la machinada de Septiembre de 1718, que no puede explicarse solo considerando su fondo como la protesta de las gentes menudas en una crisis de subsistencia, al trasladarse las aduanas a la costa, sin atender a un modelo de ira popular que estudia Canetti. O el contraste entre sociedad y comunidad que estableciese Tönnies : la sociedad sería una unidad sin afecto, constatación objetiva de meros intereses que se articulan solo externa o mecánicamente; la comunidad en cambio es una forma de unión superior, pues disfruta de la homogeneidad que sobre los intereses impone la fe compartida, el sentimiento de solidaridad espiritual. Laborda cree que, en esencia, el Señorío, mas allá de sus deficiencias censitarias y escisiones de clase, es una verdadera comunidad, relacionada pero enfrentada si hiciera falta con el rey.

O pensemos en la contraposición que Laborda acoge de Benjamin Constant entre los derechos de los antiguos, que se ejercen como funciones en cuanto actuaciones en nombre de la entidad representada, y los derechos de los modernos entendidos como traslación a los órganos generales de las posiciones propias de los representados. Laborda tiende a pensar que los poderdantes o electores de las anteiglesias y los propios cargos del Regimiento o gobierno vizcaíno, en especial en el caso de la actuación de algunos personajes como el síndico, o algunas figuras como el ostracismo relacionan mas la forma política vizcaína con los derechos de los antiguos que con los derechos de los modernos.

Otra perspectiva de análisis sugestivo del libro de Laborda consiste en considerar su aportación al fuerismo como corpus ideológico que justifica el régimen foral, hablemos del fuerismo de finales del siglo XIX o del fuerismo desvirtuado del nacionalismo. Desde esta óptica nos encontramos con una contribución que subraya el rol que en el Señorío corresponde al monarca, y que respeta el fuerismo, pero que minusvalora el nacionalismo, como es sabido. En la interpretación foralista el rey es un elemento consustancial del modelo, correspondencia en el sistema político de la integración económica y, llamémosla así, espiritual del País Vasco en España: se trata del referente de la unidad del Señorío, ante el cual se produce la unidad del representado, esto es, el regnum o elemento territorial de la forma estamental. La personalidad del Señorío se afirma frente al monarca que puede vulnerar los fueros, ignorando la especificidad fiscal o cubriendo las extralimitaciones de su representante, el corregidor. La unidad de la representación también se pone en juego cuando el Señorío a través de sus agentes en la corte, integrados por el sobrante de la nobleza vizcaína, maniobra en Madrid, por ejemplo para desbaratar los propósitos antiforales de los miembros del Consejo de Estado en los años finales de Carlos II o, ya con Felipe V, en relación con Alberoni y su asimilismo afrancesado. En otras ocasiones la actuación del monarca se produce para garantizar la estabilidad y la integridad del sistema foral, puestas en peligro. Las machinadas, hablemos de las revueltas contra el estanco de la sal o el traslado de las aduanas a la costa, a pesar de su apariencia como actuaciones contra imposiciones de la hacienda estatal, tienen un alcance social indudable y significan la protesta del pueblo menudo frente a las autoridades forales, que aparecen como autoras o consentidoras de los atentados contra los fueros. Cuando finalmente tiene lugar la intervención pacificadora del ejército, lo que se hace es reponer el equilibrio del sistema foral, del que se beneficia en primer lugar la nobleza provincial, que vuelve a surgir restablecida de la revolución.

El análisis de Laborda, más discutiblemente, confirma en cambio tesis fueristas e incluso nacionalistas, en lo que se refiere a la caracterización social y política del régimen foral como democracia y forma social equilibrada. Digamos en su descargo que la revalorización idealizada del orden vascongado tradicional que lleva a cabo Rousseau se encuentra repetida en Marx, y que aun Elliott, hablando de Cataluña, ha prevenido frente a un desconsideración de las libertades antiguas medievales o estamentales.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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