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RESEÑA

Carlos Germán Belli: Los dioses domésticos y otras páginas

domingo 03 de marzo de 2013, 13:44h
Carlos Germán Belli: Los dioses domésticos y otras páginas. Sibila-Fundación BBVA. Sevilla, 2012. 68 páginas. 8 €
Carlos Germán Belli (Lima, 1927) había reunido toda su poesía en un grueso volumen, Los versos juntos, 1946-2008. Poesía completa (Sibila-Fundación BBVA, 2008), con prólogo de Mario Vargas Llosa. Pero ahora nos ofrece este nuevo libro: Los dioses domésticos y otras páginas. Desde sus primeros poemarios, y sobre todo desde la publicación en 1961 de ¡Oh Hada cibernética! –por el que ha recibido en 2011, con motivo del 50 aniversario de su publicación, un justo homenaje -, Carlos Germán Belli no ha detenido el fluir pausado de un hacer poético de contornos muy definidos. Vargas Llosa fue de los primeros en ensalzar el extraordinario valor y originalidad de su poesía: “Me bastó leer esa media docena de textos para sentir que se trataba de una voz nueva, de poderosa solvencia lírica y gran audacia imaginativa, capaz –como sólo saben hacerlo los grandes poetas– de producir esas transformaciones que consisten en volver bello lo feo, estimulante lo triste y oro –es decir, poesía– lo que toca. Todo lo que ha escrito desde entonces Carlos Germán Belli no ha hecho más que confirmar y enriquecer su extraordinario don de poesía”.

Belli mantiene en este libro la unidad de tono y de intención de su poética, volviendo con gran fuerza a los temas que dieron cuerpo a sus versos desde los inicios. En primer lugar su familia, los seres queridos que ahora ya no le acompañan en este “globo sublunar”, pero quienes, convertidos ya en “dioses domésticos”, no son una evocación sino una presencia cercana y constante. Sobresale entre todos su hija Mariela: “que todo es por ti, mi hija siempre amada”; “Mi hija, mi hija adorada, ¿dónde estás?; “los hados dispusieron que partiera, / cuando menos pensara en realidad”. Y el cariño siempre vivo por su hermano Alfonso. Persiste igualmente su postura crítica ante la injusticia de las desigualdades sociales, su rebelde incomprensión ante el hecho de que unos tengan todo y otros deban luchar minuto a minuto por conseguir sólo algunas migajas –unos “pedacitititos”– de eso que otros gozan en demasía: “…desde el primer suspiro hasta el postrero, / aunque cien mil felices siempre pueden / volar, nadar y andar a sus antojos, / en tanto que unos pocos son yacentes / dentro de un costal de carbón fruncido, / que así es desemejante acá la vida, / o como claro día o noche oscura”. Y prevalece el gozo de escribir: “A la vilipendiada torre de marfil vuelvo, / donde qué bien me siento mañana, tarde, noche, / sin duda más que nunca, […] Sí unas palabras más del lejano pasado / o del hoy inmediato y así seguir viviendo / con renovados bríos, / después de estar un tiempo enteramente mudo / entre varón y dama al ras del suelo árido, / ¡ay! sin rozar los cielos”.

Carlos Germán Belli fue quien recuperó para el español el uso de la sextina (que otros muchos han seguido, como han documentado Chús Arellano, Jesús Munárriz y Sofía Rhei en el extraordinario volumen Sextinas ), forma métrica que requiere gran pericia técnica y que es muy del gusto del poeta, que cierra el libro con una: “Sextina del uroboros”, animal serpentiforme que se muerde la cola formando un círculo. El uroboros simboliza la naturaleza cíclica de las cosas, la unidad y la eternidad, como una y eterna es también la poesía.

Nos felicitamos porque Carlos Germán Belli siga escribiendo, “para hablar finalmente ahora en esta vida / con cada uno de ustedes tan misteriosos siempre”, aun cuando sienta que “la edad rápido se explaya / hacia la oscura nada terrenal”. Y cabe aquí, sumándome a otras muchas acreditadas voces, y teniendo en cuenta que ha sido nominado ya para el Premio Nobel de Literatura, reclamar en este foro público el Premio Cervantes para este poeta de larga y riquísima trayectoria, uno de los mejores representantes de la extraordinaria generación del 50 peruana e hispanoamericana, galardón que tiene hace tiempo merecido.

Por Inmaculada Lergo
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