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DA ASCO, LA POLÍTICA COMO NEGOCIO

sábado 02 de marzo de 2013, 17:46h
Reproducimos a continuación, el artículo que con este título, publicó Luis María Anson en el diario El Mundo.

“La política es la vocación de sacrificarse en el gobierno del pueblo. Sin ella no se podría vivir en comunidad. De ahí su nobleza, su imprescindible ejercicio, su necesidad indeclinable. A lo largo de mi dilatada vida profesional he conocido a muchos políticos españoles admirables, dispuestos a sacrificar su bienestar personal al servicio de los intereses de la sociedad. No se puede generalizar sobre la corrupción. Sería injusto. Nuestra clase política no está encanallada en la carroña. Lo que la caracteriza no es la corrupción sino la mediocridad. Salvo excepciones, a la política española se incorporan terceras y cuartas filas, gentes sin preparación, sin oficio ni beneficio, que no encontrarían trabajo en la empresa privada. Al verse instalados en cargos suculentos en los que manejan presupuestos milmillonarios, esas personas ignaras y torpes suelen caer en la mentalidad del nouveau rich y se dedican al derroche y la suntuosidad. Algunos, además, es cierto, se afanan por forrarse los bolsillos robando descaradamente. Son los menos, aunque alarma la crecida de ese río turbulento. El cáncer de los empozoñados amenaza ya con la metástasis.

Precisamente porque la política es una de las funciones más nobles a las que se puede dedicar el hombre, da tanto asco que los partidos políticos la estén convirtiendo en un negocio. La opinión pública se manifiesta cada día más harta de tanto fango, de tanto soborno, de tantos personajes envilecidos dedicados al unto y a la podredumbre del basurero. Federico Quevedo y Manuel Forcada, en uno de los mejores libros que he leído en los últimos años, El negocio del poder, denuncian cómo viven los políticos con nuestro dinero. Ambos periodistas agavillan en su obra centenares de casos concretos sobre la desmesura en el derroche del dinero público, desde los 435.000 euros que Carod Rovira se gastó en condones para Monzambique hasta los millares de informes pagados a calzón quitado sobre las más descaradas camelancias como la firmada por el gerente del PSOE, Xoán Cornide, y denunciada ayer por la sabiduría de Pedro J. Ramírez en estas páginas con una información premiable de Carlos Segura.

Hablemos descarnadamente. Salvo excepciones, las empresas, los entes, las fundaciones, las instituciones del más vario pelaje, las agrupaciones para la igualdad de género o para la memoria histórica, los informes y colaboraciones creados por los partidos políticos, no son otra cosa que el pretexto para financiar con dinero público el reposo del guerrero, la tranquilidad futura de los propios políticos así como la colocación de sus parientes, amiguetes y paniaguados en cargos innecesarios en los que no se da un palo al agua. Invito a los periodistas de investigación a que hagan el inventario del número interminable de instituciones camelísticas y del dinero público que se destina a ellas. Los lectores se que-darían asombrados del colosal despilfarro, del cinismo generalizado, de la imaginación para ordeñar la teta del Estado con las más pintorescas, con las más inconcebibles peticiones para escamochar los dineros públicos.

Si a eso le unimos que la Administración ha pasado en treinta años de 700.000 funcionarios y empleados a 3.200.000, la mayor parte elegidos a dedo por el capricho o el nepotismo del político de turno; si, además, tabulamos las pródigas subvenciones directas e indirectas que los partidos perciben del Estado por decisión de los propios beneficiarios, nos haremos una idea del negocio ingente que en este momento supone la política española. Al gasto desaforado de las Administraciones públicas, hay que añadir lo que roban para enriquecerse personalmente algunos políticos, por fortuna todavía los menos, capaces de inventarse desde mordidas suculentas a las empresas beneficiadas por el favor público a sabrosos cacahuetes como los engullidos por el señor Mulas y su distinguida esposa.

El pueblo español ha instalado a la clase política en el tercero de los diez grandes problemas que nos agobian. Nuestros dirigentes políticos, con las debidas excepciones, siguen dilapidando impasibles el dinero de todos, viviendo como duques del siglo XVII o enriqueciéndose algunos a través las más tenebrosas maniobras enmascaradas. Y, claro, no quieren ni oír hablar de lo que supondría el comienzo, solo el comienzo imprescindible, de la regeneración democrática, una ley que estableciera: “Ningún partido político, ninguna central sindical, podrá gastar un euro más de lo que ingrese a través de las cuotas de sus afiliados”.
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