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POR LIBRE

El hombre que sabía demasiado: Y no es Bárcenas

martes 05 de marzo de 2013, 08:29h
Nada hay más aburrido en la política y en el periodismo actual que hablar de Bárcenas. Se ha exprimido tanto el limón, que es posible que no le quede ni una gota. O, tal vez, todavía contenga un buen chorro de zumo para salpicar a muchos. El tipo chulesco de las peinetas y los abrigos a lo Al Capone, su ídolo, es tan siniestro que ya cansa a las ovejas. Sólo le interesa a Rubalcaba. Como diría Rajoy, hay que esperar a que hablen los Tribunales. Y tan pichi.

El hombre que sabía demasiado y que todavía lo sabe todo es Jordi Pujol. Desde el franquismo ya urdió una estrategia para llevar a cabo un plan: desmochar España. Artur Mas es sólo el “hereu”, el que sigue la ruta que sibilinamente trazó un hombre tan inteligente como contumaz. Gobernó con Felipe González y con Aznar. Y a los dos les tomó el pelo, porque le necesitaban para seguir en La Moncloa. Sus escaños eran oro molido.

Jordi Pujol empezó detrás de las bambalinas, puso chinas en el camino del pobre Tarradellas y, con Roca como punta de lanza y aliado con los nacionalistas vascos, metió el caballo de Troya en la Constitución: El Estado de las Autonomías adobado por la Ley Electoral. La guinda la puso el ínclito Zapatero que por progre y tontorrón se empeñó en sacar adelante el delirante Estatuto de Artur Mas, guiado, claro, por Pujol. De momento, han partido en dos al PSOE. Y desde hace décadas, todo lo que huela a español en Cataluña es aniquilado y hablar en castellano, una temeridad.

Conviene recordar que Jordi Pujol escribió un libro en el que venía a decir que los andaluces eran de segunda clase. Xenofobia pura. Que eso es, precisamente, el nacionalismo. Pero, pese a tanto despropósito, pese a que se veía venir, la expansión del secesionismo parece imparable. Hay quien confiaba en que el PP y el PSOE se unirían para impedirlo. Pero el PSOE se conforma con sobrevivir. Y tiene tanto miedo a los nacionalistas, que se disfraza de ellos cuando salen de Madrid. Ahí están los socialistas catalanes que ya se han quitado el disfraz, porque son más soberanistas que nadie. Y Rubalcaba a verlas venir. O a huir hacia adelante. Eso sí, les ha castigado con una multa de 600 euros. Qué tipo tan duro. Otro más que necesita escaños, aunque estén pringados de xenofobia. Oro molido.

¿Y quién le pone el cascabel al gato? Rajoy, el hombre tranquilo, dice, de nuevo, que hablen los tribunales. Porque él no dice nada. Aunque ya ha tomado una medida inteligente e inevitable: el Gobierno impugnará ante el Tribunal Constitucional el plan soberanista catalán. Y el TC, por lógica y por anticonstitucional, tendrá que anular el dichoso plan. ¿Cuándo? ¿Y, qué?

¿Cambiará algo en Cataluña? ¿Podrán los niños hablar en castellano en el recreo? ¿Podrán los padres elegir el español como lengua vehicular de sus hijos? ¿Podrán los comerciantes poner los rótulos en castellano? ¿Cerrarán las 23 “embajadas” en el extranjero? Pues, no. A los nacionalistas les importa un bledo las leyes y la Constitución y vienen incumpliéndolas desde hace mucho. Y nadie parece capaz de pararles los pies. Por esos lares, ya no se puede ni torear. Los únicos que nos torean son ellos.

Jordi Pujol se frota las manos y se ríe como una hiena. Lo que diseñó le ha salido al milímetro. Y, además, se ha forrado, sobre todo su hijo, que, según ha sido denunciado, se llevaba millones de euros en bolsas de deportes a Andorra. Todo un patriota. El hombre que sabía demasiado nos ha engañado a todos. Hasta a Artur Mas, al que ha metido en un atolladero del que ni él sabe cómo salir.

Rajoy, el hombre tranquilo, se mesa las barbas y entre Merkel y Mas no deja de recibir estopa. Ojalá sus medidas económicas tengan el éxito que ya se atisba, reduzca el desempleo y la economía española se recupere. Y ojalá, vista la deriva del PSOE, el PP vuelva a lograr mayoría absoluta en las próximas elecciones generales. De otro modo, es probable que el Congreso se convierta en un guirigay cuajado de nacionalistas y grupúsculos radicales y Jordi Pujol, camuflado tras algún partido, tome La Moncloa. Entonces, sí que habrá que ponerse a temblar. Ni a Hitchcock se le hubiera ocurrido un guión tan intrigante y sangrante.